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La Gran Lucha para Proteger el Evangelio, Parte 1



La Gran Lucha para Proteger el Evangelio, Parte 1

Gracia a Vosotros: Desatando la Verdad de Dios, Un Versículo a la Vez

 

La Gran Lucha para Proteger el Evangelio, Parte 1

 

Escrituras Seleccionadas

Código: B180820

 

John MacArthur

 

Desde los primeros días de la era apostólica, los cristianos fieles han sido llamados a contender fervientemente por la verdad del Evangelio. Las batallas más duras tuvieron lugar dentro de la iglesia visible, entre aquellos que afirmaban fidelidad a Cristo. Esto se debe a que las mayores amenazas a la verdad del Evangelio no han provenido de los ateos y otros adversarios evidentes, sino siempre de las voces influyentes que surgen dentro de la iglesia, quienes hablan cosas perversas (Hechos 20:30). La evidencia de que esto estaba sucediendo en la era más antigua de la iglesia del Nuevo Testamento se ve no sólo en las palabras de despedida de Pablo a los ancianos de Éfeso, sino también en sus admoniciones a Timoteo y Tito y en las cartas de Cristo a las iglesias en Apocalipsis 2-3.

Cuando estudiaba doctrina y apologética en el seminario, pensaba que me estaba preparando para defender la verdad bíblica contra una avalancha de ataques del mundo. Me imaginaba refutando al ateísmo y enfrentando las amenazas al Evangelio que surgirían de la cultura secular, la industria del entretenimiento, el mundo académico y otros lugares fuera de la iglesia.

Algún tiempo después de haber ingresado al ministerio a tiempo completo, me di cuenta (para mi gran conmoción) que las mayores amenazas a la verdad bíblica generalmente surgen dentro de la comunidad de creyentes profesantes, y es un incesante desfile de ataques. Mirando hacia atrás a través de la historia de la iglesia, me di cuenta de que así es como siempre ha sido. Nunca ha habido un tiempo en el cual falsas doctrinas, metodologías peligrosas, prácticas perniciosas, creencias extrañas, ideologías nocivas y falsos maestros no estuvieran perturbando a la iglesia de Dios -a menudo, con resultados seriamente divisivos y por lo demás, destructivos espiritualmente.

En retrospectiva, no debería haber sido una sorpresa para mí que los peores problemas vinieran desde adentro. Crecí en un hogar cristiano. Mi padre era pastor, quien, a su vez, era hijo de pastor. Ambos fueron parte del paisaje denominacional histórico del planeta iglesia. Estaban en la denominación de la Iglesia Bautista Americana (ABC).

Para cuando fui adolescente, mi abuelo estaba en el cielo, después de haber servido como pastor hasta el día en que vio el rostro de Cristo. Mi padre dejó la inestable y complaciente ABC para plantar una iglesia independiente en un edificio que había sido vendido por una congregación luterana que no había conseguido los resultados esperados.

Mi padre adoptó una firme posición en el conflicto liberal-fundamentalista. El problema entonces era la inspiración y la autoridad de las Escrituras. Mi padre, valiente e implacablemente - aunque siempre con gracia - defendió la Biblia como inspirada por Dios en su totalidad. Fue aislado por amigos de por vida que se quedaron en ABC, pero nunca quebrantó su lealtad a la verdadera doctrina de las Escrituras. Me animó cuando era adolescente, cuando era estudiante universitario y cuando era estudiante de seminario a aprender y adquirir todas las pruebas doctrinales y demostrativas necesarias para defender la Palabra de Dios contra los ataques modernistas y liberales.

A pesar que era un pastor amoroso, mi padre también era un defensor de la Biblia serio, implacable, habilidoso y reflexivo.

Para cuando terminé el seminario, tenía mis propias convicciones establecidas acerca de la inspiración y la inerrancia de las Escrituras. Mis creencias fueron moldeadas y sólidamente aseguradas en el testimonio de la Escritura misma, afirmadas por la evidencia del poder de la Biblia para transformar vidas, su precisión en todos los detalles que están sujetos a examen, el cumplimiento preciso de tantas de sus profecías y la gloria pura de la autorrevelación de Dios. En las palabras de la Confesión de Fe de Westminster (1.X), lo que oigo cuando leo mi Biblia es “el Espíritu Santo hablando en la Escritura”.

Mientras estudiaba en el seminario, escribí artículos defendiendo la autoridad de la Biblia, e incluso debatí en el Fuller Seminary en contra de la visión corrupta de la inerrancia presentada por dos de sus miembros del cuerpo docente, Jack Rogers y Donald McKim. Ellos tenían una perspectiva incorrecta de la veracidad de la Biblia. Afirmaban que la idea central de las Escrituras es inspirada, pero no las palabras mismas (ipsissima verba). Argumentaron que puede haber “errores técnicos” en la Biblia, pero de todos modos es un “testimonio viviente” de lo que Dios ha revelado. Junto con otros líderes evangélicos, fui invitado (cuando Donald Hubbard era presidente) a hablar con la administración, el cuerpo docente y la junta de la facultad de Fuller sobre los temas de la inspiración bíblica y la inerrancia. Esto fue solicitado por miembros del consejo preocupados, a quienes líderes del cuerpo docente les habían dicho que los puntos de vista que se enseñaban en Fuller eran perfectamente ortodoxos, pero cuando hablaron con estudiantes y otros miembros del profesorado, los miembros de la junta descubrieron que ideas no ortodoxas estaban siendo promovidas de modo agresivo en las aulas de Fuller.

Siempre había asumido que la defensa de las Escrituras sería una batalla de por vida (y lo ha sido). Lo que no anticipé, ni siquiera noté al principio, fue que los ataques más dañinos en contra de los principios del Evangelio tienden a venir en oleadas incesantes y no principalmente de escépticos seculares e incrédulos contenciosos, sino casi rutinariamente desde dentro de la iglesia, y desde todos lados.

No había pasado mucho tiempo de estar sirviendo como pastor cuando fui atacado por fundamentalistas legalistas y, por lo tanto, me metí en un conflicto entre la religión basada en las obras y la libertad en Cristo. Después de eso, vino un ataque de la dirección opuesta, alegando que la predicación del Evangelio que llama a los incrédulos al arrepentimiento y la sumisión al Señorío de Cristo es en sí misma una forma de legalismo. Escribí El Evangelio según Jesucristo en respuesta eso; y cuando la controversia se intensificó, escribí una segunda respuesta, El Evangelio según los Apóstoles.

También hubo una campaña para ganar la aceptación de los evangélicos conservadores de los puntos de vista pentecostales acerca del Espíritu Santo, los dones espirituales y la revelación contínua. La iglesia que pastoreo está a poca distancia de la Iglesia Episcopal en Van Nuys, California, donde tuvo su inicio el movimiento carismático. Escribí Diferencias Doctrinales entre los Carismáticos y los no Carismáticos en parte para relatar cómo ese movimiento resultó en una afluencia de ideas poco ortodoxas y falsos maestros en la corriente principal evangélica.

Luchamos por la suficiencia de las Escrituras contra la intrusión de la psicoterapia en la iglesia (intentando integrar la doctrina cristiana con una horda de ideas basadas en presuposiciones impías sobre los motivos de los conflictos humanos). Durante un tiempo, el movimiento evangélico fue plagado y casi invadido por expertos autoproclamados que menospreciaban la verdad bíblica por considerarla poco sofisticada e inadecuada para ayudar a las personas con sus problemas psicológicos “profundos”. Estaban convencidos que la santificación ni siquiera podría comenzar hasta que una persona atravesara el vestíbulo de la psicología. El libro en inglés Our Sufficiency in Christ (Nuestra Suficiencia en Cristo) fue mi respuesta escrita a esa tendencia.

A lo largo de todos esos años, otra tendencia algo sutil, pero muy atractiva y muy peligrosa fue ganando influencia entre los evangélicos de manera constante. Fue el pragmatismo total de la filosofía del crecimiento de la iglesia llamada “sensible a los que buscan”. Las iglesias que siguieron este patrón se alejaron de la predicación bíblica y de la instrucción doctrinal, y generalmente usaron entretenimiento mezclado con temas que suenan espirituales como un medio para atraer multitudes. El énfasis estaba en alcanzar a los “no creyentes” en lugar de entrenar a los creyentes para el ministerio. El resultado fue que las personas permanecieron sin instrucción y no crecieron espiritualmente. Un puñado de mega iglesias se destacaron como modelos que las iglesias más pequeñas de todo el mundo intentaron imitar. Aunque innumerables iglesias pequeñas fracasaron e incluso murieron cuando adoptaron el modelo, algunos líderes jóvenes y elocuentes se volvieron muy hábiles en el enfoque pragmático; y vieron crecer a sus congregaciones a un tamaño sin precedentes. Algunas de ellas llegaron a tener literalmente decenas de miles de miembros, dando a los observadores la impresión de que este enfoque novedoso del ministerio estaba llegando a las personas a gran escala. Mi libro Avergonzados del Evangelio analizó y confrontó ese problema.

Me he referido a esos libros no por auto promoción, sino para mostrar que mis obras polémicas más conocidas tienen un objetivo básico: fueron escritas para responder a los ataques internos sutiles contra las convicciones centrales del Evangelio. El hecho de que abarquen todo mi ministerio ilustra lo que quiero decir cuando digo que la batalla por la autoridad bíblica se desata constantemente y en muchos frentes. Nunca he tratado de crear polémica, pero mi conciencia y mi compromiso con las Escrituras me obligan a contender fervientemente por los principios fundamentales del Evangelio entregados de una vez por todas a los santos.

Pronto continuaré y concluiré esta retrospectiva con una explicación de qué tienen en común la obsesión evangélica actual con la “justicia social” con todos esos otros asuntos. Y comenzaré a explicar por qué estoy convencido de que gran parte de la retórica sobre este último tema plantea una amenaza más inminente y peligrosa para la claridad y centralidad del Evangelio que cualquier otra controversia reciente en la que los evangélicos se hayan involucrado.

 

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