Sermones

15 Palabras de esperanza

Por John MacArthur
Código de producto: 47-39
Scripture: 2 Corintios 5:21
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El versículo que estaremos analizando está en 2 Corintios 5:21 y dice así: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él».

La Biblia establece claramente que todos los seres humanos somos pecadores por nuestra naturaleza y por nuestros hechos. En verdad, todos somos pecadores desde nuestro nacimiento. Por esto, nacimos alienados del Dios santo, quien no puede ver el pecado ni tener compañerismo con los pecadores. Esta alienación a causa del pecado nos priva de conocer a Dios. Él es demasiado Santo como para tener algún tipo de relación con los pecadores que no sea la del rechazo hacia ellos.

El resultado de tal rechazo a través del tiempo es el ateísmo y una eternidad transcurrida en el infierno. Por tanto esta alienación en la cual nace todo ser humano es un tema serio. Esto quiere decir que cada uno vive su vida sin Dios y si muere en esa condición, pasará la eternidad atormentado sin Dios.

Tal realidad muestra que el virus mortal y peor en el mundo no es el virus del VIH sino el virus del PECADO. Al igual que el virus del VIH, este mata a todos los infectados. Sólo que a diferencia del virus del VIH, este virus infecta a todos los humanos. Mata no sólo con el tiempo sino por toda la eternidad; mata no sólo físicamente sino también espiritualmente. Para el virus del VIH no hay cura; pero afortunadamente, sí tenemos una cura para el virus del PECADO. Dios ha dado la posibilidad a los pecadores de recibir sanidad total y completa al punto que pueden reconciliarse con Dios y tener comunión eterna en su presencia.

Esa es la buena nueva, eso predican los cristianos, el Evangelio. Hay una cura para el virus del PECADO de manera que la animosidad entre los hombres y Dios pueda concluir desde ahora y para siempre y los pecadores se reconcilien con el Dios santo. Si lee los versículos anteriores en 2 Corintios 5:18-20 verá en reiteradas ocasiones la palabra «reconciliado» de una u otra forma. El versículo 18 dice: «Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo». El versículo 19 dice: «que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo». Y al final del versículo hacemos un llamado a los pecadores: «Reconciliaos con Dios».

Esa es la buena nueva. La gran noticia de que no tiene que vivir impíamente a través del tiempo o en la eternidad. Usted no necesita sufrir sin Dios en esta vida y sufrir el tormento eterno sin Él en la por venir. La reconciliación es posible. En el versículo 20 Pablo dice: «Así que, somos embajadores en nombre de Cristo… os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios».

Sin embargo, esto suscita una pregunta: ¿Cómo puede ocurrir la reconciliación? ¿Cómo puede un Dios absoluta y completamente Santo, que es además infinitamente Puro y Perfecto, reconciliarse con los pecadores? ¿Cómo puede Él hacer esto siendo demasiado puro como para mirar el pecado o tener comunión con los transgresores? ¿Cómo puede Dios satisfacer Su ley justa y santa con la condenación de los pecadores a través del castigo justo y merecido y aún mostrar misericordia a aquellos que no la merecen? ¿Cómo puede Dios poner fin a la animosidad y cómo puede llevar a Su cielo santo a pecadores a vivir con Él en comunión íntima para siempre? ¿Cómo se puede satisfacer tanto Su justicia como Su gracia? ¿Cómo se puede reconciliar el amor a los pecadores y la justicia? ¿Cómo puede Dios ser justo y ser el que justifica a los pecadores (cf. Ro. 3:26)?

En 2 Corintios 5:21 se nos dice cómo. Las quince palabras griegas en este versículo traducido al español definen cuidadosamente y ponen en equilibrio el misterio de la reconciliación. Ellas nos muestran la esencia de la expiación. De hecho, este versículo único es el corazón de la buena nueva. Es la verdad más poderosa en las Escrituras, porque contiene y explica cómo los pecadores se pueden reconciliar con Dios. Aquí se resuelve la paradoja de la reconciliación. Aquí se soluciona el misterio y el enigma, se responde. Es aquí donde encontramos cómo la justicia santa y el amor perfecto se satisfacen, cómo la justicia y la misericordia pueden estrecharse mutuamente. La verdad de esta oración única y corta resuelve el dilema más profundo sobre cómo Dios puede reconciliarse con los pecadores.

En este versículo hay muchas verdades a considerar. Tenemos que buscar cuidadosamente a través de este escondite de joyas raras y detenernos a examinar cada una de ellas con un lente de aumento para comprender sus riquezas. Quiero dirigir su atención a cuatro características del texto que desarrollan su importancia: El benefactor, el sustituto, los beneficiarios y el beneficio. Esto resume cómo Dios puede reconciliarse con los pecadores.

El Benefactor

El versículo dice: «lo hizo». Si usted es un estudioso de la Biblia, la primera pregunta que hará es: ¿Quién «lo hizo»? La respuesta es una palabra al final del versículo 20: Dios. Dios es el antecedente. «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado». El punto es, éste es el plan de Dios; Él es el benefactor. Dios está por detrás del plan de reconciliación. Él lo diseñó. Él lo determinó. Él lo llevó hasta el buen término. Esta es una perspectiva crucial. No podía haber reconciliación a menos que Dios la iniciara, la activara y la aplicara. Él tuvo que diseñarla y ejecutarla. No podía provenir de fuente humana alguna. No hay nada que el hombre pueda hacer o no hacer que produzca la reconciliación con Dios.

Todos nuestros esfuerzos en el reino religioso equivalen a trapos de inmundicia (cf. Is. 64:6). El mundo está repleto de religiones. Pero toda religión fuera del cristianismo no es más que el hombre generando un plan, con la ayuda de Satanás, en el que intenta reconciliarse con Dios. Esa es la fisura fatal de todas las religiones del mundo, no importa bajo qué nombre vengan. En Romanos 3:10-11 dice: «No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios». Usted pensará que si había algún grupo de personas capacitado para idear un plan y lograrlo con mayor acierto, habrían sido los judíos. Después de todo, los judíos eran el pueblo del Dios verdadero. Dios les concedió a ellos la ley, los profetas, el pacto y la adopción (cf. Ro. 9:4). Ellos tuvieron la revelación. Ellos tuvieron el Antiguo Testamento. Hasta la salvación les ofreció a ellos; la salvación es de los judíos. A ellos vino el Mesías. Si algún grupo podía idear un sistema a través del cual lograr la reconciliación, habrían sido los judíos. Pero ellos fracasaron.

En Romanos 10:1, Pablo comenta su fracaso cuando dice: «El anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación». Ellos no habían logrado la reconciliación a pesar de toda su religiosidad, a pesar de todo lo que recibieron por medio de la revelación divina de Dios, porque ellos creyeron que de alguna manera su reconciliación dependía de ellos, por consiguiente ellos no se salvaron. «Porque yo les doy testimonio», dice Pablo, «de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia» (vv. 2-3). Eso es la religión falsa, la religión del logro humano. Pero los pecadores nunca pueden lograrlo porque de la única manera en que puede ocurrir la reconciliación es que Dios extienda Su mano a los pecadores. Y Él lo hizo. Fue Dios quien al «que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado». Ese fue el plan de Dios.

Jesús fue a la cruz no porque los hombres lo eligieron a Él; aun cuando lo hicieron. Jesús fue a la cruz no porque espíritus de seducción controlaron la mente de los líderes religiosos del judaísmo para tramar su muerte; aun cuando lo hicieron. Jesús fue a la cruz no porque una turba enfurecida clamaba por su sangre; aun cuando lo hicieron. Jesús fue a la cruz porque Dios lo planeó. Dios lo diseñó como medio único y absolutamente necesario a través del cual se podía llevar a cabo la reconciliación. Por eso Jesús dijo: «Yo he venido al mundo a hacer la voluntad del Padre». Por eso en Juan 18:11 Él dijo: «la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?» La copa se refiere a la copa de la ira de Dios. Es por eso que en Hebreos 10:5, 7 se cita al Señor Jesús cuando dice: «me preparaste cuerpo... He aquí que vengo, oh Dios, para hacer Tu voluntad». Por esto cuando Pedro se levantó en el día de Pentecostés y predicó a los habitantes de Jerusalén, muchos de los cuales habían estado clamando por la sangre de Jesús y habían sido culpables de pedir Su ejecución, Pedro dijo: «por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios… matasteis [al Hijo de Dios] crucificándole» (Hch. 2:23). Ellos hicieron su gran maldad, pero todo estaba dentro del plan del Padre.

Sólo Dios podía llamar al segundo miembro de la Trinidad a encarnarse y venir al mundo y humillarse a sí mismo y tomar la forma de un ser obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz (Fil. 2:7-8). Sólo Dios podía diseñar la expiación por el pecado que satisficiera Su justicia porque sólo Él conoce qué es necesario para satisfacer Su justicia. Sólo Dios conoce qué propicia Su ira. Nosotros no lo conocemos. Sólo Dios podía decidir cómo Su santidad propia e infinita, Su odio intenso al pecado y Su justicia inflexible podían ser perfectamente satisfechos sin destruir al pecador. Sólo Dios podía conocer qué costaría volver al pecador acepto ante Él de manera que pudiera escapar del infierno eterno y vivir en la presencia misma de Dios, en Su propia morada. Sólo Dios podía determinar cómo la naturaleza espiritual, la autoridad suprema y la perfección inalterable de Su ley santa, justa y buena, podían ser satisfechas completamente y el transgresor ser justificado totalmente y perdonado simple y justamente y aceptado a pesar de ser caído, culpable y depravado. Sólo Dios podía aportar todos esos componentes a la reconciliación. Sólo Dios sabía cómo solucionar el dilema. Sólo Él conocía qué podía satisfacer Sus requerimientos justos. Sólo Él sabía cómo consumir Su ira de manera que ésta se consumara. Sólo Él supo cuánto necesitó para resistir la carga del pecado y soportar el castigo de Su furia. Puede que el mundo llame estupidez al Evangelio y a la obra de Cristo, pero para aquellos que han creído el Evangelio, esta es la sabiduría de Dios.

Sólo la sabiduría más pura y profunda del Dios infinitamente santo podía concebir un plan en consecuencia con Su santidad infinita para reconciliar consigo mismo a pecadores totalmente malvados. Por tanto Dios Él es el benefactor. Aquel que concibe el plan y lo ejecuta. El plan de salvación mana de esta gran realidad: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado» (Jn. 3:16). Eso es exactamente lo que dice Pablo con términos diferentes en Romanos 5:8: «Mas Dios muestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». Todo esto es resultado del amor de Dios. Pablo dice: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo» (v. 10). Dios lo comenzó porque nos amaba. En Efesios 2:4 dice: «Dios, que es rico en misericordia, por Su gran amor con que nos amó» nos ha concedido salvación. Dios ama a los pecadores.

Es por esto que en Colosenses 1:12 el apóstol Pablo dice: «dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz». Sólo Dios conocía las cualificaciones y sólo Él nos podía cualificar. Gracias a Él «el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de Su amado Hijo, en quien tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados» (vv. 13-14). Esto es exactamente lo que el apóstol Pablo dice a los efesios: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo» (Ef. 1:3-4). Fue el Padre quien «en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo» (v. 5). Esta salvación ha de ser «para alabanza de la gloria de Su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados» (vv. 6-7).

Fue el Padre quien nos dio pródigamente toda sabiduría y entendimiento y todas las riquezas de Su gracia (vv. 8-9). Esto difiere mucho de las religiones del mundo. Las religiones del mundo operan el miedo como premisa fundamental. Ellos ven a Dios como enojado, aborrecible o indiferente que no le importa en lo absoluto la prosperidad que le imploran desde abajo los seres en este mundo. La meta de la mayoría de las religiones es aplacar de algún modo a este Dios hostil y enojado. Por lo que tienen que diseñar un sistema que les permita reconciliarse con Dios sin que Él les aplaste y les castigue eternamente. Este sistema de aplacamiento con frecuencia conlleva ciertas ceremonias religiosas, deberes, acciones o buenas obras que se deben seguir para de alguna manera aplacar a la deidad y detener Su furia letal.

Por otra parte, el cristianismo proclama a un Dios de amor, que ama tanto, que Él es el Salvador quien «quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la Verdad» (1 Ti. 2:4). Nosotros tenemos un Dios que no odia, sino que ama a los pecadores y ha diseñado una vía para que ellos tengan comunión con Él por siempre. Nosotros no tenemos que aplacar a Dios. Dios en Su amor provee el sacrificio y ofrece maravillosa, benigna y deseosamente el regalo del perdón. Ésa es la buena nueva.

Usted no tiene que aplacar a Dios, usted no tiene que buscar un plan de reconciliación y desarrollar su propia justicia. La buena nueva es que Dios es el benefactor. Él sabe qué satisface Su justicia y Su santidad. El precio del pecado se ha pagado y ahora Él le ofrece perdón y reconciliación. Ahora ¿qué fue necesario para lograr esa reconciliación? Fue necesaria la muerte porque dice Ezequiel 18:20: «El alma que pecare, esa morirá». Romanos 6:23 dice: «la paga del pecado es muerte». Dios conocía cuál era el requisito: Era la muerte. Dios clarificó este aspecto ampliamente a través de la economía de todo el Antiguo Testamento, porque los judíos pasaron buena parte de sus vidas tanto yendo a, como viniendo de, un sacrificio. Ellos masacraron miles de animales para tratar con su pecado, todo esto como parte del plan de Dios para mostrarles cuán pecadores eran y cómo el pecado requería la muerte. Aquellos animales nunca pudieron borrar el pecado de ellos, pero los sacrificios continuos demostraron a la gente que la paga del pecado es la muerte.

Cada vez que alguien pecara la gente tendría que observar otra muerte. La gente se aburrió de eso y anhelaba ese Cordero definitivo que de una vez y para siempre borraría el pecado del mundo y terminaría la carnicería. Los animales eran el símbolo de que la ley de Dios sólo podía ser satisfecha a través de la muerte, lo cual hizo a la gente anhelar al Sustituto final con todo su corazón.

Pues bien, el Padre lo envió, y Él no vino de mala gana. Jesús dijo: «Nadie me la quita [Mi vida], sino que Yo de Mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar» (Jn. 10:18). Él voluntariamente no se aferró a aquello a lo cual tenía derecho; Él lo dejó y consintió en morir (cf. Fil. 2:6-8).

El Sustituto

El sustituto se identifica: «Al que no conoció pecado». ¿Quién es? Él es Aquel que no conoció pecado. Esto estrecha el cerco hacia uno. Él ciertamente no es un ser humano común porque: «No hay justo, ni aun uno» (Ro. 3:10). En Romanos 3:23 dice: «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios». Ningún humano cualifica. ¿Quién es Aquel que no conoció pecado? ¿Quién es Aquel que podía cargar por otra persona toda la ira de Dios contra el pecado ya que no tenía que cargar los propios? Ningún pecador podía ser el sustituto y morir por otro pecador porque tenía que pagar el castigo por su propio pecado. Se necesitaba una ofrenda pura y tenía que ser un ser humano, pues el hombre tenía que morir por el hombre. Pero no podía ser un ser humano pecador, pues en ese caso tendría que morir por sus propios pecados y no podría proveer la expiación por los pecados de otro.

La única manera de que un hombre sin pecado viva es que ese hombre sea Dios, porque sólo Dios no conoce el pecado. Un hombre sin pecado sólo podía ser Dios. Esto fue exactamente lo que Dios diseñó. La segunda persona de la Trinidad, pura y perfecta, igualmente santo que los otros dos miembros de la Trinidad, vendría al mundo en forma de hombre. Él no tendría un padre humano. José no fue el padre de Jesús y José lo supo. José nunca había conocido a su esposa de manera conyugal. Cuando descubrió que ella esperaba un niño, no podía creerlo. El ángel le dijo: «porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mt. 1:20). Por lo que Jesús tuvo una madre humana, quien lo hizo humano, pero Dios fue Su Padre, por tanto Él fue el Dios-hombre, el ser humano sin pecado.

La representación del Antiguo Testamento para esto es el cordero seleccionado para el sacrificio. Tenía que ser un cordero sin mancha y sin defecto. Tenía que ser un animal perfecto, sin una marca, que representara al sustituto real que sería perfecto.

Apocalipsis 5 es una ilustración maravillosa que manifiesta que nadie cualifica excepto Cristo. En su visión, Juan ve el lugar del trono de Dios, donde Dios está en el trono y sostiene en Sus manos un rollo; sellado con siete sellos (Ap. 5:1). Este es el título de propiedad del universo, en espera del futuro cuando Dios se aliste a recuperar Su universo de Satanás y el pecado.

Entonces Juan vio. «Y vi a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo. Y lloraba yo mucho, porque no se había hallado a ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo» (vv. 2-4). No había un solo individuo en el universo creado, hombre o ángel, que pudiera pasar adelante y ejecutar el contenido del libro. Por lo que Juan comenzó a llorar.

El versículo 5 dice: «Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos». Alguien es digno. ¿Quién es digno? «El León de la tribu de Judá». Es un hombre de la tribu de Judá; quiere decir que es un judío. Pero es también la raíz de David, no la rama, no es algo que surgió de David sino que produjo a David. Él es Dios. Pero ¿cuál es Su forma? El versículo 6 dice: «estaba en pie un Cordero como inmolado». Sólo hay Uno que es digno de recuperar el universo y Él es Aquel que nació como judío, como humano en todo sentido, Aquel que era Dios, la fuente misma de la cual surgió David, Aquel que fue el Cordero sacrificado. Dios creó a un Dios-hombre único nacido de una virgen para ser el Sustituto que el plan exigía. La justicia tenía que ser satisfecha; la ley tenía que ser vindicada.

Por tanto Pablo dice a los gálatas: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley» (Gá. 4:4-5). Jesucristo es Aquel que no conoció pecado. Jesús dice en Juan 8:46: «¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?» La respuesta fue el silencio y todavía es el silencio. Lucas 23 dice: «Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito hallo en este hombre» (v. 4), «no he hallado en este hombre delito alguno» (v. 14), «Él les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en Él» (v. 22).

El ladrón que colgaba de la cruz cerca de Jesús dijo a su compañero de fechorías: «Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas Éste ningún mal hizo» (v. 41). Este es el testimonio del centurión quien lo presenció todo: «Verdaderamente este Hombre era justo» (v. 47). No sólo los incrédulos vieron Su perfección. El apóstol Juan estuvo con Él día y noche durante tres años, siguió cada uno de Sus pasos, escuchó cada una de Sus palabras y presenció cada uno de Sus actos. Juan dijo de Él: «no hay pecado en Él» (1 Jn. 3:5).

El escritor de Hebreos afirma la misma realidad cuando dice: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (4:15). Describe a Jesús como: «santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores» (7:26).

Cuando Pedro predicó a los judíos acerca de Jesús él dijo: «Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo… y matasteis al Autor de la vida» (Hch. 3:14-15). Pedro también dijo de Cristo que Él era como un «cordero sin mancha y sin contaminación» (1 P. 1:19). También dijo de Él: «quien llevó él mismo nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia» (2:24), «el cual no hizo pecado» (2:22). «Cristo padeció una sola vez por los pecados, el Justo por los injustos» (3:18).

Hombres incrédulos testificaron de Su pureza y aquellos que mejor lo conocieron testificaron de Su pureza. Pero hay otro que dio testimonio de que verdaderamente es poderoso. Ningún otro sino el mismo Dios Padre dijo en Su bautismo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mt. 3:17). En Su transfiguración el Padre dijo: «Este es Mi Hijo amado, con quien tengo complacencia». El Padre estaba totalmente satisfecho con el Hijo porque Él era perfecto y puro.

Sin embargo, el mayor testimonio de Su pureza es la ininterrumpida comunión que Él tuvo con Dios: «Yo y el Padre uno somos» (Jn. 10:30). Él dice lo mismo en Juan 14:30-31; 17:11, 21, 22, 23.

Volvamos a nuestro texto en 2 Corintios 5:21: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado». Dios tenía que castigar el pecado, pero si castigaba al pecador, el pecador sería destruido en el infierno por la eternidad. Por tanto, Él tomó un Sustituto, lo puso en el lugar del pecador y en cambio Él castigó al Sustituto. Cristo se hizo pecado.

Entonces, ¿qué significa que se hizo pecado? Primero déjeme decirle qué no significa. No significa que Cristo se convirtió en un pecador, cometió pecado o quebrantó la ley de Dios. El pasaje que he leído indica que Él no tenía la capacidad de pecar. Esto es lo que los teólogos llaman la impecabilidad de Cristo. Él no podía pecar. Él era Dios sin pecado a pesar de que era totalmente hombre. Es inconcebible que Dios lo volviera un pecador. La idea de que Dios convierta a alguien en un pecador es inconcebible a consecuencia de Su propia justicia, no se dice nada acerca de volver en pecador a Su Hijo santo.

Entonces ¿qué significa que se hizo pecado? Isaías 53 nos presenta una respuesta: «Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores… Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él… Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros» (vv. 4-6). Él no murió por Sus propios pecados, murió por nuestros pecados.

El Señor tomó la iniquidad de todos nosotros y la depositó en Cristo. Puede que usted diga: «¿Qué quiere decir? ¿No era su pecado?» No, era nuestro pecado. Dios trató a Cristo como si fuera un pecador haciéndole pagar la pena por el pecado aun cuando Él era inocente. Dios lo trató como si fuera el pecador y lo hizo pagar por ello. Aún más, Dios lo trató como si Él hubiera cometido todos los pecados de todos los que alguna vez creerían. ¿No es esto increíble? El pecado que no era suyo en absoluto, se le atribuyó a Él como si lo hubiera cometido. Ese es el único sentido en el que Cristo se hizo pecado y se hizo pecado por imputación. El pecado se le imputó a Él. Dios lo puso en Su cuenta, se lo cargó a Su cuenta y lo hizo pagar la pena. Sería como que todos los pecadores del mundo cargaran todo su pecado a su tarjeta de crédito y a usted le tocara pagar la cuenta.

La culpa de los pecados de todos los que en algún momento crean en Dios, todos los que en algún momento sean salvos se le imputó a Jesucristo, se le acreditó a Él como si Él fuera culpable de todo eso. Así que tan pronto como Dios se lo acreditó, Él derramó la totalidad de la furia de Su ira contra todo ese pecado y todos aquellos pecadores y Jesús lo experimentó todo. No es asombroso que en el momento en el que estaba alienado de Dios Él dijo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt. 27:46). Él recibió el trato que merece un pecador, con toda la furia del castigo justo derramado en Él. Cristo fue puro personalmente pero culpable oficialmente. Él fue santo en lo personal, pero culpable desde el punto de vista forense.

En Gálatas 3:10 dice: «Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición». ¿Usted quiere tratar de ganar su entrada al cielo, tratar de reconciliarse por sí mismo? ¿Quiere hacer algunas obras, cumplir ciertos deberes religiosos y atribuirlos a algunas leyes morales o ley ceremonial? ¿Quiere lograr su propia justicia? Entonces se ha metido en un problema. Todos aquellos que tratan de reconciliarse con Dios a través de obras o de lo que hacen están malditos. Gálatas 3:10 cita Deuteronomio 27:26: «Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas».

¿Entiende por qué ese método lo maldice? Porque desde la primera vez que usted viola una ley a usted se le condena. Sólo con una vez. Cada vez que trata por sí mismo de reconciliarse con Dios a través de esfuerzos humanos usted mismo se pone bajo una maldición porque sólo se necesita una violación. Por esto toda la raza humana está maldita. Toda persona en toda religión sobre la faz de la tierra que trata de lograr la reconciliación a través de su esfuerzo propio, está maldita.

Ahora bien, esta maldición por la iniquidad conlleva un castigo que hay que pagar. Pero Gálatas 3:13 dice: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición». ¡Ah! Ese es el punto. Él tomó toda la furia de la ira de Dios en representación nuestra. Dios puso a Cristo en el camino de la maldición y lo pisoteó con juicio. Nuevamente le recuerdo que la imputación es crucial para entender la reconciliación. Cristo se hizo pecado por imputación. Nuestro pecado se le imputó a Cristo así como su justicia se les imputó a los creyentes.

Permítame decirlo de otra manera. Aunque Cristo murió en la cruz, Él no se hizo malo como lo somos nosotros. Como tampoco nosotros por virtud de la cruz nos hacemos tan santos como Él es. Dios pone nuestro pecado a la cuenta de Cristo y pone la justicia de Cristo en nuestra cuenta. No porque somos tan santos que Dios está satisfecho. Es porque la pena se pagó y la culpabilidad se satisfizo de manera que Dios puede acreditarnos la justicia de Cristo. La imputación es el sentido único en el cual usted es justo a través de la justificación. Este es además el mismo sentido en el que Cristo se hizo pecado. Se hizo pecado porque Dios le acredita nuestro pecado. Nosotros somos justos porque Dios nos acredita Su justicia.

Yo soy un cristiano, pero no soy tan justo como para pararme como soy delante del Dios santo. ¿Puede usted? He acumulado muchísimo pecado en mi vida y a cualquier lugar que llegue cerca del Señor tendré que decir lo que dijo Pedro: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador» (Lc. 5:8). Pero Dios me mira y no me considera en virtud de mi moralidad humana; Él me considera en virtud de la justicia de Cristo imputada, la cual me cubre.

Para resumir, Dios es el Benefactor, Cristo es el Sustituto, que recibe nuestros pecados por imputación y muere por ellos en lugar nuestro.

Los Beneficiarios

«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Co. 5:21). ¿De quién está hablando Pablo? Es el mismo caso que la forma verbal «somos» del versículo 20: «somos embajadores», igual que el pronombre personal «nosotros» en el versículo 19: «nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación» y el mismo caso de «nos» en el versículo 18: «[Dios] nos dio el ministerio de la reconciliación».

Entonces, ¿quiénes son ellos? Pablo los describe en el versículo 17: «si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas». Hay una transformación. Con la salvación una creación nueva ocurre. Cambiamos. Pero aun con tal cambio no tendremos justicia suficiente para satisfacer al Dios santo. Por eso Él tiene que cubrirnos con la justicia de Cristo para hacernos aceptos hasta que estemos en gloria y Él nos haga completamente justos. Esto es para los que estamos en Cristo, los que estamos reconciliados, por los que murió. La sustitución real en eficacia fue para aquellos que crean. Él murió por nuestros pecados.

El Beneficio

El final de 2 Corintios 5:21 nos muestra el beneficio: «para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él». ¿Cuál es el beneficio? Somos hechos justos delante de Dios. Eso hace la justificación. La justicia que se nos imputa es la justicia misma de Cristo. Pablo dice en Filipenses 3:9: «y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe». ¡Oh! Jesús es santo pero Dios le imputó el pecado. Nosotros somos pecadores, pero Dios nos imputa santidad.

El Dios muy justo demanda, para aceptar a cualquier pecador, la justicia misma que Dios provee. Cuando Dios lo mira, Él lo ve cubierto por la justicia de Jesucristo. Es por esto que todos sus pecados son automáticamente olvidados en el sentido eternal porque ya Jesús pagó la pena. Dios no lo responsabiliza nunca más por su pecado porque Jesús pagó totalmente la pena y asumió toda la furia por la misma.

Usted dice: «Bueno, ¿y qué pasa con los pecados que cometí antes de ser cristiano?» Él murió también por esos pecados. Usted ni siquiera había nacido cuando Él murió; todos sus pecados eran «futuros». En realidad Cristo es el Cordero sacrificado desde antes de la fundación del mundo, aún antes de la creación. El plan era que Él muriera por todos los pecados de todos los que alguna vez creyeran.

Esta es la justicia de la que Pablo habla en Romanos 3. Es la justicia de Dios aparte de la ley (v. 21). Es la justicia de Dios a través de la fe en Jesucristo para todos aquellos que creen (v. 22). ¿Cómo forma parte de esto? Comprende que es un pecador; está en una situación desesperada, alienado de Dios. Entiende que no tiene esperanza de reconciliación por sí mismo, que vivirá perversamente en esta vida y sufrirá el tormento eterno en la siguiente. Entonces, crea que Dios mandó a Su Hijo al mundo en la forma de un hombre a morir como su sustituto, que Él asumió toda la furia de la ira de Dios en sí mismo. Crea que Dios afirmó que Su justicia se satisfizo cuando Él levantó a Jesús de la muerte y cuando Dios lo levantó de la muerte, Dios se sintió satisfecho. Entonces, Dios lo exaltó sentándolo a Su diestra en Su trono (Fil. 1:20).

Cuando la obra se consumó y cuando Jesús mismo se había ofrecido y satisfecho la justicia de Dios, Dios «también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor» (Fil. 2:9-11). Esto es lo que usted cree y este es el Evangelio. Cuando cree el Evangelio por fe, Dios en Su misericordia le imputa la justicia de Cristo porque sus pecados le fueron imputados a Cristo cuando murió en la cruz. El Padre lo conoció cuando el Hijo murió. Su nombre fue escrito en el Libro de la Vida del Cordero antes de la fundación del mundo y la expiación que Cristo obró fue por usted.

Entonces, usted vino a creer y a recibir la justicia imputada. Ahora usted vive en esta vida en la presencia de Dios y finalmente en la eternidad con perfección absoluta. Eso es el Evangelio. El benefactor es Dios: Este es Su plan y surge de Su amor. El sustituto es Jesucristo, quien tomó su lugar; el Dios-hombre perfecto. Los beneficiarios somos todos nosotros por los que Él murió, aquellos quienes crean. El beneficio es que recibes la justicia de Dios que se te imputa como si fueras igual a Jesucristo en santidad y algún día, serás santo. Pero hasta entonces, la justicia de Dios en Cristo te cubre y llega a ser tuya sólo a través de tu fe en Jesucristo.

 

 

 

 

 

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