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La predicación y la enseñanza



He puesto la predicación y la enseñanza juntas porque ambas están relacionadas con la proclamación de la verdad bíblica. La proclamación de la Palabra de Dios es una función primaria de la iglesia. Lloro a causa de los sermoncitos que las personas escuchan en algunas iglesias. Algunos predicadores se dedican meramente a aconsejar desde el púlpito o tratar cuestiones éticas. En muchas clases de escuela dominical no aprenden mucho acerca de la Biblia, y solo opinan acerca de lo que se enseña. Pero la función más importante de la iglesia es proclamar la Palabra de Dios en una forma comprensible, directa y autoritativa. 

 Examinemos pasajes escogidos de las dos epístolas que Pablo le escribió a Timoteo. Primera Timoteo nos habla de cómo tenemos que comportarnos y funcionar en la iglesia (3:15), y ambas 1 y 2 Timoteo hacen hincapié en que tenemos que tener como prioridad la proclamación de la Palabra de Dios.

 Primera Timoteo 3:16 nos habla de la maravilla de la encarnación de Cristo Jesús: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (cursivas añadidas). La predicación es uno de los elementos esenciales de la manifestación de Dios en la carne. En el corazón de la iglesia está la encarnación, y en el corazón de la encarnación está su proclamación. La predicación tiene un lugar central en la vida de una iglesia.

 Creo que Dios ha bendecido a la Grace Community Church porque en ella es una prioridad la proclamación de la Palabra de Dios. Nosotros no hablamos acerca de la Biblia; la enseñamos. Muchos cientos de personas a lo largo de los años han dicho que vienen a esta iglesia porque quieren ser alimentados con la Palabra de Dios. Ese es nuestro compromiso; esa es nuestra función. No es solo mía la tarea de proclamar la Palabra; ¡es la tarea de todos! Algunas personas tienen el don de predicar o de enseñar, pero todos estamos llamados a proclamar la Palabra.

 Pablo le dijo a Timoteo que si les enseñaba a los hermanos la verdad sería un “buen ministro de Jesucristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido” (1 Ti. 4:6). Luego añade en el versículo 11: “Esto manda y enseña”. En otras palabras: “Enseña con autoridad”.

 Me invitaron a hablar en la ceremonia de graduación en la Academia de Policía de Los Ángeles. El hombre que tenía a mi lado me habló de varios de los graduados. Me dijo: “Tuvimos que eliminar a uno de ellos a causa de su voz. No era suficientemente autoritativa. Un policía tiene que tener autoridad en su voz”. Eso tiene sentido: La autoridad de un policía es la ley. Si parece que hablo con autoridad es porque mi autoridad es la Palabra de Dios.

 En 1 Timoteo 4:13 Pablo continúa: “Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza”. Le invitaba a Timoteo a que leyera la Biblia, explicara sus doctrinas y exhortara a los creyentes a que la aplicaron. Le recomendó que no descuidara la predicación (v. 14), sino que meditara en las verdades de Dios (v. 15), las obedeciera y persistiera en ellas (v. 16).

 Vemos otra dimensión de la predicación y la enseñanza en 1 Timoteo 5:17: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar”. Eso indica que el liderazgo de una iglesia debiera enfocarse en la predicación y en la enseñanza. Ciertamente, la función primaria de la iglesia es la proclamación de la Palabra de Dios.

 He escuchado que algunas personas critican a nuestra iglesia, diciendo: “Allí hay demasiada predicación y enseñanza y muy poco de otras cosas”. ¡NO puedo ver cómo puede haber demasiada predicación y enseñanza! La razón por la que hacemos tanto hincapié en la predicación y la enseñanza es porque ellas ayudan a que todo lo demás tenga lugar. Tenemos que conocer lo que la Biblia dice acerca de algo antes de saber cómo actuar. No sabríamos cómo adorar, orar, evangelizar, discipular, pastorear, capacitar o servir a menos que sepamos lo que dice la Palabra de Dios.

 En 2 Timoteo 2:15 Pablo dice: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”. Pablo quería que Timoteo interpretara la Palabra correctamente. En 2 Timoteo 1:13 dice: “Retén la forma de las sana palabras que de mí oíste”. La persona que proclama la Palabra de Dios debe ante todo comprometerse él mismo con ella y luego predicarla.

 Las Escrituras hacen al creyente “sabio para la salvación” (2 Tim. 3:15). La Palabra es “útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (vv. 16-17). Basado en esas realidades Pablo encarga: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo” (2 Ti. 4:2). En otras palabras: “Sé diligente y esforzado en la proclamación de la Palabra de Dios. Predica en todo tiempo. No te preocupes si los oyentes se sienten ofendidos por lo que dices”.

 Pablo entonces le recomienda que sea valiente cuando predique y “redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (v. 2). La predicación debiera llevar a las persona a enfrentar los fracasos en sus vidas, pero no podemos esperar que ellos lleguen a una completa comprensión inmediatamente. En el proceso de la predicación confrontante, debemos ser pacientes y enseñar doctrina. Es la Palabra la que convence. Una de las funciones de la iglesia es enseñar pacientemente la Palabra de Dios en una forma directa a fin de que las personas sean responsables ante Dios por hacer que sus vidas sean rectas.  

Efesios 4:23 dice: “Y renovaos en el espíritu de vuestra mente”. Romanos 12:2: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de nuestro entendimiento”. Usted necesita tener la Palabra en su mente con el fin de que se produzca la conducta recta. La predicación y la enseñanza de la Palabra ponen a las Escrituras en primera fila en las mentes de las personas; no hay nada que las pueda sustituir. 
 

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Extracto del libro, “El plan del Señor para la iglesia” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.
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