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: Desatando la Verdad de Dios, Un Versículo a la Vez

Esclareciendo el debate del Señorío de Cristo, Parte 2

Código: A130

La controversia del Señorío de Cristo en la salvación no es una disputa sobre si la salvación es solamente por fe o por fe más obras. Ningún verdadero cristiano sugeriría que se deben agregar obras a la fe, a fin de asegurar la salvación. Nadie que interprete correctamente la Escritura jamás propondría que el esfuerzo humano o las obras carnales pueden ser meritorias - dignas de honor o recompensa de Dios. (Destacamos esto nuevamente porque es importante.)

En cambio, la controversia del Señorío de Cristo es un desacuerdo sobre la naturaleza de la verdadera fe. Los que tienen una fe verdadera amarán a Cristo (Rom. 8:28, 1 Cor. 16:22, 1 Juan 4:19). Por lo tanto, querrán hacer Su voluntad. Jesús como Señor es mucho más que una figura de autoridad; Él también es nuestro mayor tesoro y compañero más valioso. Le obedecemos por puro deleite. Por lo que el Evangelio exige el rendición, no sólo por el bien de la autoridad, sino también porque la entrega es mayor gozo del creyente. Dicha entrega no es un complemento separado de la fe, sino que es la esencia misma de creer.

El Señorío de Cristo en la salvación no enseña que los verdaderos cristianos son perfectos o que no pecan. El compromiso incondicional a Cristo no significa que nunca desobedecemos o que vivimos vidas perfectas. Los vestigios de nuestra carne pecaminosa hacen que sea inevitable que muchas veces realicemos lo que no queremos hacer (Rom. 7:15). Pero el compromiso con Cristo significa que la obediencia, más que la desobediencia, será nuestro rasgo distintivo. Dios tratará con el pecado en nuestras vidas y responderemos a Su castigo amoroso siendo cada vez más santos (Hebreos 12:5-11). Los que tienen fe verdadera caerán - y en algunos casos, con frecuencia - pero un creyente genuino confesará su pecado, como un patrón de vida; y acudirá al Padre por perdón (1 Juan 1:9).

No hay duda de que los cristianos pecan. Ellos desobedecen. Fracasan. Todos estamos lejos de la perfección en esta vida (Filipenses 3:12-5). "Todos ofendemos muchas veces" (Santiago 3:2). Incluso los cristianos más maduros y piadosos "ven por espejo, oscuramente" (1 Cor. 13:12). Nuestras mentes necesitan constante renovación (Rom. 12:2). Pero eso no anula la verdad de que la salvación, en un sentido real, nos hace prácticamente justos. La misma epístola que describe el odio y la batalla de los cristianos contra el pecado (Rom. 7:8-24) dice primero que los creyentes son libres del pecado y esclavos de la justicia (6:18). El mismo apóstol que escribió: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos" (1 Juan 1:8) más tarde escribió: "Todo aquel que permanece en Él, no peca"(3:6). En un lugar dice: "Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a Él mentiroso, y Su palabra no está en nosotros" (1:10); y en otro, "Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él" (3:9).

Hay una verdadera paradoja - no una incoherencia - en esas verdades. Todos los cristianos pecan (1 Juan 1:8), pero todos los cristianos también obedecen: "Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos Sus mandamientos" (1 Juan 2:3). El pecado y la carnalidad todavía están presentes en todos los creyentes (Rom. 7:21), pero no pueden ser el sello distintivo de su carácter (Rom. 6:22).

La Escritura confirma clara y repetidamente el punto de vista del Señorío sobre este asunto: "Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios, pero el que hace lo malo no ha visto a Dios." (3 Juan 11). Eso habla de dirección, no perfección. Pero hace que el comportamiento sea claramente una prueba de la realidad de la fe.

El papel del pecador en la salvación no es el tema principal en la controversia del Señorío. El punto del debate es cuánto Dios hace en la redención de los elegidos.

¿Qué sucede en la regeneración? ¿El pecador creyente nace realmente de nuevo (Juan 3:3, 7, 1 Pedro 1:3, 23)? ¿Nuestro viejo hombre realmente muere, "crucificado... a fin de que no sirvamos más al pecado" (Romanos 6:6)? ¿Los creyentes son realmente "participantes de la naturaleza divina" (2 Ped. 1:4)? ¿Es cierto que "si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas" (2 Corintios 5:17)? ¿Podemos realmente decir: "libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia" (Rom. 6:18)?

El Señorío de Cristo en la salvación dice que sí.

Esto, después de todo, es el punto central de la redención: "A los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo" (Rom. 8:29). ¿Ese trabajo conforme a Dios - la santificación - comienza en esta vida? Una vez más, el Señorío de Cristo en la salvación dice que sí.

La Escritura está de acuerdo. "Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen " (2 Cor. 3:18). A pesar de que "aún no se ha manifestado lo que hemos de ser", no es menos cierto que "cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él… Y todo aquel que tiene esta esperanza en Él, se purifica, así como Él es puro" (1 Juan 3:2-3).

Hay más: "A los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó" (Rom. 8:30). Note que el rol de Dios en la salvación comienza con la elección y termina en la gloria. En el medio, todos los aspectos del proceso de redención son obra de Dios, no del pecador. Dios no va a cancelar el proceso, ni omitirá ningún aspecto del mismo.

Tito 3:5 es claro: la salvación - toda - es "no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho." Es la obra de Dios, hecha "por Su misericordia." No es meramente una transacción declarativa, que asegura legalmente un lugar en el cielo pero que deja cautivo al pecador de su pecado. Se trata también de una transformación de la disposición, la misma naturaleza, a través del "lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo".

La pregunta no es si somos salvos por gracia, sino, ¿cómo opera la gracia en la salvación? Los defensores del no-Señorío aman definirse a sí mismos como defensores de la gracia. Pero ellos definen la gracia de una forma débil que es errónea. La gracia de Dios es una dinámica espiritual que trabaja en la vida de los redimidos, "enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente" (Tito 2:12). La verdadera gracia es algo más que un enorme regalo que nos abre la puerta al cielo futuro, pero que nos deja revolcados en el pecado, en el amargo aquí y ahora. La gracia es Dios está trabajando en nuestras vidas en la actualidad. Por gracia "somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (Efesios 2:10). Por gracia, Él "se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras" (Tito 2:14).

Ese trabajo constante de la gracia en la vida del cristiano es tan cierto como la justificación, la glorificación o cualquier otro aspecto de la obra redentora de Dios. "Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" (Fil. 1:6). La salvación es por completo el trabajo de Dios; y Él termina lo que comienza. Su gracia es suficiente. Y poderosa. No puede ser imperfecta en ningún sentido. La "gracia" que no afecta a la conducta de una persona no es la gracia de Dios.

El arrepentimiento no es incidental al Evangelio. ¿Qué es el Evangelio, después de todo, sino un llamado al arrepentimiento (Hechos 2:38; 3:19; 17:30)? En otras palabras, requiere que los pecadores hagan un cambio - que dejen de ir en una dirección y se volteen para ir hacia otra (1 Tesalonicenses 1:9). Las invitaciones evangelísticas de Pablo siempre exigían arrepentimiento: "Dios ahora manda a todos los hombres, en todo lugar, que se arrepientan" (Hechos 17:30). Así es como Pablo describió su propio ministerio y mensaje: "No fui rebelde a la visión celestial, sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento" (Hechos 26:19-20, énfasis añadido). El arrepentimiento es lo que lleva a la vida (Hechos 11:18) y al conocimiento de la verdad (2 Tim. 2:25). Por lo tanto, la salvación sin el arrepentimiento es imposible.

Los defensores de la posición del no-Señorío sugieren con frecuencia que la predicación del arrepentimiento añade algo a la doctrina bíblica de la salvación por gracia por medio de la fe.

Pero la fe presupone arrepentimiento. ¿Cómo pueden aquellos que son enemigos mortales de Dios (Rom. 5:10) creer sinceramente en Su Hijo sin arrepentirse? ¿Cómo puede alguien realmente comprender la verdad de la salvación del pecado y sus consecuencias, a menos que esa persona también realmente entienda y odie lo que el pecado es? El sentido de la fe es que confiamos en Cristo para liberarnos del poder y del castigo del pecado. Por lo tanto, los pecadores no pueden llegar a la fe sincera, fuera de un cambio completo de actitud y un giro radical de la mente, los afectos y la voluntad. Eso es arrepentimiento. No es un complemento de la invitación del Evangelio, sino que es precisamente lo que el Evangelio exige. Nuestro Señor mismo describió Su misión esencial como la de llamar a los pecadores al arrepentimiento (Mat. 9:13).

A menudo, hablamos de la experiencia de la salvación como "conversión". Esa es terminología bíblica (Mateo 18:3, Juan 12:40, Hechos 15:3). La conversión y el arrepentimiento son términos estrechamente relacionados. La conversión se produce cuando un pecador se vuelve a Dios con fe arrepentida. Se trata de un giro completo, un cambio absoluto de dirección moral y volitiva. Este cambio radical es la respuesta que el Evangelio exige, ya sea que la petición a los pecadores se exprese como "creer", "arrepentirse" o "convertirse". Cada una implica las otras.

Si alguien se está alejando de usted y usted le dice: "Ven aquí", no es necesario decir "da la vuelta y ven." El voltearse está implícito en "venir". De la misma manera, cuando el Señor dice: "Venid a mí" (Mateo 11:28), se entiende que hay un cambio de actitud de arrepentimiento. En ninguna parte emite la Escritura un llamamiento evangelístico que no implique al menos la necesidad de arrepentimiento. Nuestro Señor no ofrece nada a los pecadores impenitentes (Mateo 9:13, Marcos 2:17, Lucas 5:32).

Una vez más, el arrepentimiento no es una obra humana. Jesús dijo: "Ninguno puede venir a Mí, si el Padre que me envió no le trajere" (Juan 6:44). Es Dios quien concede el arrepentimiento (Hechos 11:18, 2 Tim. 2:25). El arrepentimiento no es auto superación pre-salvación. No es una cuestión de expiación del pecado o de hacer restitución antes de volverse a Cristo en fe. Se trata de voltearse internamente del pecado a Cristo. Aunque no es un "trabajo" que el pecador realiza por sí mismo, el arrepentimiento genuino sin duda producirá buenas obras como fruto inevitable (Mateo 3:8).

Disponible en Internet en: https://www.gracia.org

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