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¿Comunión o disputa?

Código: A155

Una cosa que va a notar inmediatamente si hace un estudio aunque sea casual de la teología histórica es esta: la historia de la iglesia es una crónica extensa de desarrollo doctrinal que va de una controversia profunda a otra.

En un sentido, es triste que la historia de la iglesia esté tan mancillada por conflictos doctrinales, pero en otro sentido eso es precisamente lo que los apóstoles anticiparon. Aún cuando el Nuevo Testamento estaba siendo escrito, la iglesia estaba lidiando con herejías serias y peligrosos falsos maestros quienes parecían surgir en todo lugar. Esto era un problema universal tan serio, que Pablo estableció que uno de los requisitos para los líderes era que fueran sólidos en la doctrina y capaces de refutar a aquellos que contradicen (Tito 1:9). La iglesia siempre ha sido acosada por enseñanzas apóstatas y falsas; y la historia de la iglesia está llena de evidencia de esto.

Obviamente, entonces, nosotros -que amamos la verdad- no podemos escondernos automáticamente de la pelea sobre la doctrina. Especialmente en una era como la nuestra cuando cada doctrina se considera en juego, los cristianos necesitan estar dispuestos y preparados para contender fervientemente por la fe.

Por otra parte, aun en un tiempo pertinazmente “tolerante” como este, el peligro opuesto ocupa también un lugar preponderante. Algunas personas siempre están buscando pelea por pequeñas cosas; y ningún problema es demasiado trivial para ellos como para pasarlo por alto. Parece que están buscando motivos para ofenderse, y si usted no tiene cuidado con lo que dice o cómo lo dice, arman un lío tremendo por eso. A menudo, es una cuestión insignificante, una insignificancia involuntaria o un “tono” inadvertidamente descortés que provoca el berrinche. (Irónicamente, estas mismas personas son las que a veces están más dispuestas a tolerar grandes errores doctrinales en nombre de la “caridad”).

La Escritura incluye todos los siguientes mandamientos: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18). “Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 1:3). “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras” (2 Juan 1:10-11). “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido; y que os apartéis de ellos” (Romanos 16:17). “Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones” (Romanos 14:1). “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14).

Está claro que hay dos extremos que deben evitarse. Uno de ellos es el peligro de ser tan cerrado e intolerante que eso cree divisiones innecesarias en el cuerpo de Cristo. El otro es el problema de ser demasiado abierto y pecaminosamente tolerante, con una mentalidad muy ecuménica que se conforma con una unidad superficial, falsa con la gente a quien se nos manda evitar o cuyos errores estamos moralmente obligados a refutar.

Pareciera que la única manera de ser fiel a todos los mandamientos anteriores es tener un entendimiento sano y bíblico de cómo distinguir entre las doctrinas básicas y las secundarias.

Pero busque materiales sensatos que discutan cuidadosamente pautas bíblicas para hacer tales distinciones de manera sabia. Este es un problema que temo que muchos cristianos no han considerado sobria y cuidadosamente como deberían; y mi estimación es que una de las necesidades más grandes de la iglesia en este tiempo de subjetividad postmodernista sin sentido es un entendimiento bíblico claro, cuidadoso y profundo sobre cuándo es el tiempo adecuado para contender o cuándo es el momento para tener comunión.

Muy pocos temas me interesan más que este. Parece ser un problema obvio y fundamental para que la iglesia y sus líderes lo resuelvan. Usted estará pensando que los primeros fundamentalistas ya hicieron un trabajo extensivo sobre este tema, pero por lo que podemos ver, no lo han hecho. Ellos trataron varias doctrinas claves como fundamentales, basados principalmente en lo que estuvo bajo ataque por los modernistas; y se declararon ellos mismos devotos a “lo fundamental”.

Pero ellos no siempre permanecieron enfocados en la distinción entre lo que era fundamental y lo que no lo era. Como resultado, las siguientes generaciones de fundamentalistas muchas veces pelearon y se dividieron sobre temas que nadie podía argumentar racionalmente que fueran “fundamentales”. Como era de esperar, el movimiento fundamentalista se desplomó lentamente.

Hay algunos esfuerzos valientes en curso para mejorar y preservar los mejores remanentes del movimiento fundamentalista. Sinceramente, les deseo que tengan éxito. Pero me parece que a menos que las mentes más brillantes y los teólogos más cuidadosos en ese movimiento estén dispuestos a regresar a esa pregunta básica y pensar cuidadosamente en la justificación bíblica y teológica para la distinción original entre las verdades fundamentales y secundarias, ciertas cosas que deben ser claras permanecerán borrosas; y el fundamentalismo estará condenado a ciclos repetidos de fracaso.

Y a propósito, si queda alguien en el “movimiento evangélico” que es verdaderamente evangélico en el sentido histórico, lo mismo se aplica a ellos.

© 2008 by Phil Johnson

Director Ejejcutivo

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Disponible en Internet en: https://www.gracia.org

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