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Escritura: Éxodo1:22

Código: A208

En los siglos después de la muerte de José (aprox. 1804 A.C.), el último evento registrado en Génesis, la situación de Israel en Egipto había cambiado radicalmente de ser privilegiada a ser esclavo (aprox. 1525-1445 A.C.). Pero a pesar de las condiciones arduas, ¡el crecimiento del pueblo de Israel fue desmedido! Cumpliendo con la promesa de Dios, la semilla de Abraham creció de ser una familia grande a ser una nación.

El Faraón instituyó un número de medidas para desbastar su población, pero su poder humano no pudo competir con las bendiciones continuas de Dios sobre Israel. Eventualmente, el Faraón mandó a que todos sus sirvientes se involucraran en asesinar a niños hebreos recién nacidos ahogándoles en el río Nilo (Éxodo 1:22). Una madre, Jocabed, pudo esconder su lindo bebé durante tres meses. “Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño, y lo puso en un carrizal a la orilla del río. Y una hermana suya se puso a lo lejos, para ver lo que le acontecería” (2:3-4).

En medio de estas circunstancias devastadoras, Jocabed le confió su bebé por completo a Dios para cuidarlo; y su esperanza fue justificada. Dios usó providencialmente a una princesa egipcia para anular el decreto de muerte del Faraón; y protegió la vida de Su líder escogido para los israelitas (vv. 5-10). Es más, Él le dio a Miriam la valentía y la tranquilidad para acercarse al séquito real y convencer hábilmente a la princesa de pagarle a la misma madre del bebé para cuidarlo.

Moisés necesitó un milagro para poder sobrevivir; y Jocabed estuvo lista cuando el milagro llegó. Su fe en la provisión del Señor fue uno de los primeros pasos en la partida de Israel fuera de Egipto. ¿Vino fácilmente esta fe? Ciertamente no. Jocabed dio a Moisés todo lo que le pudo dar y después lo entregó – dos veces: una vez, cuando lo dejó flotando en el río y otra, cuando se lo regresó a la princesa para que lo criara. Probablemente, ambas veces, Jocabed pensó que nunca vería a su hijo nuevamente; pero ella se lo confió a Dios.

Más tarde, como el hijo adoptivo de la princesa, Moisés sin duda obtuvo privilegios especiales que pertenecían a la nobleza; pero ninguna de estas cosas persuadió a Moisés de renunciar a su origen y fe nativos, sin duda enseñados por Jocabed cuando lo cuidó de niño. Mas bien, su madurez espiritual fue tal que cuando fue mayor, él “rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón” (Hebreos 11:24). Como hijo de Jocabed, aprendió la fe. Como hijo de una princesa, aprendió a leer, escribir, matemáticas y quizás uno o más idiomas de Canaán. Todas estas habilidades y experiencias le sirvieron cuando se convirtió en embajador de Dios de Israel a Egipto.

Disponible sobre el Internet en: https://www.gracia.org
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