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John MacArthur

En el episodio 215 de Pregúntenle al Pastor John, el Dr. Piper aborda el punto decisivo del debate cesasionista-continuista. Desde su punto de vista, la profecía moderna no es “infalible, no está a nivel del Escritura, no habla autoritativamente” sino que más bien es “algo que Dios trae espontáneamente en el momento a la mente y -puesto que nosotros somos falibles en el modo en que percibimos y el modo en el que reflexionamos y en el modo en cómo lo expresamos - no tiene el mismo nivel de infalibilidad ni el mismo nivel de autoridad de la Escritura” [1] Él alega tres textos de la Escritura para proporcionar los “motivos exegéticos” para su punto de vista.

El punto de vista de John es el mismo que tiene Wayne Grudem; y representa un cambio radical de la posición histórica de la iglesia cristiana. Más aún, es una contradicción directa de 2 Pedro 1:21: “Nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron, siendo inspirados por el Espíritu Santo.” Lo que Dios dio a Sus profetas no disminuyó ni un ápice debido a la falibilidad humana. El Espíritu Santo, por lo tanto, supervisó el habla (y la escritura) de cada palabra, de tal modo que lo que Dios quiso decir fue dicho; y fue dicho de manera irrefutable. El innovador punto de vista de Piper y Grudem se desvía de la visión bíblica histórica del don de la profecía; y desvirtúa peligrosamente la integridad y autoridad divina.

De Génesis a Apocalipsis, la Biblia muestra cuatro características fundamentales de la verdadera profecía. En primer lugar, la verdadera profecía es siempre verbal, las palabras mismas de Dios. Nunca es un impulso o una impresión, nunca es un sentimiento que necesita interpretación. [2] Por el contrario, la verdadera profecía se trata siempre de un mensaje preciso.

En segundo lugar, la verdadera profecía es proposicional –e s comprobable, ya sea como verdadera o falsa. Eso es lo que los lógicos reconocen como la ley del tercero excluido - una proposición es verdadera o su negación es verdadera. Si alguien invoca al Espíritu Santo como la fuente de su profecía, pero lo que dice es falso, Dios ordena a Su pueblo a rechazar tanto a la profecía como al profeta (Deuteronomio 13:1-5; 18:20-22).

En tercer lugar, la verdadera profecía es infalible. Todo lo que Dios habló por medio de Sus profetas careció de errores y no fue afectado en absoluto por la falibilidad humana.

En cuarto lugar, debido a que una verdadera profecía es verbal, proposicional e inerrante, la única conclusión a la que se puede llegar es que lleva todo el peso de la autoridad divina. Desde el fin de la era apostólica y la finalización del Canon, sólo la Escritura puede afirmar legítimamente ese nivel de autoridad (2 Timoteo 3:16).

John Piper defiende su alejamiento del punto de vista bíblico e histórico del don de la profecía citando estos tres textos bíblicos. En 1 Tesalonicenses 5:19-21, Pablo dice: “No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno.” Piper da mucha importancia al hecho de que Pablo habla de profecías o declaraciones proféticas en lugar de los propios profetas. Él insiste que ésta es una diferencia categórica de 1 Juan 4:1, en donde el apóstol Juan llama a la iglesia a “… probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” (Énfasis añadido).

Distinguir sin diferenciar

Distinguir entre (a) probar y rechazar falsas profecías y (b) probar a rechazar falsos profetas es distinguir sin diferenciar. En ninguna parte de la Escritura se separa al profeta de las palabras que habla, tal como propone Piper. Por el contrario, por definición propia de la palabra, un profeta era alguien que hablaba con anticipación las palabras de Dios. Un verdadero profeta era juzgado en base a la verdad o falsedad de sus profecías. Un falso profeta era uno que pronunciaba falsas profecías; y las falsas profecías son, por definición, las declaraciones de un falso profeta. Esta distinción sin diferencia indica el tipo de análisis interpretativo utilizado para llegar a una interpretación en particular. Eso es algo inusual en casi todo otro aspecto del ministerio de John Piper.

La prueba no certifica la falibilidad profética

En sus comentarios de redifusión multimedia, Piper revela el supuesto que yace en el corazón del punto de vista continuista de la profecía falible. Él cree que las pruebas y la evaluación de los profetas por medio de sus profecías son algo “que usted no haría si ellos hablaran con autoridad infalible, inerrante, con la calidad de Escritura.” [3]

Pero, ¿no es eso lo que vemos en el Antiguo Testamento - Dios ordenando a Su pueblo a que probara aquellos que hablaban con autoridad infalible, inerrante, con calidad de Escritura? Si alguien predijo algo falso (Deut. 18:20–22) o predijo algo verdadero y sin embargo ha prescrito falsamente (Deut. 13:1–5) - si lo que habló no estaba de acuerdo con la palabra de Dios revelada previamente - Dios mandó al pueblo a juzgarlo como un falso profeta y a condenarlo a muerte.

Así que, ¿la orden de probar y juzgar a los profetas del Antiguo Testamento implica que podían ofrecer legítimamente profecías falibles? Por supuesto que no. El mandato de Dios requiere que los creyentes del Antiguo Testamento defiendan celosamente y de manera justa la verdad confiada a ellos; algo que es consistente con los preceptos del Nuevo Testamento (por ejemplo: 1 Timoteo 6:20; 2 Timoteo 1:14). Asumir, tal como lo hace Piper, que se dice que se debe probar las profecías en el Nuevo Testamento implica una nueva categoría de “profecías falibles” que carece de fundamento. Esto no pasa la prueba del escrutinio bíblico.

Redefinición radical sin comentario

Hay una segunda razón por la cual los mandamientos bíblicos para poner a prueba la profecía (cp. 1 Cor. 14:29; 1 Tesalonicenses 5:19–21) no equivale a la evidencia para la profecía falible. Dicha interpretación asume que la profecía del Nuevo Testamento es radicalmente diferente del don del Antiguo Testamento.

Siguiendo a Grudem, Piper postula una discontinuidad radical entre la profecía de los dos Testamentos, como si la profecía del Antiguo Testamento fuere infalible y autoritaria; mientras que el don de la profecía del Nuevo Testamento no lo es. Pero esa audaz conclusión es nada más que una inferencia muy debatible. Sin embargo, si dicha redefinición radical de este don hubiera ocurrido entre las eras del Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, estaríamos en lo correcto al esperar declaraciones explícitas en la Escritura que nos informaran de ese cambio. Tal como dice Sam Waldron:

Si la profecía del Nuevo Testamento, a diferencia de la profecía del Antiguo Testamento, no hubiera sido infalible en sus declaraciones, esto habría constituido un contraste decididamente fundamental entre la institución del Antiguo Testamento y la institución del Nuevo Testamento. Suponer que una diferencia tan importante como esta haya sido pasada por alto sin un comentario explícito es inconcebible. [4]

Sin embargo, eso es precisamente lo que los continuistas nos piden que creamos.

No sólo no existe una redefinición explícita de la profecía en el Nuevo Testamento, sino que también existe un testimonio abrumador de la continuidad del don profético del Antiguo al Nuevo Testamento. Primero, el Nuevo Testamento utiliza una terminología idéntica (por ejemplo: profeta, profecía, profetizar) para referirse a ambos (a) profetas del Antiguo Testamento y profecía y (b) profetas del Nuevo Testamento y profecía. Tan sólo en el libro de Hechos, por ejemplo, Lucas se refiere a los profetas del Antiguo Testamento en los versículos 2:16, 3:24–25, 10:43, 13:27, 13:40, 15:15, 24:14, 26:22, 26:27 y 28:23. Intercalados con estos pasajes, hay referencias a los profetas del Nuevo Testamento y la profecía en los versículos 2:17–18, 11:27–28, 13:1, 15:32, and 21:9–11.[5] Lucas no hace distinción entre la naturaleza de sus profecías y el nivel de su autoridad; sino que los considera iguales en todos los aspectos. Cualquier persona que lea el registro de Lucas en Hechos llegaría naturalmente a la conclusión de que el don profético del Nuevo Testamento está a la par con el del Antiguo Testamento - ciertamente, que eran uno; y el mismo don.

Por lo tanto, los continuistas deben presentar pruebas basadas en la Escritura para defender claramente a esta redefinición radical de la profecía. Llamamientos a dudosas inferencias extraídas de textos que hablan acerca de probar a la profecía “no se aproxima al tipo de precedente explícito” [6] requerido para soportar ese argumento. Mientras que los cesasionistas puedan proveer interpretaciones lógicas a textos como 1 Corintios 14:29 y 1 Tesalonicenses 5:19-21, que son consistentes con la definición tradicional de la profecía, no hay ninguna justificación bíblica para que alguien pueda aceptar redefiniciones tan radicales e infundadas.

¿Por qué menospreciarían los cristianos la profecía?

Piper continúa formulando la pregunta de por qué los tesalonicenses cristianos fueron tentados a menospreciar las profecías si esas profecías tenían autoridad a nivel de Escritura.[7] Su propia respuesta a esa pregunta es, y cito: “Probablemente porque ellas (las profecías) son insensatas… tontas… (y) disparatadas.” Piper no es de ninguna manera el único continuista que crea ese tipo de antecedente caótico como escenario de las primeras iglesias. Pero el error, según yo lo veo, es que él y los demás han superpuesto sus experiencias personales en el movimiento carismático contemporáneo a las iglesias locales del Nuevo Testamento. Si bien eso es injustificado y anacrónico, nos ayuda a comprender la resistencia permanente de Piper a rechazar a los “profetas” de hoy en día cuando manifiestan “profecías” que son insensatas, tontas y disparatadas.

Entonces, ¿por qué estarían los tesalonicenses tentados a menospreciar las profecías? ¿Podemos responder esa pregunta sin recurrir a redefinir radicalmente el don de la profecía? ¿Existe una respuesta plausible a esa pregunta que no requiera que impongamos una discontinuidad radical entre el Antiguo y el Nuevo Testamento? Creo que sí. Tal como lo he escrito en Fuego Extraño:

Debido a que los falsos profetas eran frecuentes en el Israel del Antiguo Testamento (Deuteronomio 13:3; Isaías 30:10; Jeremías 5:31; 14:14-16; 23:22-32; Ezequiel 13:2-9; 22:28; Miqueas 3:11), el pueblo de Dios tenía que ser capaz de identificarlos y enfrentarse a ellos. Esa misma realidad se aplica a los creyentes del Nuevo Testamento, así que es por eso que Pablo instruyó a los tesalonicenses a probar las profecías con cuidado…

La presencia de los falsos profetas en la Iglesia del primer siglo es un hecho que está claramente atestiguado en el Nuevo Testamento (Mateo 7: 15; 24:11; 2 Timoteo 4:3-4; 2 Pedro 2:1-3; 1 Juan 4:1; Judas 4). La exhortación a probar la profecía debe entenderse en ese contexto. A los creyentes se les mandó a discernir entre aquellos que eran verdaderos portavoces de Dios y los que eran falsificadores peligrosos. Los tesalonicenses, en particular, necesitaban tener cuidado con los falsos profetas. Las dos epístolas que Pablo les escribió a ellos indican que algunos miembros de su congregación ya habían sido engañados - en relación al carácter personal de Pablo (1 Tesalonicenses 2:1-12) y en cuanto al futuro escatológico de la Iglesia (1 Tesalonicenses 4:13-5:11). Gran parte de la instrucción de Pablo fue en respuesta a la enseñanza errónea que estaba haciendo estragos en la Iglesia de Tesalónica. Quizás por eso algunos de los tesalonicenses se veían tentados a menospreciar todas las profecías, incluidas las que eran ciertas. [8]

Sea cual fuere su conclusión acerca de la interpretación de 1 Tesalonicenses 5 que he brindado, es, por lo menos, más preferible que la interpretación continuista; la cual exige a los cristianos redefinir radicalmente el don de la profecía sin un solo comentario explícito de cualquier autor del Nuevo Testamento.

Conclusión

Dado que esta publicación ya es lo suficientemente extensa, voy a detenerme aquí. Le pido que permanezca atento a mi respuesta a las interpretaciones de John Piper de 1 Corintios 11:4-5 y 1 Corintios 13:8-13. Si no escribí otra palabra para interactuar con sus interpretaciones, espero que lo que he escrito sea suficiente para ayudarle a usted a pensar cuidadosamente acerca de algunos supuestos continuistas que usted puede haber aceptado o creído sin sentido crítico. Es mi oración que usted encuentre la interacción continua útil y esclarecedora, a medida que discierne la Palabra de Verdad y ejercita su salvación delante de Dios con temor y temblor.

[1] Ask Pastor John, Episodio 215, 0:51–1:28.

[2] En el caso de los sueños reveladores, que requerían interpretación (por ejemplo, Gén. 40:8–13), aún la interpretación era un tema de revelación dado que “las interpretaciones pertenecen a Dios” (Gén. 40:8b). Se requería que aquel que afirmaba ser un intérprete de sueños informara la revelación que había recibido del Señor con precisión y sin error.

[3] Ask Pastor John, Episodio 215, 2:24-2:32.

[4] Samuel E. Waldron, To Be Continued? Are the Miraculous Gifts for Today? (Greenville, SC: Calvary Press Publishing, 2005), p. 65.

[5] Partidarios de la hipótesis de Grudem acerca de dos niveles de profecía en el Nuevo Testamento - es decir que existen dos niveles, un nivel apostólico y un nivel congregacional de profecía, podrían objetar que estas referencias representan sólo el nivel apostólico de profecía. Sin embargo, los pasajes enumerados incluyen los ejemplos de las hijas de Felipe (Hechos 21:9–11) y Agabo ( Hechos 11:27–28), a quien Grudem mismo considera como profeta falible a nivel congregacional.

[6] Waldron, To Be Continued?, p. 66.

[7] Ask Pastor John, Episodio 215, 2:33ff.

[8] MacArthur, Fuego Extraño, p. 125.

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