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: Desatando la Verdad de Dios, Un Versículo a la Vez

Código: B140718

John MacArthur

¿En qué piensa usted cuando escucha la palabra “ejercicio”? Usted probablemente piensa en gimnasios, pesas y todo tipo de equipo para mantenerse en forma. Trabajo duro, compromiso, tiempo y recursos son necesarios para desarrollar y fortalecer nuestros cuerpos físicos. Mientras que el ejercicio es hoy en día popular en Estados Unidos de América, ciertamente no es nada nuevo.

Pablo hizo uso de esta imagen familiar en su carta a los creyentes en Filipo. En Filipenses 2:12-13, observamos la exhortación de Pablo a los creyentes a ocuparse de su crecimiento espiritual.

Pablo se refiere a un trabajo más arduo que un simple ejercicio físico -y uno que tiene un impacto mucho mayor en su vida.

Haciendo la obra

El principio de ocuparse en la salvación tiene dos aspectos. El primero, tiene que ver con la conducta personal, el diario vivir en fidelidad y obediencia. Dicha obediencia comprende, sin duda, un compromiso activo y un esfuerzo personal; las Escrituras abundan en preceptos tanto negativos como positivos para esforzarnos en la obediencia.

Cualquier forma de pecado debe abandonarse, ser quitada y debe ser reemplazada por un modo de pensar justo. Los creyentes deben “limpiarse de toda contaminación de carne y espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7:1). Deben poner su mente “en las cosas de arriba, no en las de la tierra,” porque han muerto al pecado; y sus vidas están ahora “escondidas con Cristo en Dios” (Colosenses 3:2-3). Así como ya “[presentaron sus] miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad” deben “ahora para santificación [presentar sus] miembros para servir a la justicia” (Romanos 6:19), andando “como es digno de la vocación con que fuisteis llamados” (Efesios 4:1).

Pablo exhortó a los corintios a esforzarse al máximo para vivir como cristianos:

¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado (1 Corintios 9:24-27;cp. Filipenses 3:12-16).

Instruyó a Timoteo de manera similar: “Huye de estas cosas [malas] y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, la cual asimismo fuiste llamado, es habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos” (1 Timoteo 6:11-12; cp. 4:15-16; Hebreos 12:1-3).

Si vivir la vida cristiana fuera un simple asunto de rendición y entrega pasiva, de “soltar y dejar que Dios haga,” entonces estas exhortaciones no sólo serían superfluas, sino también insolentes. Estas exhortaciones y muchas similares a estas que están en la palabra de Dios dan por sentado que los creyentes son responsables de su obediencia. Ellos deben tomar la determinación de vivir de manera justa, de ocuparse en su salvación en su vida diaria, mientras que reconocen que toda la capacidad para obedecer viene del Espíritu de Dios.

Perseverando hasta el fin

El segundo aspecto para ocuparse de la salvación es la perseverancia, la obediencia fiel hasta el final.

La salvación tiene tres dimensiones: pasado presente y futuro. La dimensión pasada es la justificación, el momento en el cual los creyentes colocaron su fe en Jesucristo como Salvador y Señor; y fueron redimidos. La dimensión presente es la santificación, el período comprendido entre la justificación del creyente y su muerte o el arrebatamiento. La dimensión futura es la glorificación, cuando la salvación se completa y los creyentes reciben sus cuerpos glorificados.

Por consiguiente, los creyentes han sido, están siendo y serán salvos. Deben procurar la santificación en esta vida para el tiempo de la glorificación. En aquel día glorioso, los creyentes verán al Señor “cara a cara” y conocerán todo como fueron conocidos (1 Corintios 13:12). Ellos serán “semejantes a Él porque le [verán] tal como Él es” (1 Juan 3:2). Ése era el día glorioso que Pablo tanto anhelaba. Expectante de ese momento, exclamó:

Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de Su resurrección, y la participación de Sus padecimientos, llegando a ser semejante a Él en Su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos. No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. (Filipenses 3:8-14).

En el discurso del monte de los Olivos, Jesús declaró “más el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24:13). Pablo advirtió a Timoteo: “Ten cuidado de mí mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren”(1 Timoteo 4:16). El autor de Hebreos señala: “porque somos hechos partícipes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio” (Hebreos 3:14).

El poder de perseverar

La perseverancia en la fe es un deber de todo verdadero creyente, aunque el creyente no asegura su propia salvación a través de su propio poder. Sin embargo, la perseverancia es la evidencia inequívoca e ineludible del poder divino que actúa en el alma (Colosenses 1:29).

Los creyentes perseverarán porque el poder de Dios guarda su salvación. Jesús enfatizó esa verdad en numerosas ocasiones. Él declaró en Juan 10:28-29:

Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de Mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos y nadie las puede arrebatar de la mano de Mi Padre.

Anteriormente, en Filipenses, Pablo escribió que estaba “persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). Desde el principio al fin, toda la obra divina de salvación está bajo el control de Dios. En un pasaje muy conocido y querido, Pablo escribió:

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a Su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó (Romanos 8:28-30).

Por lo tanto, la Escritura deja en claro que los creyentes son responsables de ocuparse de su crecimiento espiritual. Pero también es claro que su obra es posible sólo a través del poder de Dios. ¿Cómo hacer que ambos coincidan? La próxima vez, consideraremos el rol del Señor en nuestro crecimiento espiritual.

Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org
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