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: Desatando la Verdad de Dios, Un Versículo a la Vez

La celebración de la duda

Escrutura: Proverbios 3:5; Santiago 1:6

Código: B161006

Una cosa es tener una discusión acerca del postmodernismo. Y otra es encontrarse cara a cara y tratar de razonar con una mente postmoderna. Nuestro amigo Todd Friel soporta encuentros como este de manera regular; y los resultados son siempre sorprendentes:

El caso de Dan no es un caso aislado. Hay millones más como él. Sus creencias postmodernas resumen la manera de pensar dominante del siglo XXI. En su libro Verdad en Guerra: Peleando por certidumbre en una era de decepción, John MacArthur señala que es inclusive difícil obtener una respuesta clara acerca de lo que el postmodernismo es debido a que “describe un modo de pensar que resiste (e inclusive rechaza) cualquier definición clara.”

En general, el postmodernismo está señalado como una tendencia a descartar la posibilidad de cualquier conocimiento de la verdad certero y establecido. El postmodernismo sugiere que, si la verdad objetiva existe, no puede ser conocida de manera objetiva o con un grado de certidumbre. Eso es porque (de acuerdo con los postmodernistas), la subjetividad de la mente humana hace que el conocimiento de la verdad objetiva sea imposible. Por lo tanto, es inútil pensar acerca de la verdad en términos objetivos. La objetividad es una ilusión. Nada es cierto y la persona que es reflexiva nunca hablará con demasiada convicción acerca de algo. Las convicciones firmes acerca de un punto de la verdad son juzgadas como algo supremamente arrogante y muy inexperto. Todos tienen derecho a su propia verdad.

Por lo tanto, el postmodernismo no tiene una agenda positiva para afirmar algo como verdadero o bueno. Quizás, usted se ha dado cuenta de que sólo los crímenes más horrendos son todavía vistos como malvados. (De hecho, existen muchos hoy en día que están preparados para argumentar si algo es “malvado”. Entonces, dicho lenguaje está desapareciendo rápidamente del discurso público.) Eso es porque la noción de maldad en sí misma no encaja con la estrategia postmoderna de las cosas. Si nosotros no podemos conocer nada con certidumbre, ¿cómo podemos nosotros juzgar que algo es malvado? [1] John MacArthur, Verdad en Guerra: Peleando por certidumbre en una era de decepción (Nashville: Grupo Nelson, 2007).

La utopía postmoderna es un vacío moral. Es una fantasía espeluznante del mundo en donde el relativismo y el subjetivismo reinan como supremos, donde se exaltan la ambigüedad y se alaba al misterio. Los parámetros bíblicos claros de justicia y el pecado son reducidos a simples opiniones y preferencias.

Nosotros no tenemos que pasar mucho tiempo presentando los hechos del Evangelio antes de sentir el rechazo postmoderno. La seguridad y la convicción son crímenes importantes de acuerdo con la nueva policía de pensamiento.

Si usted me desafiara a resumir la esencia del pensamiento posmoderno e identificar su punto esencial en una sola característica central, yo diría que es el rechazo de la misma expresión de la certidumbre. En la perspectiva posmoderna, la certidumbre es considerada como inherentemente arrogante, elitista, intolerante, opresiva -y, por lo tanto, siempre equivocada. [2] Verdad en Guerra: Peleando por certidumbre en una era de decepción (Nashville: Grupo Nelson, 2007).

Es importante comprender que la perspectiva postmoderna no se afianzó en nuestra cultura por accidente. Es de hecho una rebelión deliberada en contra del modernismo que le precedió:

El modernismo, en términos simples, estaba caracterizado por la creencia de que la verdad existe y que el método científico es el único modo confiable para determinar esa verdad. En la así llamada era “moderna”, la mayoría de las disciplinas académicas (filosofía, ciencia, literatura y educación) estaban motivadas primordialmente por presuposiciones racionalistas. En otras palabras, el pensamiento moderno trataba a la razón humana como el árbitro final de lo que es verdadero. La mente moderna subestimaba la idea de lo sobrenatural y buscaba explicaciones científicas y racionales para todo.

Dichas presuposiciones dieron origen al darwinismo, que en su momento generó una secuencia de ideas y perspectivas humanísticas. Las más prominentes de ellas fueron varias filosofías teístas, racionalistas, utópicas -incluyendo el marxismo, el fascismo, el socialismo, el comunismo y el liberalismo teológico. [3] Verdad en Guerra: Peleando por certidumbre en una era de decepción (Nashville: Grupo Nelson, 2007).

Entonces, el postmodernismo es un gran ejemplo de diagnosticar la enfermedad correcta, pero de administrar la cura de manera errónea. El racionalismo estéril del modernismo no fue nada más que incredulidad en un atuendo académico. Los postmodernistas rechazaron esto con razón, pero de manera necia, pensaron que ellos podían abandonar el racionalismo abandonando la racionalidad. Tal como señala John MacArthur, el pensamiento racional no equivale al racionalismo.

La racionalidad (el uso correcto de la razón santificada por medio de la lógica sana) nunca es condenada en la Escritura. La fe no es irracional. La verdad bíblica auténtica demanda que nosotros empleemos la lógica y el pensamiento claro y racional. La verdad siempre puede ser analizada y examinada y comparada bajo la brillante luz de otra verdad y no se disuelve en el absurdo. La verdad, por definición, nunca se contradice a sí misma ni nunca es absurda. Y, contrario al pensamiento popular, no es racionalismo insistir que la coherencia es una cualidad necesaria de toda verdad. Cristo es la Verdad encarnada y Él no se puede negar a sí mismo (2 Timoteo 2:13). La verdad que se niega a sí misma es una contradicción absoluta en términos. “ninguna mentira procede de la verdad” (1 Juan 2:21).

Tampoco es la lógica una categoría únicamente “griega” que en cierto modo es hostil al contexto hebreo de la Escritura… La Escritura utiliza con frecuencia mecanismos lógicos tales como la antítesis, argumentos si-entonces, silogismos y proposiciones. Todas estas son formas lógicas estándar y la Escritura posee muchas de ellas. (Vea, por ejemplo, la larga serie de argumentos deductivos de Pablo acerca de la importancia de la resurrección en 1 Corintios 15:12-19.)

Sin embargo, con frecuencia, encontramos personas cautivadas con las ideas postmodernas que argumentan con vehemencia que la verdad no puede ser expresada en proposiciones simples tales como una fórmula matemática. Inclusive, algunos cristianos profesos hoy en día discuten a lo largo de estas líneas: “si la verdad es personal, no puede ser posicional. Si la verdad está encarnada en la persona de Cristo, entonces la forma de la proposición no puede expresar verdad auténtica. Es por eso que la mayoría de la Escritura se nos es dicha en forma narrativa -como una historia- no como un conjunto de proposiciones.” [4] Verdad en Guerra: Peleando por certidumbre en una era de decepción (Nashville: Grupo Nelson, 2007).

La hostilidad posmoderna a la verdad proposicional es absolutamente predecible. Las proposiciones son afirmaciones lógicas que ya sea afirman o niegan algo. Sólo pueden ser verdaderas o falsas -nunca ofrecen una posición neutral o intermedia. Sin embargo, la fluidez de la mente postmoderna no puede a acomodar ese tipo de claridad o simpleza. Además, cualquier perspectiva que rechaza las proposiciones termina rechazándose a sí misma: es imposible discutir la verdad en absoluto -o inclusive narrar una historia- sin recurrir al uso de proposiciones… Irónicamente, para realizar un argumento persuasivo en contra del uso de las proposiciones, ¡una persona debería utilizar afirmaciones proposicionales! Entonces, cada argumento en contra de las proposiciones es inmediatamente erróneo en sí mismo. [5] Verdad en Guerra: Peleando por certidumbre en una era de decepción (Nashville: Grupo Nelson, 2007).

Por lo tanto, la Verdad preposicional es esencial a la fe cristiana. Pero, ¿confina eso al cristianismo a una lista establecida de doctrinas que deben ser afirmadas? ¿El evangelismo equivale a la persuasión lógica del incrédulo? Y, ¿las conversiones son causadas por un debate de habilidades superiores? John MacArthur contesta “no” a todas esas preguntas, argumentando que las verdades del Evangelio son también experienciales e íntimas:

Existe, sin lugar a duda, un elemento personal a la verdad. Jesús mismo señaló esto cuando Él se declaró a sí mismo la Verdad encarnada. La Escritura también enseña que la fe significa recibir a Cristo por todo lo que Él es -conociéndole en un sentido real y personal y con Él morando en uno- no simplemente afirmando una breve lista de verdades incorpóreas acerca de Él (Mateo 7:21-23).

Entonces, es muy cierto que la fe no puede reducirse a un mero asentimiento de una serie de proposiciones finitas. (Santiago 2:19). He dicho eso tan importante de manera repetida en libros anteriores. La fe salvadora es más que un simple asentimiento intelectual de aprobación a los manifiestos hechos de un bosquejo minimalista del Evangelio. El corazón humano, la voluntad y el intelecto todos consienten en el acto de fe. En ese sentido, ciertamente es correcto, inclusive necesario, reconocer que simples proposiciones no pueden hacer justicia completa a todas las dimensiones de la verdad.

Por otra parte, la Verdad simplemente no puede sobrevivir sin el contenido proposicional. Si bien es cierto que creer la verdad implica más que la afirmación del intelecto humano a ciertas proposiciones, es igualmente cierto que la fe auténtica nunca implica nada menos que eso. Rechazar el contenido proposicional del Evangelio es perder la fe salvadora, punto. [6] Verdad en Guerra: Peleando por certidumbre en una era de decepción (Nashville: Grupo Nelson, 2007).

Es imposible dirigirse al campo misionero postmoderno con una mentalidad postmoderna -el Evangelio es un mensaje coherente que posee hechos históricos y demanda una respuesta absoluta. Simplemente, no hay modo de caracterizar eso de ambigüedad irracional.

Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org
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