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Escritura: 1 Corintios 15:53-54; 2 Corintios 5:1-5

Código: B160926

John MacArthur

Una vez leí un panfleto relacionado con la siguiente anécdota de la vida de John Quincy Adams:

Un día, cuando tenía 80 años, se le acercó un amigo, quien le preguntó: “¿Cómo está hoy John Quincy Adams?”

El ex presidente de los Estados Unidos respondió de manera amable: “Muchas gracias, John Quincy Adams está bien, señor, bastante bien. Le agradezco. Pero la casa en la cual él vive actualmente se está desmoronando. Se tambalea en sus cimientos. El tiempo y las estaciones casi la han destruido. Su techo está muy viejo, sus paredes muy destrozadas y tiembla con el viento. La antigua vivienda es ya casi inhabitable y creo que John Quincy Adams tendrá que salir de ella pronto; pero, él, en sí mismo, está bastante bien, señor, bastante bien.” Y de este modo, el respetable hombre de Estado, apoyándose en su bastón, prosiguió lentamente por la calle. [1] Herbert H. Wernecke, When Loved Ones Are Called Home (Grand Rapids, MI: Baker, 1972), 17.

Esta forma caída en la cual residimos es frágil y endeble. Y, sin embargo, gran parte de nuestro tiempo y energía se invierten en proteger y preservar nuestros cuerpos. Si bien necesitamos ser buenos administradores de la salud que el Señor nos ha dado, debemos recordar que los “edificios” que ocupamos en la actualidad no fueron construidos para durar por la eternidad. Una parte importante de cultivar una perspectiva celestial es anhelar las realidades físicas del cielo.

Pablo dice que cuando el tabernáculo terrestre de nuestro cuerpo se deshaga, nosotros recibiremos un nuevo edificio de Dios, eterno en los cielos. “Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial” (2 Corintios 5:2). Romanos 8:23 dice que, en el cielo, inclusive en nuestros endebles cuerpos serán redimidos-glorificados. Cristo mismo “transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3:21). Nuestros gemidos acabarán cuando finalmente estemos revestidos con un cuerpo celestial, con las mismas maravillosas propiedades del cuerpo de resurrección de Cristo.

Tan sólo el tener un cuerpo glorificado sería una buena razón para fijar todas nuestras esperanzas y afectos en el cielo, ¿no es así? Mi querida amiga Joni Eareckson Tada sabe esto mejor que nadie. Su cuerpo terrenal fue paralizado desde los hombros hacia abajo cuando se zambulló en aguas poco profundas siendo adolescente. En los últimos años, ella ha estado batallando en contra del cáncer. Desde que la conozco, ha tenido su corazón puesto en el cielo. Esto se evidencia en su conversación, sus canciones, sus mensajes radiales y sus obras de arte. A menudo, parece como si hablar con ella nos transportara al límite mismo del cielo, en donde podemos verlo. Joni lo explica en su libro acerca del tema:

Todavía me cuesta creerlo. Yo, con dedos arrugados, doblados, músculos atrofiados, rodillas retorcidas y sin sensación de los hombros para abajo, un día tendré un nuevo cuerpo, ligero, brillante y vestido de justicia -poderoso y deslumbrante…

Es fácil para mí estar “gozosa en la esperanza,” tal como dice en Romanos 12:12; y así es exactamente como he estado en los últimos más de 20 años. Mi certeza del cielo está tan viva, que he estado planeando citas con amigos para hacer todo tipo de cosas divertidas una vez que tengamos nuestros nuevos cuerpos… No tomo estas citas a la ligera. Estoy convencida que estas cosas ciertamente sucederán. [2] Joni Eareckson Tada, Heaven (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1995), 533-55.

La Escritura no dice si el apóstol Pablo hizo o no citas con personas a medida que miraba hacia delante al cielo. Pero claramente, él tuvo el mismo tipo de expectativa real mientras que esperaba el cielo. Observe nuevamente 2 Corintios 5:1-4.

Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.

En este cuerpo, gemimos porque estamos abrumados por el pecado, la enfermedad, la tristeza y la muerte. Sin embargo, no deseamos ser desnudados. En otras palabras, no tenemos intenciones de convertirnos en espíritus sin cuerpo. Eso no es lo que anhelamos. Queremos que ambos, nuestros espíritus y nuestros cuerpos entren en la presencia de Dios. Y ese también es el plan de Dios.

Algunas personas tienen la noción de que el cielo es completamente etéreo, espiritual e increíble. Ellos lo imaginan como una existencia vaporosa, intangible, en una dimensión espiritual de ensueño. Esa no es la definición bíblica del cielo. En el cielo, tendremos cuerpos reales - transformados, glorificados, hechos semejantes al cuerpo de la resurrección de Cristo (Filipenses 3:21) - cuerpos más sólidos que nuestro estado actual, porque no estarán sujetos a los efectos del envejecimiento, lesiones, enfermedad o muerte.

“Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1 Corintios 15:53-54).

Y cuando obtenga mis rodillas glorificadas, ya tengo una cita para una larga carrera con Jodi Tada.

Pablo dice: “Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu” (2 Corintios 5:5). La palabra griega traducida como “arras” (o “garantía” en LBLA) es arrabōn, la misma palabra que Pablo utilizó en Efesios 1:14, también refiriéndose al Espíritu Santo. En el griego moderno, una forma de esta palabra antigua se utiliza para representar un anillo de compromiso. En la época del Antiguo Testamento, usualmente se refiere a un pago inicial o primera cuota de una deuda - un depósito en garantía. Entonces, el Espíritu Santo es una muestra de la promesa de Dios para con nosotros de que inclusive nuestros cuerpos serán hechos nuevos y eternos en la gloria del cielo.

Pablo continúa aplicando esta verdad en términos muy prácticos:

Por tanto, animados siempre y sabiendo que mientras habitamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero cobramos ánimo y preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor (2 Corintios 5:6-8).

Este mundo no tenía fascinación para Pablo. Él anhelaba el mundo por venir.

¿Le resulta difícil decir honestamente que esos versículos expresan los deseos más profundos de su corazón? Existe una tendencia para la mayoría de nosotros de aferrarnos a este mundo porque es todo lo que conocemos. Es lo que nos resulta familiar. Todas nuestras relaciones más queridas se construyen aquí. Con facilidad, pensamos en él como nuestro hogar. Por lo tanto, nos volvemos cautivos a esta vida. Pero observe que Pablo dice que él prefiere estar “presente al Señor”. Eso es precisamente lo que la expresión griega significa en el texto original. Es una forma del verbo endēmeo, “estar en el hogar.” Estamos verdaderamente “en el hogar” sólo cuando estamos finalmente con el Señor. Pablo comprendió esto. Y el conocimiento de que él pertenecía al cielo fue precisamente lo que le ayudó a él a soportar las luchas de esta vida.

Nosotros también deberíamos anhelar ser vestidos de nuestra forma celestial. Deberíamos anhelar estar ausentes de este cuerpo y presentes en el Señor. Deberíamos estar más preocupados con las glorias de la eternidad, que lo que estamos con ya sea las atracciones o las aflicciones de hoy en día.

(Adaptado de La Gloria del Cielo)

Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org
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