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Información de la Editorial

Nunca anhelé ser conocido como un teólogo o académico. Mi pasión es enseñar y predicar la Palabra de Dios.   

Aunque he tratado con preguntas teológicas y controversias doctrinales en algunos de mis libros, nunca lo he hecho desde la perspectiva de un teólogo sistemático. Me interesa conocer lo que dice la Biblia. Todos mis intereses buscan estar fundados en la Biblia, y mi deseo es basarme en las Escrituras en todo lo que enseño.

Predica la Palabra

Así es como me he aproximado al ministerio desde el principio.  Mi padre fue un pastor, y cuando le dije hace años, que sentía que Dios me había llamado a una vida de ministerio, él me regalo una Biblia, en la que había escrito las siguientes palabras de aliento: “¡Predica la Palabra!” Esa simple frase se convirtió en un fuerte estimulo en mi corazón. Esto es todo lo que me he esforzado a hacer en mi ministerio—predicar la Palabra.

Hoy en día, muchos pastores están bajo una tremenda presión creyendo que deben saber hacer todo, menos predicar la Palabra. Los expertos les dicen que para que crezca su congregación en números, deben tratar con las “necesidades sentimentales” de las personas. Son animados a ser cómicos, psicólogos, y oradores que solamente motivan a su audiencia. Son advertidos a tocar temas que para la gente son un tanto desagradables. Muchos han abandonado la predicación bíblica por sermones devocionales que han sido diseñados para que la gente se sienta bien con sí misma.  Algunos han reemplazado la predicación con dramas y otras formas de entretenimiento.

Pero para el pastor cuya pasión es la predicación bíblica, tiene solo una opción: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2).

Cuando Pablo le escribió esas palabras a Timoteo, agregó su advertencia profética: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído…” (V.3-4).

Claramente no había lugar en la filosofía ministerial de Pablo para la teoría de dale-a-la-gente-lo-que-quieren, que es tan común hoy en día. No le urgió a Timoteo tomar una encuesta para saber lo que desea la gente. Él le ordenó a predicar la Palabra—fielmente, con reprensión y paciencia.

En realidad, este mandato no traería aprobación del mundo para Timoteo. ¡Pablo advirtió al pastor joven del sufrimiento y las penas! Pablo no le ayudó a ser “exitoso”. Lo estaba alentando a seguir el principio divino. No le estaba aconsejando a buscar la prosperidad, el poder, la preeminencia, popularidad, o cualquiera de las otras nociones de éxito en el mundo. Él le urgió al pastor joven a ser bíblico—no importaba cuales fueran las consecuencias.

Predicar la Palabra no siempre es fácil. El mensaje que somos requeridos a proclamar puede ser ofensivo. Jesús mismo es una piedra de tropiezo y roca de escándalo, (Romanos 9:33; 1 Pedro 2:8). El mensaje de la cruz es piedra de tropiezo para algunos (1 Corintios 1:23; Gálatas 5:11) y nada más que necedad para otros (1 Corintios 1:23).

Pero nunca hemos sido autorizados a acortar el mensaje, o a adaptarlo para que quede conforme a lo que la gente prefiere. Pablo se lo hizo muy claro a Timoteo a finales del capítulo 3: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16, énfasis agregado). Esta es la Palabra que debe ser predicada: todo el consejo de Dios (Hechos 20:27).

En el capítulo uno, Pablo le había dicho a Timoteo, “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste” (v. 13). Él se refería a cada palabra revelada en la Escritura. Le urgió a Timoteo que “Guarde…el tesoro que te ha sido encomendado.”Después en el capitulo dos le dijo que estudiara la Palabra y que la manejara con precisión (2:15).  Ahora le estaba diciendo que la proclamara.  Así que la fiel tarea del ministro gira alrededor de la Palabra de Dios—guardándola, estudiándola, y proclamándola.

En Colosenses uno, el apóstol Pablo describió su propia filosofía del ministerio diciendo: “de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios” (v. 25, énfasis agregado).  Primera de Corintios lo lleva un paso más allá: “Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Cor. 2:2). En otras palabras, su meta como predicador no fue entretener a la gente con su estilo retórico, o divertirlos con su inteligencia, su humor, nuevas ideas, o metodología sofisticada— él simplemente predicó a Cristo crucificado.

Para predicar y enseñar fielmente la Palabra, ella necesita estar en el centro de nuestra filosofía ministerial. Cualquier otro método substituye la voz de Dios por la sabiduría humana; suya fue la voz que usó Dios para hablarle a la congregación.  Ningún mensaje humano viene con una estampa de divina autoridad—solamente la Palabra de Dios.  ¿Cómo se atrevería cualquier pastor a sustituirlo con otro mensaje?

Francamente no entiendo a los predicadores quienes están dispuestos a abdicar este privilegio solemne. ¿Por qué debemos predicar la sabiduría de los hombres cuando tenemos el privilegio de predicar la Palabra de Dios?

Insta a tiempo y fuera de tiempo

Un trabajo que nunca termina es el nuestro. No solamente tenemos que predicar la Palabra, lo tenemos que hacer a pesar de la opinión de otros alrededor de nosotros. Es mandato que sigamos fieles cuando este tipo de predicación es tolerada—pero también cuando no.

Debemos enfrentar que hoy en día, predicar la Palabra está fuera de tiempo.  La filosofía de hoy dice que la verdad de la Biblia plenamente declarada es algo anticuado y no tiene caso. “Los congregantes ya no quieren que se les predique,” dice esta filosofía.  “La generación de hoy no se sentará en las bancas de la iglesia para aguantar que alguien se pare frente a ellos y les predique. Ellos son productos de una sociedad que se deja manejar por lo contemporáneo, y necesitan una experiencia religiosa que les agrade en sus propios términos.”

Pero Pablo dice que el ministro excelente debe ser fiel a predicar la Palabra hasta cuando sea considerado anticuado. La expresión que él usa es “estar listo”. El término griego que se usa es “epistemi”, y literalmente significa “pararse al lado”. Da la idea de estar ansioso. Esta palabra fue frecuentemente usada para describir a un soldado, un militar, siempre en su guardia, preparado para hacer su deber. Pablo estaba hablando de un ansia explosiva para predicar, como la de Jeremías, quien dijo que la Palabra de Dios era como lumbre dentro de sus huesos. Esto era lo que le estaba exigiendo a Timoteo. No desánimo, sino que estuviera listo. No indecisión, sino que fuera audaz. No pláticas que motiven, sino la Palabra de Dios.

Redarguye, reprende, y exhorta

Pablo también dió instrucciones sobre el tono de su predicación. Él usa dos palabras que tienen una connotación negativa, y otra que tiene connotación positiva: redarguye, reprende, y exhorta. Todo el ministerio valioso debe tener un balance positivo y negativo. El predicador que no redarguye ni reprende no está cumpliendo con su comisión.

Hace algunos años, escuché una entrevista por la radio de un predicador que es muy conocido por su énfasis en pensar positivamente. Este hombre había declarado por escrito, que con perseverancia trata de evitar mencionar el pecado en sus predicaciones porque siente que las personas ya están abrumadas con bastante culpa. El que lo entrevistaba le preguntó que cómo podía justificar una práctica como esta. El pastor le contestó diciendo que había tomado esa decisión desde el principio de su ministerio, para poder enfocarse en las necesidades de las personas y no en atacar su pecado.

Pero la necesidad más profunda que tiene la gente es el de confesar y superar su pecado. Así que la predicación que no confronta y corrige el pecado usando la Palabra de Dios no está respondiendo a la verdadera necesidad de la gente. Quizás se sentirán mejor. Y quizás responderán con entusiasmo hacia el predicador, pero esto no es lo mismo que responderle a la verdadera necesidad que tiene la gente.

El redargüir, reprender, y exhortar es lo mismo que predicar la Palabra, porque estos son los mismos ministerios que realizan las Escrituras. “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16). Note el mismo balance del tono positivo y negativo. Reprender y corregir es negativo; enseñar e instruir es positivo.

El tono positivo también es crucial. La palabra “exhortar” es paracleto, que significa “animar.” Un predicador excelente confronta el pecado y después anima a pecadores arrepentidos a conducir sus vidas de una manera justa. Lo ha de hacer “con toda paciencia y doctrina” (4:2). En 1 Tesalonicenses 2:11, Pablo dijo, “como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos”. Muchas veces esto requiere mucha paciencia e instrucción. Pero el ministro excelente no puede omitir estos aspectos de su llamado.

No te comprometas en tiempos difíciles

Hay una urgencia en lo que Pablo le encomienda a Timoteo: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontarán maestros conforme a sus propias concupiscencias” (2 Timoteo 4:3). Esa es una profecía que tiene reminiscencias de aquellas que se encuentran en 2 Timoteo 3:1 (“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos”) y en 1 Timoteo 4:1 (“Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe”). Esta, entonces, es la tercera advertencia que Pablo le da a Timoteo sobre los tiempos difíciles que se acercaban. 

Noten la progresión de las advertencias: En la primera, dijo que el tiempo vendrá cuando la gente se apartará de la fe. En la segunda, le advirtió a Timoteo que tiempos peligrosos se acercaban a la iglesia. Ahora en la tercera, sugiere que el tiempo vendrá cuando aquellos en la iglesia no soportarán la sana doctrina, pero desearán que les hagan cosquillas a los oídos.

Esto está ocurriendo en la iglesia hoy. El evangelicalismo ha perdido su tolerancia por la predicación que confronta. Las iglesias ignoran la enseñanza bíblica sobre el papel de las mujeres, la homosexualidad, y otros temas que están cargados de política. El medio humano ha superado el mensaje divino. Esto es evidencia que hay concesiones serias con la doctrina. Si la iglesia no se arrepiente, estos errores y otros como este se convertirán en una epidemia. 

Note que Pablo no está sugiriendo que la manera para alcanzar a una sociedad es ablandar el mensaje para que las personas se sientan cómodas. Sino, todo lo opuesto. Este tipo de cosquilleo de oídos es deplorable. Pablo le urge a Timoteo a estar dispuesto a sufrir por el amor de la verdad, y que continúe predicando la Palabra fielmente.

Un apetito por este tipo de predicación tendrá un final horrible. El versículo 4 dice que estas personas en última instancia “apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”. Ellos mismos se harán victimas de su propio rechazo de la verdad. “Y apartarán” está escrito en la voz activa. La gente por su propia voluntad escoge tomar esta acción. “Y se volverán a las fábulas” está escrito en la voz pasiva. Describe lo que les pasa. Una vez apartándose de la verdad, se harán víctimas de la decepción. Al momento que se aparten de la verdad, se hacen esclavos de Satanás. 

La verdad de Dios no le hace cosquillas a los oídos, la encaja. Las quema. Reprende, redarguye, y condena—luego exhorta y anima. Predicadores de la Palabra deben tener cuidado de mantener este balance. 

Siempre han existido hombres tras el pulpito quienes se les acercan grandes multitudes porque son oradores, narradores interesantes, conferencistas divertidos, personalidades dinámicas, manipuladores astutos, oradores estimulantes, políticos populares, o estudiosos eruditos. Este tipo de predicación quizás sea popular, pero no necesariamente tiene poder. Nadie puede predicar con poder si no está predicando la Palabra. Y ningún predicador fiel diluye ni abandona el consejo entero de Dios. Proclamar la Palabra—en su totalidad—es el llamado del pastor.

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