Como pastor, tengo el privilegio de enseñar a las personas la Palabra de Dios, explicándoles sus implicaciones en sus vidas al aclarar un pasaje de las Escrituras o un punto de doctrina. Entre las preocupaciones comunes que la gente plantea, no recuerdo que alguien me haya preguntado alguna vez si estaba mal engañar, robar, mentir, cometer asesinato, cometer adulterio o codiciar. Tampoco recuerdo que alguien haya querido saber si un cristiano debe leer la Biblia, orar, adorar a Dios o hablar a otros sobre la salvación en Jesucristo. La Palabra de Dios es inequívocamente clara sobre esas cosas.
Sin embargo, lo que la gente suele preguntar son cuestiones relacionadas con temas o actividades que no se abordan específicamente en las Escrituras, asuntos que se encuentran en algún punto entre lo que es obviamente correcto y lo que es obviamente incorrecto. Las cuestiones no son blancas o negras, sino que implican aspectos de la libertad cristiana que caen en “áreas grises”.
¿Qué tipo de entretenimiento es aceptable? ¿Qué tipo de música se puede escuchar? Y ¿qué tal la ropa que se usa, los lugares a los que se visita o cómo se pasa el tiempo libre? ¿Qué dice la Biblia sobre estas cuestiones?
Algunos dirían: “La Biblia no las aborda. Puedo hacer lo que quiera. ¡Soy libre en Cristo!”. Pero Pablo tiene una advertencia para los creyentes que ejercen su libertad al máximo: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co. 10:12; cp. Gá. 5:13).
Quizás conozca a creyentes que abusan de su libertad. Sus vidas son bombardeadas constantemente por tentaciones, a menudo tentaciones que ellos mismos se han buscado innecesariamente con sus propias decisiones. Y cuanto más se acercan a la línea que separa el pecado de la libertad, más difícil les resulta mantenerse en el lado correcto. Con el tiempo, ese tipo de estilo de vida es una invitación al naufragio moral.
En el extremo opuesto de la libertad cristiana desenfrenada se encuentra el legalismo. En ese bando se encuentran los creyentes que quieren establecer reglas estrictas acerca de asuntos sobre los que las Escrituras no se pronuncian.
Asistí a una universidad en la que no teníamos que luchar con decisiones sobre áreas grises porque todo ya estaba decidido por nosotros. Había reglas sobre a qué hora nos levantábamos, a qué hora nos acostábamos, cuántas horas estudiábamos y con quién podíamos hablar. Incluso había reglas sobre la distancia que podíamos caminar con una chica a nuestro lado antes de tener que separarnos, ¡hasta el número de centímetros! Había reglas para casi todo. Y aunque esas reglas simplificaban la vida a nivel superficial, también la complicaban irremediablemente a nivel interno.
El modelo bíblico para lidiar con las áreas grises de la vida no se encuentra en ninguno de esos extremos. Si bien es cierto que la Biblia no menciona específicamente todas las decisiones posibles a las que usted podría enfrentarse, sí proporciona principios y parámetros generales que le ayudan a tomar decisiones que honran a Dios.
Durante las próximas semanas, vamos a examinar detenidamente esos principios y cómo ofrecen el tipo de equilibrio espiritual que no se encuentra en el legalismo extremo ni en la libertad extrema. El objetivo es ayudarle a aplicar los principios bíblicos a las áreas grises de su vida, permitiéndole tomar decisiones con la conciencia tranquila para la gloria de Dios.

(Adaptado de El pastor en la cultura actual)