Pocos capítulos de la Biblia provocan tanta controversia como Romanos 9. El tema de que Dios escogiera redimir a una persona en lugar de a otra —basándose únicamente en Su elección soberana— es una afrenta absoluta para la mayoría de las sensibilidades modernas en materia de equidad y justicia. Pero al apóstol Pablo no le preocupaban esas objeciones. De hecho, utilizó la verdad de la soberanía de Dios para refutarlas, y reafirmar la justicia y la rectitud irreprochables de Dios.
Pablo tenía una gran pasión por la salvación de los pecadores, y esta era aún más intensa por los judíos; al fin y al cabo, eran su pueblo. Por eso, en Romanos 9 él comienza diciendo: “Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón” (Ro. 9:1–2). ¿Qué le angustiaba a Pablo? Él lo explica: “Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Ro. 9:3). El corazón de Pablo estaba tan afligido por los judíos perdidos que desearía él mismo quedar fuera de la comunión con Cristo con tal de ganar su salvación. Ese es un celo evangelizador que la mayoría de nosotros desconocemos por completo. Él expresa el mismo anhelo apasionado un capítulo más adelante: “Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación” (Ro. 10:1). Todo lo que hay en Romanos 9 queda enmarcado entre esas sinceras expresiones de un profundo deseo por la salvación de sus compatriotas israelitas.
La rebeldía espiritual y la incredulidad de Israel encendieron el corazón de Pablo. A los judíos se les había concedido la adopción como hijos, la gloria, los pactos, la ley, el templo y todas las bendiciones y promesas de ser el pueblo de Dios. Descendían de los padres —el linaje mismo de Cristo—. Pero habían rechazado todo eso y más, perdiendo su herencia espiritual y provocando la ira de Dios. Y Pablo deseaba desesperadamente verlos salvos. Literalmente, le suplica a Dios por la salvación de los pecadores. Y ese celo evangelizador lo llevó hasta Roma, donde finalmente fue decapitado por su fe.
Pablo sabía lo que es esencial para que los pecadores se salven. En primer lugar, explica que requiere soberanía divina: él reconocía que la salvación es una obra divina. En Romanos 9:6, Pablo señala que algunos creían que los planes de Dios habían fracasado. Pero la Palabra de Dios no ha fallado ante la incredulidad de Israel, y he aquí el motivo: “Porque no todos los que descienden de Israel son israelitas” (Ro. 9:6). Dios nunca tuvo la intención de salvar a todo Israel —Él siempre ha sido selectivo—. Pablo explica que la bendición no se extendió por igual a toda la descendencia de Abraham, sino que vino a través de Isaac y luego de Jacob. Dios nunca ocultó que esto formaba parte de Su plan divino: “A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (Ro. 9:13).
Pablo se anticipa a la posible objeción sobre la selectividad de Dios y la aborda de antemano. “¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera” (Ro. 9:14). Esa última frase, mē genoito, es la negación más enfática en el griego. Pablo está diciendo: “No, nunca, en absoluto”. Continúa diciendo: “Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Ro. 9:15–16). La elección misericordiosa del Señor de ciertas personas para la vida eterna es precisamente eso: Su elección. No se basa en el mérito ni en el esfuerzo humano. Para ilustrar aún más la elección de Dios, Pablo se remonta hasta el faraón:
“Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece” (Ro. 9:17–18).
Una vez más, Pablo sabe que nuestra inclinación natural es oponernos basándonos en la llamada “justicia”. En el versículo 19, él mismo plantea la objeción por nosotros: “Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad?” (Ro. 9:19). ¿Cómo puede Dios culparnos de algo si es Él quien toma la decisión? ¿Cómo puede endurecer el corazón del faraón y luego hacerle responsable de las acciones de un corazón endurecido?
Pablo responde a esas quejas diciéndonos, en esencia y en su propio lenguaje, que debemos callarnos:
“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción?” (Ro. 9:20–22).
Como alfarero, Dios ejerce una autoridad suprema e incuestionable sobre nosotros, el barro.
Ahora bien, hay que tener en cuenta también que Dios ejerce Su soberanía sin transgredir la voluntad de la criatura. El faraón era culpable porque él mismo se rebelaba deliberadamente contra Dios. Dios no anuló ningún deseo ni inclinación del faraón para endurecer el corazón de aquel gobernante malvado. El endurecimiento del corazón del faraón no se llevó a cabo en contra de su propia voluntad.
Aun así, este pasaje de Romanos 9 es quizás la afirmación más contundente de la soberanía divina en el Nuevo Testamento. Debemos comprender que Dios tiene el derecho de manifestar Su ira y Su justicia para Su gloria, del mismo modo que tiene el derecho de manifestar Su misericordia y Su gracia. Obviamente, preferimos la gloria que recibe de Su gracia, pero Él recibe la misma gloria de Su ira. Simplemente no nos corresponde a nosotros determinar cómo Dios manifiesta Su gloria. Pablo entiende que la salvación es una obra soberana y que Dios no es injusto, y nada de lo aquí expuesto contradice la verdad del Salmo 119:142, que dice: “Tu justicia es justicia eterna”. Dios hará lo que Dios quiera hacer, y siempre será recto y justo.

(Adaptado de No hay otro)