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Cuando pensamos en el reino de Cristo, lo primero que nos viene a la mente es probablemente la paz o el gozo que experimentaremos como ciudadanos de este. Pero para que ese gozo sea posible, Cristo debe ocuparse primero de Sus enemigos. Apocalipsis 20:1–3 dice lo siguiente:
Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo.
La primera cuestión a la que el Rey prestará atención al establecer Su reino es en el confinamiento del rebelde principal. La eliminación del “dios de este siglo” (2 Co. 4:4), “el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia (Ef. 2:2), cambiará drásticamente el mundo. Para entonces, Dios habrá destruido a todos los insurgentes humanos. Aquellos que hayan sobrevivido a los juicios de la Tribulación habrán sido ejecutados en el Armagedón (Ap. 19:11–21) o en el juicio de las cabras (Mt. 25:41–46). Los cabecillas de la revolución mundial, la bestia (el Anticristo) y el falso profeta, habrán sido arrojados al lago de fuego (Ap. 19:20). El paso final en la preparación para el reino será la eliminación de Satanás y sus huestes demoníacas, de modo que Cristo reine sin la oposición de enemigos sobrenaturales.
La cronología del reino
Tal y como ocurre con frecuencia en el Apocalipsis (p. ej., 6:1; 15:1; 21:1 NBLA), la expresión kai eidon “entonces vi” (Ap. 20:1 NBLA) indica una progresión cronológica. La ubicación de este pasaje en el desarrollo cronológico del Apocalipsis concuerda con una visión premilenial del reino. Tras la Tribulación (capítulos 6–19), Cristo regresará (19:11–21) y establecerá Su reino (20:1–10), al que seguirán los nuevos cielos y la nueva tierra (21:1). Por lo tanto, el reino milenario tiene lugar después de la Segunda Venida de Cristo, pero antes del establecimiento de los nuevos cielos y la nueva tierra. El amilenialista Anthony Hoekema se ve obligado a reconocer que, si se interpreta al pie de la letra, la cronología del Apocalipsis está a favor del premilenialismo. Él escribe:
Supongamos, por ejemplo, que el libro del Apocalipsis debe interpretarse en un sentido exclusivamente futurista… Supongamos además que lo que se presenta en Apocalipsis 20 debe seguir necesariamente, en orden cronológico, a lo descrito en el capítulo 19. En ese caso, nos vemos prácticamente obligados a creer en el reinado de mil años descrito en 20:4, que tendrá lugar tras el regreso de Cristo descrito en 19:11[1].
El pasaje enseña claramente que el regreso de Cristo precede al reino milenario —un escenario incompatible tanto con el posmilenialismo como con el amilenialismo—, pero que es exactamente lo que enseña el premilenialismo. Para sortear la dificultad que la cronología del Apocalipsis plantea para sus puntos de vista, los posmilenialistas y los amilenialistas deben negar que el capítulo 20 siga cronológicamente al capítulo 19. Pero tal negación ignora el significado cronológico de la frase kai eidon “entonces vi”, como se ha señalado anteriormente. También ignora la continuidad del contexto: tras haber hecho frente al Anticristo y al falso profeta en el capítulo 19, Cristo se enfrenta al malvado amo, Satanás, en el capítulo 20. ¿Por qué rechazar una cronología tan obvia? Al parecer, se hace sin otra razón que la de descartar el premilenialismo, y no porque exista justificación alguna en la Escritura.
El encadenamiento de Satanás
La identidad del ángel al que Juan vio descender del cielo para atar a Satanás (Ap. 20:1) no se revela, pero podría tratarse del arcángel Miguel (Ap. 12:7; cp. Dn. 10:13, 21; 12:1; Jud. 9). Sea quien sea ese ángel, posee un gran poder. Es enviado a la Tierra con un objetivo concreto: capturar a Satanás durante los mil años que durará el reino, atarlo, arrojarlo al abismo y sellarlo —para luego liberarlo al final de los mil años—.
El término “abismo” aparece siete veces en Apocalipsis (p. ej., 9:1, 2, 11; 11:7; 17:8), siempre en referencia al lugar de encarcelamiento temporal de ciertos demonios. El abismo no es su lugar definitivo de castigo; ese es el lago de fuego (Ap. 20:10). No obstante, es un lugar de tormento al que los demonios temen ser enviados (Lc. 8:31). Los prisioneros del abismo se encuentran entre los más viles y malvados de todos los demonios e incluyen a los “espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé” (1 P. 3:19–20). Esos demonios, que intentaron corromper a la raza humana al relacionarse con mujeres humanas (Gn. 6:1–4), nunca serán liberados (Jud. 6). Serán trasladados directamente desde su encarcelamiento temporal en el abismo a su lugar de castigo permanente, el lago de fuego (cp. Is. 24:21–22). Otros demonios condenados al abismo serán liberados en el juicio de la quinta trompeta para atormentar a los pecadores (Ap. 9:1–12).
La llave que Dios entregó al ángel (Ap. 20:1) simboliza la autoridad que se le ha delegado (cp. Ap. 9:1); él tiene el poder de abrir el abismo y, a continuación, cerrarlo tras arrojar a Satanás en su interior. La metáfora de atar a los demonios con una cadena también aparece en Judas 6. Esta cadena es formidable, dada la grandeza y el poder de Satanás como el ser creado más elevado (véase Ez. 28:14). El ángel “prendió” a Satanás (Ap. 20:2), a quien se identifica inequívocamente mediante los mismos cuatro títulos que se le otorgan en 12:9. En primer lugar, se le llama “el dragón”, un título que hace hincapié en su naturaleza bestial, su ferocidad y su crueldad opresiva (cp. Ap. 12:3, 4, 7, 9, 13, 16, 17; 13:1, 2, 4; 16:13). El título “serpiente antigua” se remonta al Jardín del Edén y a la tentación de Eva por parte de Satanás (Gn. 3:1–6). Diabolos, traducido como “diablo”, significa “calumniador” o “chismoso malicioso” (véase 1 Ti. 3:11; 2 Ti. 3:3; Tit. 2:3), un título apropiado para “el acusador de nuestros hermanos” (Ap. 12:10). Satanás es un mentiroso maligno; de hecho, es “padre de mentira” (Jn. 8:44). El término Satanás tiene su raíz en la palabra hebrea satan que aparece cincuenta y tres veces en las Escrituras. Ambas palabras significan “adversario”, ya que Satanás se opone a Dios, a Cristo y a todos los creyentes.
La duración del encadenamiento
El período durante el cual Satanás permanecerá encarcelado se define como “mil años” (Ap. 20:2), la primera de seis referencias precisas e importantes a la duración del milenio (vv. 3, 4, 5, 6, 7). El encarcelamiento de Satanás plantea una grave dificultad tanto para los posmilenialistas como para los amilenialistas. Los amilenialistas sostienen que Satanás ya está encadenado, ya que, tal y como se explicó en el blog anterior, creen que nos encontramos en el milenio en la actualidad (aunque no lo consideran como un período de mil años literales). Muchos posmilenialistas también creen que Satanás está encarcelado en la actualidad, pues, de lo contrario, resulta difícil entender cómo la iglesia podría dar paso al milenio.
Sin embargo, la descripción bíblica de la actividad de Satanás en esta era actual hace imposible creer que ya haya sido encarcelado. Satanás sigue introduciendo en la iglesia a hipócritas mentirosos (Hch. 5:3), tramando contra los creyentes (2 Co. 2:11; Ef. 6:11), disfrazándose de ángel de luz para engañar a las personas (2 Co. 11:14), atacando a los creyentes (2 Co. 12:7; Ef. 4:27), obstaculizando a quienes ejercen el ministerio (1 Ts. 2:18) y desviando a los creyentes (1 Ti. 5:15); y hay que resistirle (Stg. 4:7).
Los amilenialistas y los posmilenialistas suelen argumentar que Satanás fue encarcelado en la crucifixión, y que su atadura significa simplemente que ya no puede engañar a las naciones ni impedirles que conozcan la verdad de Dios[2]. Sin embargo, Satanás no impedía que las naciones gentiles conocieran la verdad antes de su supuesto atamiento en la cruz. Los egipcios oyeron hablar del Dios verdadero a través de José y de los israelitas durante los cuatrocientos años que estos vivieron en Egipto. Los asirios de Nínive no solo oyeron la verdad de boca de Jonás, sino que además se arrepintieron (Mt. 12:41). La reina de Saba oyó hablar del Dios verdadero a través de Salomón (1 R. 10:1–9); los babilonios, a través de Daniel y sus amigos judíos; y los persas, a través de Ester, Mardoqueo y Nehemías. Además, ¿en qué sentido se impide a Satanás engañar a las naciones en la era actual, si bien ciega las mentes de los incrédulos (2 Co. 4:4), “que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Ef. 2:2) y mantiene cautivos a los incrédulos (2 Ti. 2:26) en su reino (Col. 1:13)?
El testimonio de la Escritura es que Satanás está lejos de estar encarcelado en esta era presente, pero lo estará durante el reino terrenal venidero del Señor Jesucristo. Solo entonces será encarcelado en el abismo, que será cerrado y sellado para que su influencia mentirosa sea eliminada de las naciones. Su actividad en el mundo no se verá meramente restringida o contenida, sino totalmente limitada; no se le permitirá influir en el mundo de ninguna manera durante ese período.
El encadenamiento de Satanás pondrá fin a todo tipo de mal terrenal, pero no es más que un preludio del reinado de Cristo. El reino milenario se caracteriza no solo por la ausencia de Satanás, sino por la presencia física de Cristo. Esa es la verdadera bendición del milenio, y eso es lo que estaremos estudiando la próxima semana.
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(Adaptado del Comentario MacArthur del Nuevo Testamento: Apocalipsis)
