Dios nos ha dado a cada creyente un número limitado de recursos —en particular, tiempo, dinero, talentos y energía—. Y se nos ha ordenado ser buenos administradores de cada uno de ellos (cp. Ef. 5:15; Ec. 11:9; Mr. 12:30).
La forma en que utilizamos esos recursos refleja nuestras prioridades. Como dijo Jesús, refiriéndose específicamente al dinero: “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6:21). Los cristianos deben considerar cómo pueden utilizar sus recursos no solo para su propio ocio y entretenimiento, sino también para la obra del evangelio.
Estudios recientes indican que el estadounidense promedio pasa entre 7 y 12 horas diarias frente a pantallas digitales. Distribuido a lo largo de una vida de 70 años, esto equivale a más de 20 a 35 años mirando una pantalla. Es posible que parte de ese tiempo sea instructivo y entretenido, pero esas estadísticas nos obligan a considerar lo que Cristo dirá a aquellos creyentes que han pasado una quinta parte de su vida —o más— mirando la pantalla (cp. Ro. 14:10–12). Y eso sin tener en cuenta todo el tiempo adicional que la mayoría de la gente pierde viendo televisión.
Así que pregúntese cuán beneficioso es realmente durar horas en las redes sociales o viendo televisión, y compárelo con el tiempo que dedica a actividades espirituales. ¿Cuánto dinero gasta en diversiones temporales y cómo se compara eso con sus inversiones eternas? ¿Cuánto se esfuerza, no por promover sus propios intereses, sino por avanzar en la obra del reino de Cristo? Estas son preguntas profundas que todo creyente debe hacerse. Como administradores del Rey (Mt. 25:14–30), hemos sido llamados a mucho más que a nuestro propio entretenimiento.

(Adaptado de El pastor en la cultura actual)