Teniendo en cuenta la enorme cantidad de material disponible, el ministerio pastoral podría parecer muy complicado. Los pastores se encuentran ante una abrumadora cantidad de opciones a la hora de guiar a su rebaño. Leen libros, asisten a seminarios, siguen programas promovidos por gurús del crecimiento de la iglesia y modelan su estilo de liderazgo siguiendo el ejemplo de pastores exitosos. Sin embargo, con demasiada frecuencia, los programas, los métodos y los trucos no logran producir resultados espirituales, privando tanto a los pastores como a las congregaciones de las verdaderas bendiciones de Dios.
No obstante, la realidad es que el trabajo pastoral es desconcertantemente sencillo. Los principios y las directrices para un ministerio exitoso que se establecen en las Escrituras son suficientes para equipar plenamente al hombre de Dios (2 Co. 3:5–6, cp. 2 Ti. 3:16–17).
En lugar de estudiar datos demográficos y técnicos de la mercadotecnia, o de buscar temas culturales candentes para generar interés, los líderes de la iglesia deben comprender y obedecer la verdad bíblica. Los métodos y las tendencias van y vienen, y los nuevos y sensacionales programas de hoy serán los experimentos fallidos de mañana. Pero los principios de la verdad y la virtud piadosa que caracterizan a un ministro eficaz son atemporales. El poder y la eficacia en el ministerio provienen de un corazón recto ante Dios y apasionadamente preocupado por Su plan y Su pueblo.
En ninguna parte hay un mejor modelo de liderazgo espiritual piadoso que el del apóstol Pablo. Su éxito en el ministerio fue el fruto de su vida piadosa. Era un hombre centrado en los objetivos correctos, impulsado por las pasiones correctas y motivado por los deseos correctos.
Ante los ataques a la iglesia de Corinto por parte de falsos apóstoles, Pablo se vio obligado a defenderse presentando sus credenciales apostólicas. Y en medio de su apasionada y humilde defensa (2 Co. 12:12–19), vemos las verdaderas características de un pastor excelente, cada una de ellas en contraste con las características de los falsos maestros.
La primera característica es la fidelidad. A diferencia de los falsos maestros de Corinto, que buscaban riqueza, fama y poder, el objetivo de Pablo era ser fiel al Señor. Como estaba decidido a ser leal a la voluntad de Dios sin importar el costo, desempeñó la labor de apóstol “en toda paciencia” (2 Co. 12:12). A pesar de toda la hostilidad, la oposición y la persecución del mundo a las que se enfrentó a lo largo de su ministerio, Pablo permaneció fiel.
Pablo ministró fielmente en medio de una presión constante y una persecución implacable. Como escribió en su primera carta inspirada a los corintios: “Os aseguro, hermanos, por la gloria que de vosotros tengo en nuestro Señor Jesucristo, que cada día muero” (1 Co. 15:31). Vivía cada día sabiendo que podría ser el último; la multitud de la siguiente ciudad en la que predicara podría quitarle la vida, o quizá una de las numerosas conspiraciones de los judíos contra su vida (Hch. 20:19) finalmente tendría éxito.
Los portavoces de Dios siempre se han enfrentado a la oposición y la hostilidad. Él advirtió a Jeremías: “Tú, pues, ciñe tus lomos, levántate, y háblales todo cuanto te mande; no temas delante de ellos… Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte” (Jer. 1:17, 19).
El Señor encargó a Ezequiel: “Y tú, hijo de hombre, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque te hallas entre zarzas y espinos, y moras con escorpiones; no tengas miedo de sus palabras, ni temas delante de ellos, porque son casa rebelde” (Ez. 2:6). Juan el Bautista fue el hombre más grande que había vivido hasta su época (Mt. 11:11), y sin embargo sufrió el encarcelamiento (Mt. 14:3) y el martirio (Mt. 14:10).
Y aunque la mayoría de los pastores y líderes eclesiásticos de hoy en día nunca se enfrentarán a la persecución física ni a la amenaza de muerte, aun así, padecen oposición. Para empezar, se enfrentan a una cultura pecaminosa empeñada en desafiar la Palabra de Dios. El mundo odia a quienes llevan el mensaje de la verdad y la luz porque aborrece la Verdad y la Luz (Jn. 3:20).
Además de eso, los pastores bíblicos tienen la responsabilidad de guiar y proteger a rebaños llenos de pecadores —cada uno con sus propios hábitos y patrones pecaminosos que deben romper, y un crecimiento espiritual que debe ser nutrido y estimulado—. Es un gozo y un privilegio pastorear al pueblo de Dios, pero también es una labor difícil y, a veces, desalentadora. Y desde la perspectiva del mundo, hay poca recompensa por el trabajo de los pastores fieles.
La verdad es que el mundo no tiene nada de valor duradero que ofrecerles. En cambio, los verdaderos siervos de Dios buscan una recompensa eterna. Jesús dijo a Sus seguidores: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos” (Mt. 5:11–12). Al final de su vida, Pablo escribió triunfalmente a Timoteo: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:8).
Los falsos maestros trabajan por recompensas terrenales; los verdaderos predicadores trabajan fielmente por una recompensa celestial. Pablo estaba decidido a permanecer fiel a su vocación a pesar de la hostilidad del mundo, sabiendo que “esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17).
Los siervos excelentes del Señor no se ven obstaculizados, influenciados ni abrumados por las circunstancias difíciles; siguen adelante fielmente con la mirada fija en su recompensa celestial.

(Adaptado de 1 y 2 Corintios: Comentario MacArthur del Nuevo Testamento)