Nos alegramos cuando los dictadores malvados son llevados ante la justicia. Sin embargo, con demasiada frecuencia esto crea un vacío que queda a la espera de ser llenado por un gobernante aún peor.
Lo mismo puede decirse también de las cosmovisiones. La caída de una filosofía secular dominante allana invariablemente el camino para que le siga un sistema de creencias aún más impío. La desaparición del modernismo como cosmovisión es, sin duda, un claro ejemplo de ello.
El modernismo
La modernidad, en términos sencillos, se caracterizaba por la creencia de que la verdad existe y de que el método científico es la única forma fiable de determinar dicha verdad. En la denominada era moderna, la mayoría de las disciplinas académicas (filosofía, ciencia, literatura y educación) se regían principalmente por presuposiciones racionalistas. En otras palabras, el pensamiento moderno consideraba la razón humana como el árbitro definitivo de lo que es verdadero. La mentalidad moderna descartaba la idea de lo sobrenatural y buscaba explicaciones científicas y racionalistas para todo. Sin embargo, los pensadores modernos conservaban su convicción de que el conocimiento de la verdad era posible. Seguían buscando verdades universales y absolutas que se aplicaran a todos. Las metodologías científicas se convirtieron en el principal medio por el que las personas de la época moderna trataban de adquirir ese conocimiento.
Esas presuposiciones dieron origen al darwinismo, que a su vez dio lugar a una serie de ideas humanísticas y cosmovisiones. Entre ellas destacaron varias filosofías ateas, racionalistas y utópicas, como el marxismo, el fascismo, el socialismo, el comunismo y el liberalismo teológico.
Las repercusiones devastadoras del modernismo no tardaron en hacerse sentir en todo el mundo. Diversas luchas entre esas ideologías (y otras similares) dominaron el siglo XX. Todas fracasaron. Tras dos guerras mundiales, revoluciones sociales incesantes, disturbios civiles y una larga guerra fría ideológica, la mayoría del mundo académico declaró muerta la modernidad.
La muerte simbólica de la era moderna quedó marcada por la caída del Muro de Berlín, uno de los monumentos más acertados e imponentes de la ideología moderna. Dado que el muro era una expresión concreta de la errónea cosmovisión utópica de la modernidad, su repentina demolición fue también un símbolo perfecto del colapso de la modernidad.
La mayoría, si no todos, de los principales dogmas y cosmovisiones de la era moderna se consideran ahora completamente obsoletos e irremediablemente desacreditados en prácticamente todos los rincones del mundo intelectual y académico. Incluso la fascinación de la religión modernista por la alta crítica ha dado paso a una espiritualidad abstracta.
El racionalismo excesivamente seguro de sí mismo y la presunción humana que caracterizaron a la era moderna han perdido finalmente —y como era de esperar— gran parte de su ímpetu.
Posmodernismo
En consecuencia, a las nuevas formas de pensar se les ha dado colectivamente el nombre de “posmodernas”.
Si ha prestado atención al mundo que nos rodea, probablemente haya oído esa expresión con frecuencia últimamente. El término “posmodernismo” se ha utilizado cada vez más desde la década de 1980 para describir varias tendencias populares en arquitectura, arte, literatura, historia, cultura y religión. No es un término fácil de explicar, ya que describe una forma de pensar que desafía (e incluso rechaza) cualquier definición clara.
El posmodernismo, en general, se caracteriza por una tendencia a descartar la posibilidad de un conocimiento seguro y establecido de la verdad. El posmodernismo sugiere que, si existe una verdad objetiva, esta no puede conocerse de forma objetiva ni con ningún grado de certeza. Esto se debe a que (según los posmodernistas) la subjetividad de la mente humana hace imposible el conocimiento de la verdad objetiva. Por lo tanto, es inútil pensar en la verdad en términos objetivos. La objetividad es una ilusión. Nada es cierto, y la persona reflexiva nunca hablará con demasiada convicción sobre nada. Las convicciones firmes sobre cualquier aspecto de la verdad se consideran sumamente arrogantes e irremediablemente ingenuas. Cada uno tiene derecho a su propia verdad.
Por lo tanto, el posmodernismo no tiene una agenda positiva para afirmar nada como verdadero o bueno. Quizás haya observado que solo los crímenes más atroces siguen considerándose malvados. (De hecho, hoy en día hay muchos que están dispuestos a cuestionar si algo es “malvado”, por lo que ese lenguaje está desapareciendo rápidamente del discurso público). Esto se debe a que la propia noción de mal no encaja en el esquema posmoderno de las cosas. Si no podemos saber realmente nada con certeza, ¿cómo podemos juzgar que algo es malvado?
Por lo tanto, el único objetivo y la única actividad del posmodernismo es la deconstrucción sistemática de cualquier otra afirmación de verdad. Las herramientas principales que se emplean para lograrlo son el relativismo, el subjetivismo, la negación de todo dogma, el desmenuzamiento y la aniquilación de toda definición clara, el cuestionamiento implacable de todo axioma, la exaltación indebida del misterio y la paradoja, la exageración deliberada de toda ambigüedad y, sobre todo, el fomento de la incertidumbre acerca de todo.
Si me retara a resumir el pensamiento posmoderno en su esencia pura e identificar su núcleo en una única característica central y sencilla, diría que es el rechazo de toda expresión de certeza. Desde la perspectiva posmoderna, la certeza se considera intrínsecamente arrogante, elitista, intolerante, opresiva y, por lo tanto, siempre errónea.
La desaparición de la modernidad y el consiguiente golpe a la arrogancia racionalista del ser humano es, sin duda, algo que celebrar. Sin embargo, desde una perspectiva espiritual, el surgimiento del posmodernismo no ha supuesto en absoluto un sustituto positivo.
El posmodernismo ha dado lugar a un rechazo generalizado de la verdad y a la consagración del escepticismo. Los posmodernistas desprecian las afirmaciones de verdad. También rechazan cualquier intento de construir una cosmovisión coherente, tildando a todas las ideologías y sistemas de creencias integrales de “metanarrativas” o grandes historias. Dichas “historias”, afirman, no pueden hacer justicia a la perspectiva individual de cada uno y, por lo tanto, resultan siempre inadecuadas.
La preferencia del posmodernismo por la subjetividad frente a la objetividad lo convierte en algo intrínsecamente relativista. Naturalmente, el posmodernista rechaza los absolutos y no desea admitir ninguna verdad que pueda parecer axiomática o evidente por sí misma. En cambio, la verdad, si es que se reconoce, se convierte en algo infinitamente maleable y, en última instancia, incognoscible en cualquier sentido objetivo.
Por lo tanto, el posmodernismo supone un gran triunfo para el relativismo —la creencia de que la verdad no es fija ni objetiva, sino algo que cada persona determina de forma individual a partir de su percepción única y subjetiva—. En última instancia, todo ello no es más que un vano intento de eliminar la moral y la culpa de la vida humana.
Y, como veremos la próxima vez, la eliminación del pensamiento racional es clave para alcanzar esos objetivos.

(Adaptado de Verdad en guerra)