Como nuevas criaturas que viven bajo la autoridad de Cristo, los creyentes han sido rescatados de la corrupción del pecado y apartados para vivir en justicia (cp. Lv. 20:26). Nuestra nueva naturaleza ya no es compatible con el mundo: la obra transformadora de la salvación nos convierte en extranjeros en una sociedad perdida y moribunda, en conflicto con las cosas que antes amábamos. El señorío de Cristo nos obliga a denunciar la impureza y la mundanalidad que antes caracterizaban nuestro carácter y ocupaban nuestros corazones.
Efesios 5:3–4 contiene unas palabras excelentes al respecto:
“Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias”.
Esos dos versículos por sí solos descartan gran parte de lo que se considera entretenimiento en nuestro mundo actual: la inmoralidad sexual y la impureza, los chistes obscenos y las conversaciones tontas, y cualquier cosa que promueva la codicia o socave el dar gracias. De hecho, esa lista es un buen resumen de lo que está mal en gran parte de los medios de comunicación contemporáneos.
Las películas, por ejemplo, suelen clasificarse según el lenguaje, la violencia, el contenido sexual y los elementos temáticos. Muchas de ellas no solo no son cristianas, sino que son anticristianas. No quiero decir que ataquen abiertamente la fe cristiana. Pero, al menos en algunos casos, podrían hacerlo. Emplean lenguaje obsceno y humor lascivo (Col. 3:8, Tit. 2:6–8); glorifican la violencia en lugar de la paz (Tit. 1:7, 1 Jn. 4:7–8); exaltan la lujuria y la inmoralidad en lugar de la santidad (1 Ts. 4:3–5, 1 P. 1:16); inculcan sentimientos de descontento y deseo en lugar de gratitud (Ef. 5:20, 1 Ti. 6:6); y promueven cosmovisiones que son antitéticas al cristianismo bíblico (2 Co. 10:5).
¿Significa eso que un cristiano nunca debe ver películas? No necesariamente. Pero debemos ser selectivos con las cosas que permitimos entrar en nuestras mentes. Estamos llamados a renovar nuestras mentes (Ro. 12:2, Ef. 4:23, Col. 3:16). Cuando llenamos continuamente nuestras mentes con la inmundicia de este mundo, nos hacemos un gran daño espiritual.
(Adaptado de El pastor en la cultura actual)