En las últimas cuatro semanas, hemos estado respondiendo la pregunta: ¿Cómo deben los cristianos pensar acerca del gobierno y el activismo político? En este blog, concluiremos nuestra respuesta considerando el quinto y último principio: nuestra verdadera ciudadanía está en los cielos.
Los creyentes no deben olvidar que, a pesar de que habitamos en nuestros países, nuestra verdadera ciudadanía está en los cielos. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Nuestra lealtad definitiva es al Señor. Seguimos Sus instrucciones, Sus mandamientos y Sus normas como nos son reveladas en Su Palabra, la cual es vivificada en nosotros por el Espíritu Santo. Vivimos para asuntos eternos y actuamos con un conjunto de prioridades completamente diferente a las del mundo que nos rodea. Aunque ahora residimos en un reino terrenal, nuestros recursos y esfuerzos se centran en el avance de la obra de un reino eterno (cp. Mt. 6:33).
Pablo era judío por herencia étnica y romano por ciudadanía terrenal. Pero sabía a qué debía su máxima lealtad. Como escribió a los filipenses:
Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el ejercicio del poder que tiene aun para sujetar todas las cosas a sí mismo (Fil. 3:20–21).
Nuestra identidad, nuestras prioridades y nuestra misión no se definen por nuestra ciudadanía en la tierra, sino por la del cielo, donde espera nuestro Salvador (Hechos 1:11; 1 Tesalonicenses 4:16), y donde moran aquellos que ya no están con nosotros (He. 12:23). Es allí donde nuestros nombres están escritos (Lc. 10:20; Ap. 13:8), y donde se almacena nuestro tesoro (Mt. 5:12; 6:20; 1 P. 1:4). A pesar de que vivimos en este mundo, lo hacemos como siervos y embajadores de nuestro Rey celestial, Jesucristo. Por lo tanto, cuando nos centramos en la búsqueda espiritual más que en los políticos, vivimos de una manera que es coherente con nuestra verdadera ciudadanía.
Si el espacio lo permitiera, podríamos mencionar los numerosos intentos fallidos que algunos creyentes han realizado a lo largo de la historia de la iglesia para cristianizar el gobierno mediante medios políticos. Una y otra vez, los esfuerzos políticos de ciertos cristianos han producido, a lo sumo, algunas victorias políticas inmediatas. Sin embargo, esas victorias son solo aparentes, pues carecen del poder necesario para transformar el corazón de la sociedad no cristiana que nos rodea. La historia ha demostrado, además, que tales logros son siempre temporales y que, a la larga, han terminado produciendo mayor confusión espiritual y decadencia moral.
Volvamos a nuestra misión principal
Aun cuando a los cristianos se nos ha dado una voz en los asuntos de nuestra nación, una voz que debemos ejercer, debemos recordar que nuestra lealtad es primeramente al cielo y solo en segundo lugar a nuestro gobierno terrenal. Nuestra principal preocupación, por tanto, debe ser salvar almas más que ganar votos. En vez de ser consumidos por los debates políticos, debemos ser consumidos por nuestra responsabilidad como embajadores de Cristo. Esos son los esfuerzos y actividades que tienen valor eterno. Y mientras nos preocupemos por lo espiritual más que por lo político, podemos descansar sabiendo que Él es soberano sobre los gobiernos y los asuntos de este mundo.
Un día Jesucristo regresará. Cuando lo haga, establecerá Su reino, el gobierno perfecto en el que Él gobernará con equidad y justicia absoluta. Como Sus siervos, vamos a tener la alegría de participar en Su administración impecable e incorruptible. De hecho, vamos a reinar con Él a la vez que lo adoramos en Su gloria resplandeciente.
Entre tanto, haríamos bien en recordar que nuestra misión principal es predicar el evangelio, no promover el cambio político. Aunque nos sometemos a las autoridades gubernamentales que Dios ha puesto sobre nosotros y oramos por ellas, lo hacemos recordando que nuestra verdadera ciudadanía está en los cielos. En Juan 18:36, Jesús le dijo a Pilato: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían... pero mi reino no es de aquí”. La iglesia debe vivir a la luz de esta verdad, al menos hasta que nuestro Rey regrese y nos indique lo contrario.

(Adaptado de El pastor en la cultura actual)