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El mundo cambió cuando cayó el Muro de Berlín en 1989. Desde un punto de vista práctico, se había eliminado la barrera física que separaba el comunismo del capitalismo. Pero el cambio de perspectiva que significó tuvo repercusiones mucho mayores para todos nosotros. Aquel acontecimiento trascendental en Alemania marcó el fin del modernismo.
El modernismo es la ideología que dio origen a casi todas las ideologías perversas que dominaron el siglo XX: el darwinismo, el marxismo, el fascismo, el ateísmo y el liberalismo teológico, por nombrar algunas. La ciencia se enalteció, se negó lo milagroso y se deificó la razón humana. Fue la era del racionalismo.
Pero era imposible ignorar los desastres y los cadáveres que dejó a su paso. El posmodernismo usurpó entonces la ideología modernista al reconocer, con razón, sus inmensos fracasos. Aunque los posmodernistas se deshicieron del racionalismo de sus predecesores, cometieron la insensatez de descartar también el pensamiento racional.
Dejar de lado las proposiciones
Lo que caracteriza al posmodernismo es una desconfianza generalizada hacia las formas racionales y lógicas. A los posmodernistas no les gusta hablar de la verdad en términos proposicionales claros.
El posmodernismo es, ante todo, una reacción contra el racionalismo desenfrenado de la modernidad. Sin embargo, la respuesta de muchos posmodernistas al racionalismo es una reacción desmesurada. Numerosos posmodernistas parecen albergar la idea de que la irracionalidad es superior al racionalismo.
En realidad, ambas formas de pensar son totalmente erróneas e igualmente hostiles hacia la verdad auténtica y el cristianismo bíblico. Un extremo es tan letal como el otro. Es necesario rechazar el racionalismo sin abandonar la racionalidad.
La racionalidad (el uso correcto de la razón santificada a través de una lógica sólida) nunca se condena en las Escrituras. La fe no es irracional. La verdad bíblica auténtica exige que empleemos la lógica y un pensamiento claro y sensato. La verdad siempre puede analizarse, examinarse y compararse a la luz brillante de otra verdad, y no se desvanece en lo absurdo. La verdad, por definición, nunca es contradictoria ni carece de sentido. Y, contrariamente a lo que se suele pensar, no es racionalismo insistir en que la coherencia es una cualidad necesaria de toda verdad. Cristo es la verdad encarnada, y no puede negarse a sí mismo (2 Ti. 2:13). Una verdad que se niega a sí misma es una contradicción absoluta en sí misma. “Ninguna mentira procede de la verdad” (1 Jn. 2:21).
Tampoco es la lógica una categoría exclusivamente “griega” que resulte de algún modo hostil al contexto hebreo de las Escrituras. (Ese es un mito común que a menudo se plantea para respaldar el coqueteo del posmodernismo con la irracionalidad). Las Escrituras emplean con frecuencia recursos lógicos, como la antítesis, los argumentos del tipo “si… entonces”, los silogismos y las proposiciones. Todas estas son formas lógicas estándar, y las Escrituras están repletas de ellas; la larga serie de argumentos deductivos de Pablo en 1 Corintios 15:12–19 constituye un ejemplo magnífico.
Sin embargo, a menudo nos encontramos con personas cautivadas por las ideas posmodernas que sostienen con vehemencia que la verdad no puede expresarse en meras proposiciones, como fórmulas matemáticas. Incluso algunos que se profesan cristianos argumentan hoy en día en este sentido: Si la verdad es personal, no puede ser proposicional. Si la verdad se encarna en la persona de Cristo, entonces la forma de una proposición no puede, en absoluto, expresar la verdad auténtica. Por eso la mayor parte de las Escrituras se nos transmite en forma narrativa —como una historia— y no como un conjunto de proposiciones.
La razón que hay detrás del desprecio del posmodernismo por la verdad proposicional no es difícil de comprender. Una proposición es una idea formulada como un enunciado lógico que afirma o niega algo, y se expresa de tal manera que debe ser verdadera o falsa. No existe una tercera opción entre verdadero y falso. (Esto es lo que en lógica se conoce como el “tercero excluido”). La esencia misma de una proposición consiste en reducir una afirmación de verdad a una claridad tan pura que debe ser afirmada o negada. En otras palabras, las proposiciones son las expresiones más sencillas del valor de verdad que se utilizan para expresar la esencia de lo que creemos. El posmodernismo, francamente, no soporta ese tipo de claridad tan absoluta.
En realidad, sin embargo, el rechazo del posmodernismo a la forma proposicional resulta ser totalmente insostenible. Es imposible hablar de la verdad —o incluso contar una historia— sin recurrir al uso de proposiciones. Hasta hace relativamente poco, la validez y la necesidad de expresar la verdad en forma proposicional se consideraban evidentes por sí mismas para prácticamente todo aquel que hubiera estudiado lógica, semántica, filosofía o teología. Irónicamente, para presentar cualquier argumento convincente en contra del uso de proposiciones, ¡una persona tendría que emplear enunciados proposicionales! Por lo tanto, todo argumento en contra de las proposiciones resulta instantáneamente contraproducente.
Seamos claros: la verdad, sin duda, implica algo más que meras proposiciones. Existe, sin lugar a duda, un elemento personal en la verdad. El propio Jesús lo dejó claro cuando se declaró a sí mismo la verdad encarnada. Las Escrituras también enseñan que la fe significa creer en Cristo tal y como Él es —conocerlo en un sentido real y personal, y ser habitados por Él— y no limitarse a dar el asentimiento a una breve lista de verdades abstractas sobre Él (Mt. 7:21–23).
Por lo tanto, es totalmente cierto que la fe no puede reducirse a un mero asentimiento a un conjunto finito de proposiciones (Stg. 2:19). He subrayado este punto en repetidas ocasiones en varios libros. La fe salvadora es más que un mero reconocimiento intelectual de los hechos básicos de un esquema minimalista del evangelio. La fe auténtica en Cristo implica amor por Su persona y la disposición a someterse a Su autoridad. El corazón, la voluntad y el intelecto humanos consienten todos ellos en el acto de fe. En ese sentido, es sin duda correcto, e incluso necesario, reconocer que las meras proposiciones no pueden hacer plena justicia a todas las dimensiones de la verdad.
Por otra parte, la verdad simplemente no puede sobrevivir si se la despoja de su contenido proposicional. Si bien es cierto que creer en la verdad implica algo más que el asentimiento del intelecto humano a determinadas proposiciones, es igualmente cierto que la fe auténtica nunca implica menos que eso. Rechazar el contenido proposicional del evangelio es renunciar a la fe salvadora, y punto.
A los posmodernistas les incomodan las proposiciones por una razón obvia: no les gusta la claridad y la inflexibilidad que se requieren para abordar la verdad en forma proposicional. Una proposición es la forma más sencilla de cualquier afirmación de verdad, y el punto de partida fundamental del posmodernismo es su desprecio por todas las afirmaciones de verdad. La “lógica difusa” de las ideas narradas en forma de “historia” suena mucho más elástica, aunque en realidad no lo sea. Las proposiciones son los pilares fundamentales de cualquier medio para transmitir la verdad, incluyendo las historias.
Sin embargo, el ataque a las expresiones proposicionales de la verdad es la consecuencia natural y necesaria de la desconfianza general del posmodernismo hacia la lógica, su aversión a la certeza y su rechazo a la claridad. Para mantener la ambigüedad y la flexibilidad de la “verdad” necesarias para la perspectiva posmoderna, las proposiciones claras y definitivas deben descartarse como medio para expresar la verdad. Las proposiciones nos obligan a afrontar los hechos y a afirmarlos o negarlos, y ese tipo de claridad, sencillamente, no encaja bien en una cultura posmoderna.
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(Adaptado de Verdad en guerra)
