No resulta sorprendente el ambiente político que se vive en cualquier país durante una elección presidencial. Desde las convenciones partidistas hasta los anuncios de campaña, la televisión, la radio y los periódicos hacen eco del creciente fervor político. Las conversaciones sobre deportes y entretenimiento han sido reemplazadas por un sinfín de debates sobre la política económica, la educación pública y los asuntos internacionales. La elección ocupa el primer plano en el pensamiento de muchos, mientras la movilización y el activismo se extienden por toda la nación.
Como suele ocurrir, gran parte de la iglesia evangélica también se ha sumado con entusiasmo al fervor político. Los púlpitos resuenan con elogios hacia uno de los candidatos, así como con expresiones de aprobación o desaprobación respecto de determinadas leyes y propuestas. Se han formado comités y coaliciones comprometidos con la defensa de los Diez Mandamientos y con denunciar cualquier avance de la llamada “minoría inmoral”. Algunos incluso sugieren que ser cristiano implica pertenecer al partido de la derecha y no al de la izquierda, y que abstenerse de votar constituye un pecado grave. Después de todo —afirman—, “ser un buen ciudadano implica participar en la política”.
Estas preocupaciones políticas resultan, en cierto sentido, irónicas si se considera la escatología premilenialista predominante dentro del movimiento evangélico conservador. Esta perspectiva de los últimos tiempos afirma que, hasta el regreso de Cristo, nada podrá remediar este sistema mundial que se encuentra en constante deterioro. Sin embargo, la práctica política parece indicar que, a pesar de ello, muchos siguen intentando desesperadamente repararlo.
Entonces, ¿cómo deberían los cristianos involucrarse en la política? En este capítulo consideraré cinco principios bíblicos que deben guiar al creyente para pensar correctamente acerca del gobierno y del activismo político.
1. Nuestra comisión es el evangelio
Uno de los principios más ignorados durante las elecciones presidenciales es que el verdadero cristianismo se preocupa más por salvar almas que por ganar votos. La Gran Comisión no es un llamado a producir un cambio político, sino el mandato de “id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo [Jesucristo] estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:19–20). En lugar de concentrarse en debates y asuntos políticos, los creyentes deben estar plenamente dedicados a su responsabilidad como embajadores de Cristo. Ese es el mandato de la iglesia. Cuando otras prioridades y actividades desplazan a la Gran Comisión, tanto el mensaje como la misión de la iglesia se confunden.
El término “evangélico” proviene de la palabra griega que significa “evangelio” o “buenas nuevas”. Martín Lutero popularizó este término para referirse a los protestantes como aquellos cuya identidad estaba definida por el evangelio de la gracia. Sin embargo, cinco siglos después, el movimiento evangélico suele estar más asociado con la política partidista —al menos a los ojos del mundo— que con las buenas nuevas de salvación. Esto evidencia las prioridades equivocadas que han caracterizado al movimiento evangélico durante décadas. En lugar de concentrarse en la prioridad dada por Dios de proclamar el evangelio, el movimiento evangélico ha invertido grandes cantidades de tiempo y recursos intentando legislar la moralidad. No solo es una batalla imposible de ganar —porque la moral impuesta por la ley jamás puede transformar el corazón pecaminoso del hombre—, sino también una batalla que la iglesia nunca fue llamada a librar.
Solo el evangelio, por medio del poder del Espíritu Santo, puede producir un cambio verdadero en la sociedad, porque transforma a los pecadores desde adentro hacia afuera.
Después de todo, no existen países cristianos; existen únicamente personas cristianas.
Por lo tanto, nuestra comisión consiste en anunciar fielmente el evangelio en cualquier lugar donde Dios nos haya puesto. Cuando usted permite que la política lo distraiga, inevitablemente descuida su responsabilidad de proclamar el evangelio.
Además de desviar nuestra atención de la Gran Comisión, el activismo político puede desdibujar las líneas de nuestro campo misionero. Quienes pertenecen al partido político contrario pasan a ser considerados “enemigos”, en lugar de almas perdidas que necesitan escuchar el evangelio de Cristo con amor y compasión. Por otra parte, quienes comparten nuestras convicciones políticas son fácilmente considerados “hermanos y hermanas”, aunque también pueden ser personas inconversas que necesitan a Cristo.
Cuando los cristianos establecen alianzas con sectas y otros grupos incrédulos sobre la base de objetivos políticos comunes, corren el riesgo de formar asociaciones impías. Como resultado, pueden adoptar perspectivas no bíblicas motivadas por la lealtad al partido, aun cuando tales posturas contradigan claramente las Escrituras.
Aunque Jesús estaba hablando específicamente del dinero, Su declaración de que “nadie puede servir a dos señores” (Mt. 6:24) constituye una advertencia apropiada para quienes intentan mezclar el cristianismo bíblico con el activismo político. No son la misma cosa y, de hecho, con frecuencia se oponen entre sí. En muchos casos, los pastores, los líderes y los miembros de las iglesias evangélicas necesitan volver a centrar sus esfuerzos en el mandato de proclamar a Cristo al mundo. Si su mayor deseo es glorificar a Dios, hará suyas las prioridades de Dios y abrazará con fidelidad la misión que Él le ha encomendado.

(Adaptado de El pastor en la cultura actual)