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El Milenio será una época de paz y prosperidad sin precedentes. Cristo reinará sobre la tierra desde Su trono en Jerusalén. Todos los santos de todas las épocas resucitarán y disfrutarán del reinado de Su Rey. Pero, por muy maravilloso que sea el milenio, no durará para siempre
Antes de que lleguen los nuevos cielos y la nueva tierra, que sí durarán para siempre, Satanás será liberado en la tierra por última vez. “Cuando los mil años se cumplan, Satanás será suelto de su prisión” (Ap. 20:7).
Como lo mencionamos anteriormente, Satanás y sus fuerzas demoníacas estarán encerrados en el abismo durante todo el milenio, mientras el Señor Jesucristo reinará con soberanía absoluta. No se les permitirá interferir en los asuntos del reino de ninguna manera. Sin embargo, el cautiverio de Satanás terminará “cuando se cumplan los mil años” y será liberado de su prisión para liderar una última rebelión de los pecadores.
La población del Milenio
A modo de resumen, las Escrituras enseñan que nadie que no sea salvo entrará en el reino. Solo los redimidos de entre los sobrevivientes judíos (Ap. 12:6, 13–17; Ro. 11:26) y gentiles (Ap. 7:9–17) de la Tribulación entrarán en el reino con sus cuerpos físicos normales. Las condiciones ambientales y sociales perfectas del Milenio, junto con la mayor esperanza de vida de los que estén físicamente vivos (Is. 65:20), harán que sus hijos se multipliquen.
Aunque todos los habitantes al principio del reino milenario serán redimidos, seguirán teniendo una naturaleza humana caída no glorificada. Y, como han hecho todos los padres desde la caída, transmitirán esa depravación a sus hijos. Cada generación sucesiva a lo largo de los mil años estará formada por pecadores que necesitan la salvación. Muchos llegarán a tener una fe salvadora en el Señor Jesucristo. Pero, por sorprendente que parezca, a pesar del gobierno personalmente ejercido por Cristo sobre la sociedad más moral que el mundo haya conocido jamás, muchos otros optarán por amar más su pecado y lo rechazarán (cp. Ro. 8:7). Es decir, ni siquiera las condiciones utópicas del milenio podrán cambiar la triste realidad de la depravación humana. Al igual que hicieron durante Su presencia encarnada en la tierra, los pecadores rechazarán la gracia y el señorío del Rey de toda la creación. El problema con respecto a la salvación nunca es la falta de información (cp. Ro. 1:18–20); es el amor al pecado (Jn. 3:19). Los que se rebelen abiertamente se enfrentarán a un juicio rápido (Ap. 2:27; 12:5; 19:15; Sal. 2:9), lo que incluye, concretamente, la privación de lluvia en sus tierras (Zac. 14:16–19). Pero al final del milenio seguirán vivos suficientes pecadores no arrepentidos como para que Satanás lidere una rebelión mundial.
Cuando Satanás sea desatado, proporcionará el liderazgo sobrenaturalmente sólido necesario para sacar a la luz todo el pecado y la rebelión latentes que quedan en el universo. Reunirá a todos los insurgentes, revelando el verdadero carácter y la intención de esos pecadores que rechazan a Cristo —y demostrando así que el juicio de Dios sobre ellos es justo—. La maldad desesperada de Satanás y su odio violento hacia Dios y Cristo no se verán alterados por sus mil años en el abismo. Cuando sea liberado, se pondrá inmediatamente manos a la obra para fomentar su último acto de rebelión.
La rebelión de la sociedad
La escena dramática de la liberación de Satanás se cuenta en Apocalipsis 20:8–10:
Y saldrá [Satanás] a engañar a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, a fin de reunirlos para la batalla; el número de los cuales es como la arena del mar. Y subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió. Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.
Al término de su encarcelamiento de mil años, Satanás “saldrá a engañar a las naciones” (cp. vv. 3 y 7; 12:9). Una vez más, el encarcelamiento de Satanás no puede alterar su naturaleza que odia a Dios. De hecho, odiará a Cristo más que nunca. Y, de nuevo, Satanás encontrará un terreno fértil en el que sembrar sus semillas de rebelión. Todos los no salvos que hayan nacido durante el milenio se unirán a este asalto final contra Cristo. Permanecerán tan indiferentes ante la paz, el gozo y la justicia del reino como lo estuvieron los pecadores de la Tribulación ante aquellos juicios devastadores (cp. 9:20–21; 16:9, 11, 21).
La estrategia y el método concretos del engaño de Satanás no se revelan, pero logrará engañar a la gente no regenerada del mundo para que se rebele contra el Señor Jesucristo (Ap. 20:8). El engaño del diablo, sin embargo, encajará en el propósito de Dios, que, como se ha mencionado anteriormente, es manifestar Su justicia al destruir a quienes desafían Su justo gobierno. Las acciones de Satanás están siempre bajo el control soberano de Dios (cp. Job 1:12; 2:6), y la reunión (Ap. 20:8) de estos rebeldes impíos no será una excepción.
Satanás reunirá a las naciones engañadas de “los cuatro rincones de la tierra”, una expresión que no se refiere a una tierra plana, sino a los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste (cp. 7:1; Is. 11:12). En otras palabras, los rebeldes vendrán de todas partes del mundo.
Juan otorga a estos enemigos del Rey de reyes el título simbólico de “Gog y Magog” (Ap. 20:8), nombrándolos así en referencia a la fuerza invasora que atacará a Israel durante la Tribulación (Ez. 38–39). Algunos creen que Ezequiel 38 y 39 describen esta batalla al final del milenio. Sin embargo, existen diferencias significativas que se oponen a equiparar ambos acontecimientos. Ezequiel 39:4 y 17 describen cómo los invasores perecerán en las montañas de Israel, pero Apocalipsis 20:9 dice que los rebeldes al final del milenio serán destruidos en una “amplia llanura”. Además, el lenguaje de Ezequiel 39:17–20 parece describir el mismo acontecimiento que se describe en Apocalipsis 19:17–18. Por último, los acontecimientos de Ezequiel 38–39 encajan cronológicamente antes de la descripción del templo milenario que aparece en los capítulos 40–48, mientras que la batalla descrita en Apocalipsis 20:7–10 tiene lugar después del milenio.
El nombre “Gog” parece utilizarse en las Escrituras como un título general para un enemigo del pueblo de Dios (la Septuaginta lo utiliza para traducir “Agag” en Números 24:7). En Ezequiel 38–39, el nombre “Gog” describe al Anticristo definitivo de la Tribulación. Por lo tanto, lo más probable es que “Gog” se utilice en el versículo 8 para describir al líder humano de las fuerzas de Satanás. Algunos creen que el pueblo conocido como “Magog” son los descendientes del nieto de Noé del mismo nombre (Gn. 10:2). Más tarde se les conoció como los escitas y habitaron la región al norte de los mares Negro y Caspio. Otros los identifican con un pueblo que vivía más al sur, en Asia Menor. Sea cual sea el pueblo histórico conocido como “Magog”, el término se utiliza en este pasaje para describir a los rebeldes pecadores de todas las naciones que se reunirán para la guerra final de la historia.
Sorprendentemente, Juan vio que “el número [de los rebeldes] es como la arena del mar”, una figura retórica utilizada en las Escrituras para describir una multitud vasta e incontable (p. ej.: Gn. 22:17; Jos. 11:4). Una vez más, dadas las condiciones ideales del milenio, unidas a la larga esperanza de vida de sus habitantes, el mundo será testigo de una expansión demográfica masiva. Y, aunque parezca increíble, un gran número de esas personas se unirá a Satanás en su último acto de rebelión.
La topografía de la tierra habrá quedado drásticamente transformada por los acontecimientos catastróficos de la Tribulación (cp. 16:20; Zac. 14:4, 9–11). Esto permitirá a las fuerzas del mal “subieran sobre la anchura de la tierra, y rodearan el campamento de los santos y la ciudad amada” (Ap. 20:9). La palabra griega para “campamento”, se utiliza seis veces en Hechos para describir un cuartel romano (Hch. 21:34, 37; 22:24; 23:10, 16, 32). Los santos acamparán alrededor de “la ciudad amada” de Jerusalén (cp. Sal. 78:68; 87:2) —el lugar del trono del Mesías y el centro del mundo milenario (cp. Is. 24:23; Ez. 38:12; 43:7; Mi. 4:7; Zac. 14:9–11)— disfrutando de la gloriosa presencia del Señor Jesucristo (Is. 24:23; Jer. 3:17) cuando se produzca el ataque.
Al igual que el Armagedón mil años antes (Ap. 19:11–21), esta “batalla” será, en realidad, una ejecución. El apóstol Juan vio que, cuando las fuerzas enemigas se acercaban para atacar, “descendió fuego del cielo, y los consumió” (Ap. 20:9). Se trata de una aniquilación rápida, instantánea y total. Hacer descender fuego del cielo es una de las formas en que Dios manifiesta y ejecuta Su juicio sobre los pecadores (cp. Gn. 19:24). Las fuerzas de Satanás serán exterminadas físicamente, y sus almas irán al reino del castigo, a la espera de su sentencia definitiva al infierno eterno, que se producirá poco después (Ap. 20:11–15). Tampoco su malvado líder escapará a su destino: “Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre” (Ap. 20:10). Allí se reunirá con sus secuaces, “la bestia y el falso profeta”, que para entonces ya llevarán mil años en ese lugar de tormento (19:20).
El infierno es un lugar de agonía mental consciente (Dn. 12:2; Mt. 8:12; 13:42, 50) y física (Ap. 14:10–11; Mt. 25:41; Mr. 9:43–44). Los condenados a ese terrible lugar “serán atormentados día y noche”. No habrá ni un momento de respiro: “Por los siglos de los siglos” (Ap. 20:10). Las Escrituras enseñan explícitamente que el infierno es eterno. Esa misma expresión griega se utiliza en Apocalipsis 1:18 para referirse a la eternidad de Cristo; en 4:9–10, 10:6 y 15:7, a la eternidad de Dios; y en 11:15, a la duración del reinado de Cristo. Los incrédulos “serán atormentados con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche” (Ap. 14:10-11). Jesús enseñó que el castigo de los impíos es tan eterno como la vida eterna de los justos (Mt. 25:46). También enseñó que el infierno es un lugar de “fuego que no puede ser apagado” (Mr. 9:43), “donde el gusano de ellos no muere” (Mr. 9:48). Segunda de Tesalonicenses 1:9 afirma que la destrucción de los impíos en el infierno se extiende por toda la eternidad
Este es el golpe definitivo a la influencia de Satanás en el mundo. Su estancia en el abismo será temporal, pero morará en el infierno por toda la eternidad. Y toda la humanidad incrédula se reunirá con él allí (Ap. 20:15).
Los nuevos cielos y la nueva tierra
Pero quienes ponen su esperanza en Cristo esperan otro destino: los nuevos cielos y la nueva tierra. Apocalipsis 21:1–7 describe esta gloriosa realidad:
Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.
Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.
Y el que estaba sentado en el trono dijo: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”. Y añadió: “Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas”. Luego me dijo: “Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo”.
Aquí las Escrituras prometen que el cielo será un reino de felicidad perfecta. El dolor y la tristeza no tendrán lugar alguno en el nuevo cielo y la nueva tierra. Es un lugar donde el pueblo de Dios morará junto a Él eternamente, completamente libre de todos los efectos del pecado y del mal. Se describe a Dios enjugando personalmente las lágrimas de los ojos de los redimidos.
El cielo es un reino donde la muerte ha sido vencida por completo (1 Co. 15:26). Allí no hay enfermedad, ni hambre, ni problemas —ni más tragedias—. Solo gozo absoluto y bendiciones eternas. Sinceramente, es difícil de imaginar para nuestras mentes, que no han conocido más que esta vida pecaminosa y sus calamidades.
El estado eterno de los santos será en un reino gobernado por Cristo, el gran y perfecto Rey, libre de Satanás, de la muerte, del duelo, del dolor o del pecado. Este es el paraíso eterno que espera a todo cristiano.
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(Adaptado del Comentario MacArthur del Nuevo Testamento: Apocalipsis)
