La integridad es una cualidad innegociable de un verdadero pastor del rebaño de Dios. Si ha de pastorear según la Biblia, debe hacerlo sin deshonestidad, engaño ni hipocresía. Su carácter debe ser coherente, sus motivaciones puras y su conciencia tranquila.
El apóstol Pablo comprendió que la integridad es vital para los pastores piadosos y testificó repetidamente de su propia honestidad, a menudo confirmada por su conciencia limpia. A los romanos les escribió: “Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo” (Ro. 9:1). Les aseguró a los gálatas: “En esto que os escribo, he aquí delante de Dios que no miento” (Gá. 1:20). A Timoteo le escribió: “Para esto yo fui constituido predicador y apóstol (digo verdad en Cristo, no miento), y maestro de los gentiles en fe y verdad” (1 Ti. 2:7).
Cuando su carácter fue atacado por falsos apóstoles que se habían infiltrado en la iglesia de Corinto, Pablo no dudó en defenderse, declarando: “Porque nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo, y mucho más con vosotros” (2 Co. 1:12). Los creyentes de Corinto conocían a Pablo y no tenían ninguna razón válida para dudar de su integridad.
Las acusaciones de los falsos apóstoles no solo contradecían el carácter de Pablo, sino que, sencillamente, no tenían ningún sentido. Si Pablo estuviera tramando defraudar a los corintios, como le acusaban los falsos maestros, el objetivo de su complot no resultaba evidente de inmediato. Como ya hemos señalado anteriormente en esta serie, él no les quitó nada. La idea de que llevara a cabo una estafa que no le reportara ganancia alguna era absurda, y Pablo reprendió a los corintios una vez más por su ingenuidad, escribiendo con sarcasmo: “Sino que, como soy astuto, os prendí por engaño” (2 Co. 12:16). Eso era, sin duda, lo que los falsos apóstoles decían de él.
No había ni rastro de corrupción en el ministerio de Pablo: ni puntos sospechosos que atar, ni preguntas sin resolver que exigieran una respuesta. La ausencia total de cualquier indicio de escándalo al carácter de Pablo es una prueba más de su integridad. La teoría de la conspiración que fabricaron los falsos apóstoles se apoyaba en gran medida en la credulidad y la falta de discernimiento de los corintios, ya que no había nada en el ministerio de Pablo que respaldara sus afirmaciones.
Para eludir la dificultad tan evidente de que Pablo no había aceptado dinero alguno de los corintios, los falsos maestros insistieron en que él aún no había tendido su trampa. Pablo ya había descrito con detalle la ofrenda que estaba recogiendo para los santos pobres de Jerusalén (2 Co. 8 y 9). Eso, según los falsos apóstoles, era el objetivo del plan de Pablo; el dinero que se recaudaba en Corinto nunca llegaría a Jerusalén. En cambio, afirmaban, iría a parar a los bolsillos de Pablo.
Al fin y al cabo, eso es lo que ellos habrían hecho si estuvieran en su lugar. Los falsos apóstoles proyectaron su propia actitud codiciosa sobre Pablo y asumieron que él estaba actuando como ellos lo habrían hecho. Sin darse cuenta, pusieron al descubierto la corrupción de sus propios corazones, ejemplificando la verdad de que “todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas” (Tit. 1:15).
En su defensa, Pablo solo tuvo que recordar a los corintios los hechos: que otros hermanos, cuyo carácter piadoso los corintios conocían bien, también habían colaborado en la ofrenda para la iglesia de Jerusalén, y que, de ser así, ellos también habrían tenido que ser cómplices del engaño (2 Co. 8:16–24). Su reputación piadosa confirmaba la integridad de Pablo y condenaba a los falsos apóstoles como mentirosos.
Un objetivo esencial para cualquier líder espiritual es ganarse la confianza de las personas a través de una integridad genuina. Al igual que con Pablo, la conducta de un líder debe ser digna de confianza y coherente con sus palabras. Pero una vez que un líder demuestra ser hipócrita en cualquier área del ministerio, por insignificante que parezca, pierde todo por lo que ha trabajado en el ministerio y ve cómo su credibilidad queda destruida.
Pero la integridad no es vital solo para los pastores. En un mundo que busca ansiosamente poner en duda y destruir la credibilidad de la Palabra de Dios, como creyentes debemos proteger diligentemente nuestra propia reputación. Debemos llevar una vida fiel y coherente, sabiendo que nuestra conducta es un testimonio de la verdad de las Escrituras —a menudo mucho más fuerte que cualquier testimonio verbal que podamos ofrecer—. La forma en que vivimos y nos comportamos da forma a la reputación del Señor y de Su verdad a los ojos del mundo. ¿Qué dice su carácter acerca de la obra transformadora del Señor en su vida?
Debemos comprometernos a llevar una vida marcada por la integridad y la honestidad, y unirnos a Pablo para renunciar a “lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino por la manifestación de la verdad recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios” (2 Co. 4:2).

(Adaptado de 1 y 2 Corintios: Comentario MacArthur del Nuevo Testamento)