¿Qué significa la expresión “en Dios confiamos” cuando se trata de política? Para empezar, significa que podemos confiar en Dios con respecto a los asuntos nacionales y extranjeros. No importa quién esté como presidente, el Congreso o en la corte de justicia, Dios está en Su trono. Él es aquel de quien Pablo exclamó: “El bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén” (1 Ti. 6:15–16).
Un análisis rápido de la Escritura revela que Dios es soberano sobre todos los asuntos de este mundo. Es soberano sobre Satanás y el pecado (Job 1:12; 2:6; Lc. 5:21; 22:31), sobre todos los gobiernos y los poderes militares (2 Cr. 20:6; Ro. 13:2); sobre la naturaleza y los desastres naturales (Sal. 107:29; Nah. 1:3–6); sobre las dolencias y las enfermedades (Jn. 9:3; 11:4; Ap. 21:4), y sobre todo ser humano (Hch. 13:48; Ro. 9:17–18), incluidos usted y yo (Pr. 16:9; 19:21; Stg. 4:13–15). En pocas palabras, Dios tiene el control. Él hace “lo que le place” (Sal. 115:3, NBLA), y “obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad” (Ef. 1:11, NBLA).
La soberanía de Dios no es pretexto para el pecado ni para la irresponsabilidad humana. Pero debe dar a los cristianos una gran razón de esperanza cuando ven a la sociedad cada vez más y más pervertida. Eso debe aliviarlos de la ansiedad y la preocupación (cp. Mt. 6:25ss; Fil. 4:6), así como de la errónea noción de que es su responsabilidad efectuar los cambios políticos. El Señor está dirigiendo nuestra nación dentro de Sus propósitos providenciales para Sus fines gloriosos. Y está haciendo lo mismo con cualquier otro gobierno terrenal.
Dios ya ha revelado cómo terminará este mundo. En referencia a los últimos tiempos, la Biblia dice claramente que la sociedad va a seguir empeorando hasta el regreso de Cristo (2 Ts. 2:7–12; 1 Ti. 4:1–5; 2 Ti. 3:1–5; 2 P. 3:3). Sin embargo, muchos evangélicos abordan la política como si la degradación de la sociedad es algo que pueden detener con leyes. La verdad es que ninguna sociedad jamás será verdaderamente corregida hasta que Cristo venga y establezca Su reino (Is. 9:7; Jer. 23:5–6; Dn. 2:24; 7:14; Lc. 1:32–33; Ap. 5:10; 20:6). Hasta entonces, a los creyentes no debe sorprenderles que los esfuerzos políticos moralmente conservadores fracasen, ni que esos fracasos sean parte del plan soberano de Dios.
En vez de activismo político, una estrategia mucho mejor para los cristianos es enfocarse en ser fieles a lo que Dios realmente los ha llamado a hacer dentro de su propia esfera de influencia: exaltar al Salvador (1 Co. 10:31; Col. 3:17), animar a los santos (He. 3:13; 10:24–25), evangelizar a los perdidos (Hch. 1:8; 1 Co. 9:19–23; 1 P. 3:15), y exhibir una conducta piadosa (1 Ts 4:11; 2 Ts. 3:12; 1 Ti 2:2). Por otro lado, los asuntos nacionales e internacionales se pueden confiar a Dios. Eso no quiere decir que los cristianos no deban votar, sino que, al hacerlo, deben darse cuenta de que Dios ya ha determinado el resultado de cada elección. Cualquiera que sea el resultado, los creyentes pueden estar absolutamente seguros de que concuerda a la perfección con los propósitos soberanos de Dios para el futuro, tanto de nuestra nación como de nuestro mundo.

(Adaptado de El pastor en la cultura actual)