El evangelio llama a los pecadores al arrepentimiento y a poner su fe en el Señor Jesucristo. Pero ¿significa eso que la salvación comienza cuando un pecador responde al mensaje? ¿Acaso depende de que el pecador ejerza su fe?
Encontramos una respuesta interesante en Juan 3. Un hombre llamado Nicodemo fue a ver a Jesús. Era un importante líder religioso de los judíos y un maestro destacado entre los fariseos. Las Escrituras dicen que vino de noche, y suponemos que fue porque quería mantener en secreto su encuentro con Jesús ante sus compañeros líderes religiosos. Le dijo a Jesús: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él” (Jn. 3:2). Pero Jesús hizo caso omiso de lo que dijo Nicodemo y fue directamente a la pregunta que realmente le preocupaba (cp. Jn. 2:24). Jesús siempre sabía lo que pensaba la gente, y sabía lo que inquietaba a Nicodemo. La pregunta que lo agobiaba era: “¿Cómo puedo entrar en el reino de Dios?”. Y antes de que Nicodemo pudiera formular su pregunta con palabras, Jesús respondió: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3:3).
Esto provocó una pregunta de seguimiento por parte de Nicodemo: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?” (Jn. 3:4). Como fariseo, Nicodemo sabía lo que era hablar mediante analogías y parábolas; los líderes religiosos lo hacían constantemente. Ese era el patrón habitual del discurso espiritual en aquellos tiempos. Sabía que se trataba de una conversación espiritual, pero también entendía que nacer de nuevo no es algo que uno pueda hacer por sí mismo. “¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?”. En otras palabras, la analogía del nacimiento excluye cualquier acción por parte de quien nace. Usted no se trajo al mundo la primera vez, y tampoco va a poder hacerlo la segunda vez. Él entendía la analogía de Cristo, pero eso no le había ayudado a acercarse a la respuesta que buscaba. Nicodemo quería ver el reino de Dios, pero necesitaba nacer de nuevo. Tenía que empezar de nuevo desde el principio con una vida nueva, y sabía que eso le resultaba imposible por sí mismo.
Jesús le respondió: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3:5). Jesús le recordó a Nicodemo la profecía de Ezequiel sobre el Nuevo Pacto, en la que Dios dice:
Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra (Ez. 36:25–27).
Las palabras de Cristo aludían a la naturaleza de la regeneración del Nuevo Pacto. En esencia, le dijo a Nicodemo: “Debes ser lavado, debes recibir un corazón nuevo y debes tener el Espíritu implantado en ti”.
Y a menos que sea Dios quien, soberanamente, le dé un corazón nuevo, le dé Su Espíritu y le lave desde lo alto, usted no podrá entrar en el reino. “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:6). La carne solo puede producir carne. El nuevo nacimiento depende de una obra espiritual de Dios. No puede entrar en el reino a menos que nazca de nuevo, y las personas no pueden provocar su propio nacimiento espiritual.
Además, Cristo explicó que el nuevo nacimiento no puede fabricarse ni manipularse; es una prerrogativa totalmente divina. Él le dijo a Nicodemo: “El viento sopla de donde quiere” (Jn. 3:8). El nuevo nacimiento no solo es posible a través de Dios, sino que, en última instancia, es Él quien decide cuándo y dónde dar nueva vida espiritual.
Comprensiblemente atónito y quizá algo desanimado, Nicodemo le dijo: “¿Cómo puede hacerse esto?” (Jn. 3:9).
Jesús respondió: “¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?” (Jn. 3:10). Quizá nos reconforte saber que a los líderes religiosos de Israel les costaba tanto comprender la soberanía de Dios como a nosotros hoy en día. La intención de Cristo no era insultar a Nicodemo, sino poner de relieve la bancarrota espiritual de la religiosidad judía, que se había convertido en un sistema de justicia exterior y piedad vacía. Nuestro Señor estaba estableciendo un contraste entre el legalismo de los fariseos y la verdadera naturaleza de la obra salvadora y transformadora de Dios.
Si la conversación hubiera terminado ahí, la situación podría haber parecido desesperada para Nicodemo —y para cualquier otro pecador que buscara la redención y el perdón—. Pero no terminó ahí. Cristo continuó, anticipando Su propia muerte sacrificial:
Así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna… El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Jn. 3:14–18).
Jesús no le dijo a Nicodemo que debía hacer una oración especial, ni le indicó varios pasos para alcanzar la plenitud espiritual. En cambio, simplemente le encargó que creyera. Las palabras de Cristo debieron de ser impactantes para alguien que había vivido toda su vida en un sistema legalista de justicia por las obras. El mensaje era claro: no había nada que Nicodemo (ni nadie más) pudiera hacer para ganarse el favor de Dios o provocar su propio renacimiento. Todo era obra de Dios, una obra que el hombre no podía manipular ni fabricar. Y, sin embargo, Nicodemo tenía la responsabilidad de creer. Esa es la tensión en la exhortación de Cristo a nacer de nuevo: la salvación es obra exclusivamente de Dios, pero, no obstante, es nuestro deber creer, y Dios hará responsables de su incredulidad a aquellos que le rechacen.
Vemos lo mismo unos capítulos más adelante, en Juan 6. En el versículo 37, Cristo dice: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí”. Pero en el versículo 44 dice: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió”. Entonces, ¿en qué queda? ¿Somos salvos porque nosotros vinimos a Cristo, o porque Dios nos atrajo primero hacia el Hijo? ¿Está la salvación abierta a “todo aquel que en él cree” (Jn. 3:16), o está completamente fuera de nuestro control, como el “viento que sopla donde quiere” (Jn. 3:8)?
La respuesta se encuentra en la metáfora de Cristo sobre el nuevo nacimiento. Ningún acto de la voluntad humana puede perdonar los pecados, transformar los corazones, renovar las mentes o purificar las almas. Aparte de la obra de Dios, no tenemos esperanza de salvación. Nuestra única opción es hacer eco del clamor del recaudador de impuestos en Lucas 18:13: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Pero Dios tampoco lleva a cabo Su obra redentora en contra de nuestra voluntad. No interviene para imponer Su salvación a quienes no la desean. En Su plan perfecto, Él nos atrae soberanamente hacia Cristo. Por nosotros mismos, nunca elegiríamos creer en Cristo. Pero, en la soberanía de Dios, aquellos a quienes Él atrae creerán, sin falta.
A pesar de la aparente tensión entre la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre, la Escritura no es ambigua al presentar estas dos grandes realidades una al lado de la otra, actuando en armonía. De hecho, como veremos la próxima vez, Pablo lo celebra en su carta a los Romanos.

(Adaptado de No hay otro)