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El evangelio de Juan. Nos encontramos en el capítulo 1, avanzando a lo largo de esta maravillosa presentación de Cristo, recordando que el propósito de Juan es muy simple. Su propósito, el cual es presentado al final del libro, es presentar las evidencias, el testimonio, la prueba de que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, para que creas, y creyendo tengas vida eterna en Su nombre. Su meta, como lo dije antes, en primer lugar es polémica, probar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Y, después evangelística, para que creyendo puedas tener vida eterna que viene con la fe. Ese es el punto entero del evangelio de Juan. Son evidencias de la deidad de Jesucristo, evidencias de la naturaleza del Mesías, evidencia de que Él es el Salvador, el único Salvador, y así aquellos que creen en Él puedan encontrar perdón y vida eterna.

Entonces, el evangelio de Juan, se encuentra en los primeros 18 versículos, presentando una declaración de la deidad de Cristo. Y, después comenzando en el versículo 19, las evidencias se presentan para probar que esa declaración es verdad. Juan abre el evangelio, como ustedes recordarán, hablando del Señor Jesús como el Verbo, e identificándolo con Dios y Dios mismo. Él es tanto Dios y con Dios, lo cual es un entendimiento trinitario. Él es completamente Dios, sin embargo, Él es con Dios. Los miembros de la trinidad, son Dios de manera completa, total, y sin embargo, son personas separadas. Él lo presenta no solo como el Verbo, esto es la verdad que emana de la deidad, si no también como la vida, la fuente de vida misma de todas las vidas. Y, después como la luz, y esto quiere decir que es Dios penetrando las tinieblas o la oscuridad de un mundo caído.

En el versículo 14, él resume su declaración, el Verbo, el Verbo Eterno quien era Dios, quien era con Dios, se hizo hombre y habitó entre nosotros, y desplegó su gloria, la cual es la gloria del prototokos, el primordial, el preeminente del Padre, lleno de gracia y verdad.

Y después en el versículo 15 él dijo, Juan, apuntando a Juan el Bautista: “Juan dio testimonio de él”. Juan el Bautista dio testimonio acerca de él. Y, con la introducción de Juan el Bautista en el versículo 15, Juan el apóstol, quien es el escritor, presenta su primer testigo acerca de la deidad de Cristo. Su primer testigo acerca de la deidad de Cristo, o el primer testigo que habla de la deidad de Cristo, no es ningún otro que Juan el Bautista, quien fue presentado en el versículo 15 por nombre, por nombre. Él es mencionado antes, porque en el versículo 6 dice: “Vino un hombre enviado de Dios. Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan”. Ahí está el primer uso de su nombre. Él vino – o versículo 7: “Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él”. Entonces, en primer lugar usted tiene la presentación de Juan como el primer testigo, en el versículo 6. Tiene una segunda referencia a Juan como testigo en el versiculo15. Y después, llegando al versiculo19, este es el testimonio que Juan dio, aquí en el versiculo19: “Este es el testimonio de Juan”.

Ahora, ¿por qué es esto tan importante, que Juan el apóstol tome a Juan el Bautista como su testigo inicial? Y, la respuesta a esa pregunta es múltiple. Número uno: Porque Juan fue un profeta. De hecho, él fue el único profeta en Israel. De hecho, no había visto un profeta en 400 años. Y, todo mundo entendía que Juan era un profeta. Eso es lo que dice en Mateo 14 y eso se repite en Mateo 21:26. Todo mundo sabía que era un profeta. En Juan 5:35 dice que por un tiempo todo mundo estuvo dispuesto a regocijarse en su luz. Y, él era una antorcha ardiente que brillaba.

Entonces, en primer lugar, se entiende que si va usted a tener un testimonio humano acerca del Mesías, si va a haber un testigo que hable del Mesías, tiene que venir de la fuente más creíble, más fidedigna. Y, el predicador más creíble, más fidedigno, y el testigo más confiable de la persona de Cristo, sería el que era el más confiable, el que fue llamado por Dios para ser un profeta. Y por lo tanto, habló la Palabra de Dios, y ese es Juan el Bautista.

Además, Juan el Bautista no solo fue un hombre ordinario, él no tuvo un origen ordinario. Él vino de una familia sacerdotal, lo cual le dio una credibilidad adicional, porque los sacerdotes eran reverenciados y honrados, y respetados por toda la tierra de Israel. Su linaje era del más alto rango – en términos religiosos – y eso le dio una audiencia. Entonces, aquí hay un verdadero profeta, el primero en 400 años, todo mundo sabe eso. Él habla en nombre de Dios, él habla de Dios, y él también es sacerdotal en su legado. Y, podemos añadir otro componente que fortalece la credibilidad de Juan, su nacimiento fue extraordinario. Uno podría decir milagroso, porque sus padres eran estériles, y ya estaban en una edad avanzada, nunca habían podido tener hijos, y su madre Elizabeth da a luz en su edad avanzada a este hijo. Eso es milagroso.

Más allá de eso, su nacimiento no solo fue un acontecimiento milagroso, si no que fue un acontecimiento profetizado por un ángel que se le apareció a Zacarías, cuando él estaba llevando a cabo su obra sacrificial ahí en el templo, en Jerusalén. Un ángel del cielo vino y le declaró que tendría un hijo, y que este hijo sería el precursor del Mesías. Que él de hecho vendría a sus vidas a través de los medios normales del nacimiento – aunque eran estériles – que sería lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre, que vendría en el espíritu y poder de Elías para convertir muchos de los corazones del pueblo de regreso a Dios, y prepararlos para la llegada del Mesías.

Entonces, él fue un profeta y se reconocía que era un profeta. Él tuvo un nacimiento milagroso en términos humanos. Él fue profetizado por un ángel, y la profecía del ángel sucedió, se cumplió. Otro componente que hace que Juan sea único, es que vivió totalmente aislado del sistema religioso de Israel. Desde el momento en el que él desaparece en el capítulo 1 de Lucas, él se va al desierto y durante 30 años, o la mayor parte de esos 30 años, él vive como un ermitaño ahí en medio del desierto, y come lo que puede encontrar con sus manos, y usa como vestimenta lo que puede ponerse en la espalda (cabello o pelo de camello). Él es un nómada que es totalmente alguien que es extraño para el sistema religioso. De hecho, él es tan extraño para el sistema religioso, que el primer vistazo que tenemos de los líderes de Israel cuando se acercan a él, en ese momento la primera vez que se acercan a él, él les dice: “Generación de víboras, ¿quién os advirtió que huyerais de la ira venidera?” Él no solo es un extraño para el sistema apóstata del judaísmo, él es anti-apóstata, en contra de ese sistema judaico. Él no solo está separado de ellos, si no que él habla de manera profética en contra de ellos, y les advierte del juicio que van a enfrentar.

Este es el hombre que Juan toma como un testigo inicial. Él no es producto del sistema religioso. En ningún sentido él es simplemente un producto de una vida humana. Él es un niño divinamente preparado. Él no es un hombre que encontró una carrera, porque en cierta manera tenía esa propensidad. Si no que él fue ordenado por Dios, y de ésta manera profetizó para hacer lo que hizo. Y, sobre cualquier otra cosa, él era un verdadero profeta, reconocido, una antorcha ardiente, brillante.

Y, el punto es éste, que si va usted a identificar a alguien para que comience el testimonio, entonces tiene que escoger a la persona con mayor credibilidad. Y, eso es exactamente lo que Juan el apóstol hace, al escoger a Juan el Bautista. Y, como les dije la última vez, Juan no está preocupado por el lugar en el que vive, lo que viste, lo que come. Lo único que le preocupa es su testimonio. La nación reconoce a Juan el Bautista como un vocero de Dios, y por lo tanto, Juan lo usa como testimonio y de manera apropiada. Esta es la voz más creíble, más fidedigna que hay en Israel, la voz más confiable. Y, el pueblo lo ha llegado a entender, lo respeta, y están inundando el lugar donde él está en el desierto, vienen por los miles de, de personas, realmente por decenas de miles, de toda Jerusalén, Judea, y los lugares circunvecinos para oírlo.

Ahora, para tener este testimonio en los versículos 19 al 37, Juan el apóstol se concentra en tres días, tres días del ministerio de Juan el Bautista. Él ministró durante meses y meses, pero, de todo ese tiempo en el que ministró, hay una especie de ápice de tres días, y es importante tres días, porque en el día dos Jesús de hecho se aparece. Y entonces, Juan el apóstol nos da un retrato y dentro de ese retrato nos presenta el ministerio de Juan el Bautista, el testimonio especifico de Juan. Y, hay tres puntos aquí y Juan tiene tres mensajes que dar. Él da uno en el día uno, otro en el día dos, y otro en el día tres. Y, son secuenciales y son testimonios que realmente son permanentes en su validez.

En el día uno él día: “Él está aquí”. En el día dos él dice: “Véanlo”. Y, en el día tres él dice: “Síganlo”. Y, ese sería el mensaje que cualquier predicador daría acerca de Cristo. “Él está aquí, véanlo, vean la revelación de quién es Él, y síganlo”. Y, esa es la naturaleza del ministerio de Juan. Entonces, eso les da el panorama, tres días, tres mensajes.

Y, lo que es interesante, es que los tres mensajes son dados a tres grupos. En el día uno, es una delegación hostil que fue enviada por el Sanedrín, el concilio religioso que lideraba a los judíos. En el día dos, es la multitud de gente que está ahí. Y, en el día tres, son algunos de los propios discípulos de Juan. Entonces, tres días, tres mensajes a tres grupos diferentes.

Ahora, veamos el día uno y ya iniciamos nuestro estudio de esta sección la última vez. Y, vamos a retomar nuestro estudio en donde nos quedamos. El día uno, presentado a la delegación judía que había venido de Jerusalén, para confrontar a Juan, y hacerle las preguntas que los líderes religiosos querían que fueran respondidas. Versículo 19: “Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas”.

Jerusalén es el cuartel general obvio de la religión judía. La gente que está en poder en el concilio judío, el cual es llamado el Sanedrín. Ese es un concilio de setenta hombres, más el sumo sacerdote, quien estaban a cargo del judaísmo. Ese concilio está constituido predominantemente de saduceos. Los saduceos eran liberales religiosos, que no eran fundamentalistas en el sentido que los fariseos lo eran. No creían en los milagros, no creían en la resurrección física. En cierta manera, eran los críticos del Antiguo Testamento. No creían necesariamente en los detalles, en los detalles insignificantes o los detalles más minúsculos de la Palabra de Dios, de la manera en la que los fariseos lo creían. Pero tenían el poder.            Y, los miembros del Sanedrín, la mayoría de los miembros del Sanedrín, venían de los saduceos. El sumo sacerdote, el sumo sacerdote anterior, el principal sacerdote, eran personas que primordialmente eran saduceos. Ellos controlaban la operación del templo y el dinero, y el poder, y las relaciones con Roma.

Pero, con ellos estaban los fariseos. Estaban mucho más entregados a la ley, eran mucho más devotos a la ley, eran menos políticos. Eran los que estudiaban la ley, que aplicaban la ley, que le enseñaban la ley al pueblo. Y, eran los abogados, los intérpretes – diríamos mejor. Esto es, eran los expertos en la ley de Dios.

Pero, aparentemente esta delegación del Sanedrín está mezclada con ambos grupos. La idea en el versículo 19 de que los judíos los enviaron, apunta a que venían del Sanedrín. Juan usa la expresión aquí, “los judíos”, setenta veces en su evangelio. Y, como les dije en la última ocasión, él no la usa de manera étnica o racial, si no que la está usando para identificar a aquellos que eran hostiles a Jesús. Aquellos que eran hostiles a Jesús, los llama los judíos. Y, eso representaba al Sanedrín, pero, también incluye, dice el versículo 24, a los fariseos. Ellos habían sido enviados por los fariseos. Y, lo mejor que podemos decir, es que probablemente esta es una coalición que viene enviada por el Sanedrín, y los fariseos se convierten en los interrogantes primordiales, los que hablan en este grupo. Y, como dije, los saduceos predominaban en el Sanedrín, pero, también incluían a fariseos.

Entonces, aquí viene esta delegación y escogen a sacerdotes. El Sanedrín escoge a sacerdotes y a levitas de Jerusalén. Y, son acompañados por fariseos. Vienen para presentarle preguntas a Juan el Bautista. Y, las preguntas se oyen como preguntas que reflejan el entendimiento farisaico, porque están relacionadas con la interpretación del Antiguo Testamento, el cual era su esfera primordial de operación.

Entonces, vienen a Juan y le hacen una serie de preguntas acerca de quién es. Versículo 19, le preguntan: “¿Tú quién eres?” Y, lo que se implica en esa pregunta es: “¿Eres tú el Mesías?” Y, ¿cómo sabemos que eso implica? Porque su respuesta en el versículo 20 lo indica: “Confesó, y no negó, si no confesó: Yo no soy el Cristo”. Entonces, entendemos que lo que le estaban preguntando es: “¿Eres tú el Mesías?” Y, él dice: “No, no soy el Mesías”. Y, el idioma griego es muy fuerte. Presenta una negación muy, muy fuerte. Más adelante en el capítulo 3 tenemos otro incidente con Juan el Bautista, cuando dice exactamente lo mismo, ahí en el capítulo 3: “Yo no soy el Mesías, yo no soy el Cristo”.

Entonces, le dicen a él: “¿Qué, pues, eres tú Elías?” Y, ¿por qué le hacen esa pregunta? Porque en Malaquías 4:5, nuestro Antiguo Testamento termina con eso. Promete que antes de la venida del Mesías en juicio, en el gran y terrible día del Señor, Elías vendrá, Elías vendrá. Y, su respuesta es la misma: “No soy, no soy. Yo no soy Elías”. Este no es un profeta reciclado, esta no es una reencarnación, este no es Elías tomando otro nombre. Este es un hombre que nunca antes había vivido, que le nació a Zacarías y Elizabeth, que se llamaba Juan, y llamado el Bautista, debido a su ministerio de bautismo. Y, él dice: “No soy Elías”.

Ahora, eso presenta otra pregunta importante, porque en Mateo 17 la declaración es presentada por parte de nuestro Señor, de que Juan es Elías, Juan es Elías. Y, el pueblo dice: “Bueno, espera un momento”. La gente dice: “Un momentito. Juan dice que no es, y Jesús dice que es. Ahora, ¿cómo hacemos una armonía entre estas dos declaraciones? ¿Cómo lo reconciliamos?”

Es muy simple, usted lo entiende de esta manera, debe entenderlo de esta manera. En Lucas 1:17, el ángel le dijo a Zacarías que él vendría en el espíritu y poder de Elías. Él vendría en el espíritu y poder de Elías. Esto es, con el mismo denuedo y el mismo poder en la predicación, y el mismo llamado al arrepentimiento que Elías tuvo.

Entonces, habrán dos en un sentido, habrán dos venidas de Elías. En la primera venida de Cristo habrá uno en el espíritu y poder de Elías. En la segunda venida de Cristo, será Elías mismo. Previo a la venida de Cristo en juicio, vendrá Elías, pero, previo a la venida de Cristo para ofrecerse a sí mismo como sacrificio por pecado, está Juan quien viene en el poder y el espíritu de Elías. Y, creo que esto es presentado de manera clara, si usted lee Mateo 16:13 al 16, y lo compara con el séptimo capítulo, versículos 9 al 13, también de Mateo. Entonces, Juan dice: “Yo no soy el regreso de Elías, previo a la venida de Cristo”. Y recuerden, Elías no murió, él se fue al cielo, fue llevado al cielo por Dios en carro. Entonces, él no murió. Él regresará en el futuro, antes de la segunda venida de Cristo.

Entonces, le hacen otra pregunta, y le dicen: “¿Eres tú el profeta? ¿Eres tú el profeta?” ¿Qué es eso? Deuteronomio 18. Moisés habló de un profeta que vendría, un profeta que vendría y hablaría la Palabra del Señor. Y, los judíos sabían que estaba hablando del Mesías. Ellos dieron por sentado que estaba hablando acerca del Mesías. Y, si usted lee el sermón de Pedro en Hechos 3:22 y 23, él dice en ese pasaje, que ese pasaje de Deuteronomio 18 se está refiriendo al Mesías. Si lee el sermón de Esteban en el capítulo 7 versículo 37, él dice que Deuteronomio 18 se está refiriendo al Mesías. Entonces, ese era el entendimiento judío común. Y, le están haciendo preguntas, acerca de estas figuras escatológicas: “¿Eres tú el Mesías? ¿Eres tú el que va a venir antes del Mesías?” Y, después le vuelven a preguntar: “¿Eres tú el profeta que creían que sería el Mesías? ¿Quién eres?”

Y, la pregunta que se encuentra detrás de las preguntas es ésta: “¿Por qué crees tú que tienes la autoridad de estar bautizando estas multitudes de personas?” De nuevo, sus problemas tienen que ver siempre con el poder y la autoridad. Ellos eran totalmente hostiles a Jesús, porque Él asumió autoridad en lo que dijo y en lo que hizo. Él no había venido a través de ningún sistema rabínico, ninguna institución rabínica. No tuvo ninguna preparación rabínica, no vino a través de ninguno de los medios normales. Él no tuvo autorización, no recibió autorización de nadie que tuviera poder religioso. Sin embargo, Jesús actuó en base a su propia autoridad, una y otra, y otra vez, y Él dijo: “Miren, toda autoridad se me dado – como ustedes saben – en el cielo y en la tierra”. Él asumió autoridad sobre el día de reposo. Él asumió autoridad sobre la muerte. Él asumió autoridad sobre los demonios. Él asumió autoridad sobre la creación, la naturaleza. Él asumió autoridad sobre las enfermedades. Y, este asunto de autoridad los irritaba de manera particular, cuando Él asumió la autoridad de interpretar la Palabra de Dios, y declarar en nombre de Dios lo que Dios diría. Siempre tuvieron problemas, siempre el meollo de su problema tenía que ver con autoridad, porque Jesús fue una amenaza inmensa en contra de su autoridad religiosa.

Bueno, Juan fue igual. El pueblo acudía a Juan por decenas de miles. En términos típicos, si podemos regresar y ver su historia un poco, tenían un bautismo, y lo usaban para los prosélitos, esto es, para gentiles que querían convertirse en judíos, y convertirse en parte de su religión. Ellos podían atravesar por lo que se llamaba un bautismo de prosélitos. Entraban al agua simbólicamente, y de esta manera al entrar al agua, más bien, simbolizaban externamente lo que estaba pasando internamente. En otras palabras, era como si dijeran los gentiles: “Quiero ser limpiado de mi paganismo y quiero entrar en la religión del Dios verdadero de Israel”.

Y, de lo que puedo ver al leer esto, era hecho por individuos. En otras palabras, lo hacían ellos mismos. Supongo que un amigo podía hacerlo, pero, de lo que puedo ver, si querías convertirte en un judío, literalmente tenías que hacer un bautismo de ti mismo, y colocarte en agua como un símbolo de afuera, de lo que querías que sucediera por dentro. Por lo menos, no podemos encontrar algún grupo autorizado en la historia de Israel que hiciera esto. Entonces, parece que era algo que la gente hacía, como una especie de confesión pública. Y entonces, aquí viene Juan y él asume la autoridad de ser el que hace esto, y él de hecho llega al punto de decir: “Yo estoy haciendo esto por autoridad divina”. Ahí en el versículo 33 lo dice, cuando dice: “El que me envió a bautizar con agua”. Entonces, él viene con esta comisión, y debe haberlo dado a conocer, el hecho de que él estaba haciendo esto con la autoridad de Dios. Entonces, le están diciendo: “¿Quién crees que eres? Tú no eres el Mesías. Podríamos permitir que el Mesías hiciera esto. Tú no eres Elías. Podríamos asumir que Elías hiciera esto. ¿De dónde obtienes tú el poder o la autoridad para hacer esto?” Eso es lo que está detrás de la pregunta.

Versículo 22: “Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron”. Tenemos que dar un reporte al Sanedrín. ¿Qué dices de ti mismo? Y, después de decir: “Yo no soy, yo no soy. No soy, no soy”. Él finalmente dice: “Yo soy”, versículo 23. “Yo soy la voz”. Y, explicamos esto la última vez. “Yo soy la voz. Eso es todo lo que soy”. Él es muy humilde. Versículo 15, ustedes saben, él dijo acerca de Cristo claramente: “Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo”. Y, en el versículo 27 vemos la misma actitud: “Este es el que vine después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado”. Y, en el versículo 30 vuelve a decir: “Este es aquel de quien yo dije: “Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo”. Declaraciones asombrosas que muestran la humildad de Juan. Él es humilde, él es abnegado, él no quiere de títulos, no quiere honores, ni dinero, ni comodidades, ni seguidores, ni discípulos. Él quiere apuntar a Cristo. Y, eso es exactamente lo que hace. Él continúa simplemente apuntando a Cristo.

Entonces, él dice: “Yo soy la voz. Yo soy la voz que clama en el desierto”. Él dice: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto”. Y, lo vemos aquí en el versículo 23: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto”. Y, él lo toma de Isaías 40 versículo 3. Esa es una cita de Isaías 40:3: “Yo soy el cumplimiento de esa profecía”. La profecía de que vendría antes del Mesías una voz clamando en el desierto, no el desierto de Judea en particular, si no el desierto de Israel en el sentido espiritual. Los corazones desiertos, estériles, en bancarrota, en los que Israel se había convertido, que no tenían vida. “Yo estoy entrando a ese desierto. Yo soy una voz, nada más”. Y digo: “Enderezad el camino del Señor, como Isaías el profeta dice en Isaías 40 versículo 3 al 5”.

Entonces, él dice: “Mi trabajo es ser una voz que clama a ustedes, para que hagan en su corazón un camino que esté preparado para el Rey. El Rey está en camino, les digo: “Prepárense”. Él es un verdadero predicador, esto es Juan. Él es un verdadero maestro, él es un verdadero creyente. Pero, él simplemente es una voz, y está apuntando a Jesucristo, y le está diciendo al pueblo: “Enderecen su camino. Quiten los obstáculos, quiten lo que está torcido, lo que está hundido, lo que está elevado”. Y, entramos a eso un poco a partir de Isaías 40, en nuestro último estudio. Los lugares bajos, los lugares, los lugares bajos de su vida necesitan ser levantados. Esos lugares de pecado, bajos. Los lugares altos, los lugares altos, orgullosos necesitan ser bajados. El camino, la parte torcida de tu vida, los lugares pervertidos necesitan ser enderezados. Los lugares llenos de basura necesitan ser limpiados, para prepararte para el que está por venir. Yo solo soy la voz. Solo soy la voz.

Pero, qué honor inexplicable, inexpresable para Juan. Qué impresionante debió haber sido reconocer que diariamente tú eres esos pies hermosos, mencionados por Isaías y también por Pablo en Romanos 10. “¡Cuán hermosos son los pies de los que predican el evangelio!” Qué asombroso habría sido saber que tú eres el heraldo del rey del cielo, del cordero del cielo, del Mesías. Y, él lo sabe y él lo entiende. Y, él por eso evade la pregunta cuando le preguntaron: “¿Quién dices que eres? ¿Cómo te explicamos?” Él dice: “Yo soy una voz. Eso es todo. Soy una voz. Soy una voz”.

Entonces, versículo 25, llegan a lo que motivó todo esto. “Le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué entonces bautizas? ¿Por qué estás haciendo esto? No eres el Cristo, no eres Elías, no eres el profeta de Deuteronomio 18. ¿Por qué haces esto? ¿De dónde se te ocurrió hacer esto? ¿De dónde sacaste esto? ¿De dónde recibiste esta autoridad?” Habrían esperado que el Mesías lo hiciera, quizás. Habrían esperado que Elías lo hiciera, pero, ¿qué hay acerca de Juan? ¿Cómo puede él colocarse en esta posición? Y, la respuesta de Juan esencialmente es decirles: “Están haciendo esto demasiado grande”. Versículo 26: “Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; más en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis, este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado”. En otras palabras, ¿por qué se enfocan en mí? ¿Por qué están tan preocupados por mí? Yo bautizo en agua. Él simplemente evade esto de manera completa. Yo bautizo en agua. ¿Qué tiene esto de maravilloso? Esto es agua. Esto es simplemente colocar a gente en agua, simplemente un símbolo externo.

Él tenía la autoridad, versículo 33: “El que me envió a bautizar con agua”. Ese sería Dios. “Aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo”. Esto es el Hijo. Y, ese es prácticamente el hecho de que el Señor fue bautizado. Aquí encontramos una referencia al bautismo de nuestro Señor. Él tenía autoridad divina. Él hizo lo que hizo, porque Dios le dijo que lo hiciera. Pero, él no se los dice en ese momento. Él les dice: “Miren, están haciendo esto demasiado grande. Yo solo estoy aquí bautizando en agua. Pero, hay alguien a quien deben ver, quien ya está entre ustedes, y Él los va a bautizar con el Espíritu Santo, o Él va a bautizar con el Espíritu Santo. Necesitan estar mucho más preocupados por el que lidia con corazones, de lo que están preocupados conmigo y lo que yo hago”. El bautismo real, la purificación real, la regeneración, el lavado de la regeneración va a ser la obra del Mesías. Él bautizará con Espíritu Santo. Eso está al final del versículo 33.

Entonces, Juan hace lo que él siempre hizo, él vuelve la atención de toda persona hacía Cristo. Y, ahí tienen su primer mensaje en el versículo 26: “En medio, en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis”. Ese es su primer mensaje. Él está aquí, ¿por qué están preocupados por mí? Me ven, me conocen, pero, ya hay uno aquí que ustedes no conocen. Él es al que necesitan conocer. Él es al que necesitan conocer. Él es – más adelante dice: “El que bautiza en Espíritu Santo”. En otras palabras, Él es que lidia con el corazón, con el corazón. El Mesías está presente, está aquí. Él no quiere decir que está parado ahí junto al agua en ese momento, ahí ese día. Él quiere decir, está en la tierra, Él ya llegó. En el momento en el que él dice esto, Jesús está caminando hacia donde Juan está, y va a llegar al otro día. Juan bautizó a Jesús y pasaron poco más de cuarenta días. Y, después Jesús se fue llevado por el Espíritu Santo al desierto durante cuarenta días de tentación. Los cuarenta días de tentación terminaron. Jesús viene de regreso, de regreso a Juan. Y, lo que Juan está diciendo, no es que está ahí al lado de él, ahí en ese momento. Si no más bien que está aquí. Él ha sido identificado y está presente. Este el primer gran mensaje que Juan da. Ahí es donde comienza toda predicación del evangelio, ¿no es cierto? Él está aquí, Él vino, Él ha venido, Él ha venido.

En su anhelo por exponer a todos los Mesías falsos de elevarse a sí mismos, ellos no conocían al verdadero Mesías. Y, Juan dice: “Yo no soy digno de desatar la correa del calzado”. Ese sería el nivel más bajo de un esclavo que cuidaba de los pies sucios de la gente. “Yo ni siquiera soy digno de hacer eso. Yo no soy nada. Yo soy el más bajo de los más bajos siervos inútiles. No necesitan estarme viendo a mí. No necesitan estar preocupados por mí. Yo soy una voz, soy un esclavo. Necesitan estarlo viendo a Él. Pueden verme, conocerme, pero, no lo conocen a Él, y eso es lo que importa. Superen esto del predicador”, él está diciendo. “Superen esto del predicador. No se, no se enreden con esto del predicador, y concéntrense en aquel de quien habla el predicador”.

Entonces, el primer día tenemos el primer testimonio de Juan, para este grupo del Sanedrín, y él dice: “Él está aquí. Él está aquí”. Por cierto, ese mensaje habría regresado de manera inmediata a Jerusalén, y habría hecho que los judíos en el Sanedrín, los que tenían la mayor influencia de esa información, habrían prácticamente hecho que toda esta información se esparciera a los líderes élite en Israel. Esto de que el Mesías está aquí. Y, lo que eso hace, es dejar a los judíos sin excusa alguna, como: “Oye, nos sorprende que Jesús se apareció y dijo ser el Mesías”. Ya saben, antes de que Jesús comience su ministerio de manera oficial, que el Mesías ha llegado. Y, desde ese momento en el que el reporte regresa a ellos, su hostilidad prácticamente llega hasta la cruz, en donde finalmente lo ejecutan. Y, el mensaje es el mismo: “Él está aquí. Él vino”.

Ahora, veamos el día dos. El día dos continúa con la historia en el versículo 29. Todo esto claro, dice el versículo 28: “Estaba sucediendo en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando”. No la Betania de la parte este de Jerusalén, si no otra Betania. No sabemos exactamente, y por eso se le llama aquí Betábara. Es prácticamente otro nombre para Betania. Pero de nuevo, no la Betania que está al este de Jerusalén. No sabemos exactamente dónde estaba, pero, estaba más allá del Río Jordán en el desierto. Todo sucedió ahí. Pero, el versículo 29 ahora nos lleva al día dos, al siguiente día. Él vio a Jesús venir, ahí en el 29: “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Este es el día dos, este es el grupo dos. Grupo dos, toda la gente que está ahí congregada, toda la multitud y el mensaje: “Véanlo. Véanlo. Véanlo”.

Mensaje uno: “Él está aquí”. Mensaje dos: “Véanlo. Él es el Cordero de Dios. Él es el Cordero de Dios”. El día uno, en cierta manera fue para una delegación privada. El día dos, es la proclamación pública. Y, esto es, esto es algo conmovedor, es un shock, porque él ve a Jesús que viene a él, y él lo conoce obviamente. Y, él declara que es el Cordero de Dios. Y, esa es una exclamación. “¡He aquí!” Véanlo. Recíbanlo. Reciban, acepten la realidad de quién es Él. Él está aquí y este es Él. Él es el Cordero de Dios. Eso no es lo que ellos esperaban oír. ¿Por qué el Mesías sería un Cordero? Porque en el mejor de los casos un cordero es impotente, débil, inútil, torpe, dependiente, inclusive sucio.

¿Qué quieres decir con que el Mesías es un cordero? Esto es conmovedor. Esto es un shock. Habrían esperado que él dijera: “He aquí su Rey. He aquí el triunfal. He aquí el Majestuoso, el Exaltado. He aquí el Gobernante. He aquí el Ungido”. Pero, él dice: “He aquí el Cordero de Dios”. En el mejor de los casos, como dije, un cordero es impotente y débil. En el peor de los casos, un cordero está muerto. Y, los corderos eran sacrificados todo el tiempo. A lo largo de los siglos de Israel, ellos supieron acerca de un cordero sacrificial. Ellos conocían lo que era un cordero sacrificial. Remontándose a Abraham e Isaac, y Dios proveyendo un sacrificio para Abraham, para que no tuviera que matar a su propio hijo. Y, después remontándose al Éxodo y el cordero de la Pascua, y cada Pascua después de eso, toda Pascua después de eso, y toda mañana y toda tarde, había un sacrificio en la mañana y un sacrificio en la tarde. Y, los corderos eran matados como ofrendas por el pecado, una y otra, y otra, y otra vez, día tras día, tras día, siglo tras siglo, tras siglo. Y, también conocían Isaías 53, que Él fue guiado como cordero al matadero. El que fue herido por nuestras trasgresiones, molido por nuestras iniquidades, aquel sobre quien cayó el castigo de nuestra paz. Ellos conocían todo eso. Ellos conocían, ellos sabían lo que era el sacrificio, pero, no sabían cómo encajaba, porque nunca se habían visto a sí mismos como un pueblo que necesitaba un sacrificio.

En otras palabras, ellos dieron por sentado que la combinación de su justicia y su obediencia, al ofrecer un animal, era suficiente. Pero, esos animales no podían quitar el pecado, solo podían apuntar al sacrificio que quitaría el pecado, que todavía no había venido, si no hasta Cristo. Y, debido a que no reconocieron su pecaminosidad, no reconocieron que estaban bajo juicio, bajo ira, que necesitaban un sacrificio, que su Mesías debía hacer ese sacrificio, del que Isaías 53 estaba hablando, su Mesías. No tenían concepto de que necesitaban eso, o que el Mesías sería un cordero. Y entonces, Juan dice: “He aquí el Cordero de Dios”. Ha escogido ese sacrificio. En pocas palabras, el Cordero aquí está, el Cordero que Dios ha escogido para que sea ese sacrificio.

Toda familia escogió su cordero. Todo padre escogió un cordero. Este es el cordero que Dios ha escogido. Él ha venido a lidiar con el pecado finalmente, para ser herido por nuestras trasgresiones. Él vino para convertirse en pecado, aquel que no conoció pecado vino a hacerse pecado por nosotros. Él se ofreció como un sacrificio en la cruz, Él llevó nuestros pecados en su propio cuerpo. Al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado. Todas esas explicaciones del Nuevo Testamento. Los judíos querían un profeta. Los judíos querían un rey, y recibieron un cordero. Querían un líder, querían un monarca. Recibieron un sustituto. Querían un mesías exaltado. Recibieron más bien a un sacrificio humillado. Querían a uno que pudiera matar a todos sus enemigos. Sin embargo, recibieron aquel a quien sus enemigos mataron. Pero después, de nuevo, ellos nunca podrían haber tenido un rey, hasta que hubieran tenido un cordero. Y, esas son las dos venidas. Nunca vendría una venida en gloria a reinar, hasta que hubiera una venida en humillación para morir.

“¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” Lo que eso significa, es que para el mundo entero, solo hay uno que puede quitar el pecado. Para el mundo entero. Solo hay uno que puede quitar el pecado, y es este que va a morir como el cordero sacrificial que Dios acepta. Y, Juan entonces añade lo que dijo allá atrás en los versículos 15 y 27: “Este es aquel de quien yo dije: Después de mí vino un varón, el cual es antes de mí, que tiene un rango más elevado que yo, porque era primero que yo”. Y, de nuevo él dice: “Miren, quiten la atención de mí. Él vino después de mí, en términos de principio de su ministerio. Pero, Él existió antes de mí. Él nació después de que yo nací, sin embargo, Él existió antes de mí. Quiten sus ojos de mí y póngalos en este eterno. Pongan sus ojos en Él, que es exaltado, quien es de mayor rango que yo. Al que ustedes no conocen”.

Y, después Juan de nuevo está desviando la atención de él. Y, ahí sin embargo, al mismo tiempo entendiendo la dificultad de esto, porque él de nuevo dice en el versículo 31: “Y yo no le conocía”. Al principio no le conocía. Dices: “Bueno, ¿acaso Elizabeth y María no estaban relacionadas, no eran parientes?” Sí lo eran. Elizabeth y María estaban relacionadas, eran parientes. “¿Acaso Elizabeth y María no hablaron?” Claro. María sabía que ella había concebido a Jesús como el Hijo de Dios sin un padre – humanamente hablando. Y, Elizabeth sabía del milagro de su nacimiento. Estuvieron juntas cuando ambas estaban embarazadas. Ellas lo sabían. “¿Acaso no hablaron de eso a lo largo de los años? ¿Acaso esas mujeres no les habrían dicho a sus hijos quienes eran? Y, ¿acaso Juan no sabía que Jesús era el Hijo de Dios?”

Bueno, la respuesta es: “Claro, él habría sabido esto porque su madre le habría dicho, y María le habría dicho. Y, ciertamente era conocido en la familia”. Pero, tienes a Jesús treinta años de oscuridad total, treinta años en un taller de carpintero, lo cual habría probablemente hecho que surgieran preguntas bastante serias, ¿no es cierto? Digo, Juan está tratando de decir: “Él es el Hijo de Dios. Él es Dios en carne humana. Él es el Mesías”. Pero, nada está pasando, nada está pasando. Sería fácil que tuviera dudas.

Ustedes saben, inclusive más adelante en el ministerio de Juan, después de que fue claro para él quién era Jesús, Juan comenzó a dudar. ¿Se acuerdan de eso? Juan comenzó a dudar si Jesús realmente era el Mesías, porque aun después de que Jesús comenzó su ministerio, Él no hizo nada. Él no conquistó nada. Él no se apoderó de nada. Entonces, Juan envió algunos de sus discípulos a Jesús y le dijeron: “Juan quiere saber si realmente eras el Mesías. ¿Realmente eres el Mesías?” Y, Jesús le dice – les responde: “Cuéntale de las cosas que he hecho. Cuéntale de las obras”.

Entonces, Juan tenía preguntas. No son preguntas porque nadie le había dado la información. Él tenía información de su familia. Él había obtenido información a partir de su familia. Él tenía información del ministerio de Cristo. Pero, debido a que Jesús no estaba actuando de la manera en la que él pensaba que un mesías debía actuar, fuera que permaneciera en la oscuridad en la primera parte, o que estuviera siendo odiado aun más y más en su ministerio público, fuera por una o por otra razón, las preguntas surgieron.

Entonces, aquí está Juan, simplemente admitiendo que él no lo reconoció en el sentido pleno; oida es la palabra griega, el verbo griego. Yo no le conocía, no le oida. No lo reconocí en el sentido profundo, pleno. Más para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. Y, Juan testificó entonces en el versículo 32 diciendo: “Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. Yo sabía y yo no lo reconocí”. Hasta ese punto él está diciendo: “Yo lo conocía, pero, no había manera en la que yo estuviera seguro de que este era el Mesías”. Quien por cierto como comentario al margen, es una declaración clara de la humanidad de Jesús, de que la humanidad de Jesús era una humanidad real. Era una humanidad real. No había nada cuando tú veías al hombre Jesús, no había nada al ver al hombre Jesús que te dijera que era una persona celestial. “Yo no lo reconocí. Yo no lo reconocí. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, el que me envió a bautizar con agua – este es Dios – aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo”.

Ustedes recordarán en su bautismo en Mateo 3, Lucas 3, el Espíritu descendió, el Padre dijo: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Juan en ese momento sabe. Juan lo sabe. Pero como dije, aun después de eso, le surgen dudas, porque él no ve las evidencias que él habría esperado. Pero, en este punto, Juan nos da el testimonio, versículo 31: “Yo no lo reconocí. Yo no le conocía. Yo no le conocía; más para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. Yo no lo reconocía. Después fui llamado a bautizar”. Versículo 33: “Yo no lo reconocía. Yo no lo reconocía, hasta que el Padre me dijo: Es aquel sobre quien desciende el Espíritu Santo”. Y, en ese punto, versículo 34: “Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

Entonces, en el día dos podríamos decir esto. Juan le dice a la multitud: “Véanlo. Vean al Cordero de Dios que es el Hijo de Dios”. Ese es el ministerio de Juan. El Cordero de Dios, quien es el Hijo de Dios, y él lo sabe. Él ha oído la voz del cielo del Padre. Él ha visto al Espíritu descender y de nuevo como dije, más adelante tuvo sus dudas, pero, fueron afirmadas con el testimonio que recibió de regreso por parte de sus discípulos, cuando hicieron la pregunta. Ahora, yo conozco el testimonio de Juan: “Este es el Hijo de Dios”. Entonces, tenemos aquí a la voz del más alto calibre, la de mayor credibilidad, la más fidedigna en Israel, afirmando que éste es el Cordero de Dios, que es el Hijo de Dios.

El versículo 35 nos lleva al día 3. Brevemente: “El siguiente día otra vez estaba Juan y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios”. Creo que está con la boca abierta. Creo que simplemente está asombrado con Aquel en cuya presencia él camina. Aquel ante cuya presencia se encuentra. Los dos discípulos lo oyeron decir eso, y siguieron a Jesús. Muy bien, este es el día tres, grupo tres. ¿Quiénes son? Dos discípulos de Juan. Juan era un maestro y Juan tenía seguidores. Entonces, aquí hay dos de ellos. Por cierto, sabemos quiénes son ellos. De acuerdo con el versículo 40, uno de ellos es Andrés. Uno de los dos que oyó a Juan y siguió a Jesús era Andrés. ¿Quién es el otro? Bueno, el escritor del evangelio de Juan siempre se rehúsa a nombrar a uno de ellos. ¿Quién es? Él mismo.

Entonces, Andrés y Juan comienzan como seguidores de Juan el Bautista, preparándose para el Mesías. Y Juan, quien no quería discípulos, el siguiente día está con ellos de pie, y vio a Jesús conforme caminaba, y le dice a estos dos discípulos: “He aquí el Cordero de Dios. Miren, ¿qué están haciendo aquí conmigo?”

Los dos discípulos lo oyeron hablar. Lo oyeron hablar los dos discípulos y siguieron a Jesús. Y, versículo 38, me encanta esto. Me encanta esto. “Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: “¿Qué buscáis? ¿Qué es lo que quieren ustedes?”

Ellos dijeron: “Rabí (que traducido es maestro), ¿dónde moras?” En otras palabras, este no es un interés a corto plazo. A dondequiera que Tú vayas y donde Tú te quedes, ahí es en donde nos vamos a quedar”. Juan había cumplido con su trabajo, ¿no es cierto? Él está aquí, Él es el Cordero de Dios y el Hijo de Dios. Síganlo y quédense con Él. Ese es ministerio del evangelio puro y bendito. Modelado por este hombre humilde, abnegado, manso, quien por cierto, si no lo sabían, es uno de mis favoritos en todas las Escrituras, Juan el Bautista. “Sí, está aquí, véanlo, Él es el Cordero de Dios y el Hijo de Dios. Síganlo permanentemente”. Esa es la esencia, por cierto, de la fe salvadora.

Ustedes entienden que Él vino. Ustedes entienden que Él es. Ustedes entienden quién es. Y comprometen, entregan su vida a seguirle. Eso es lo que significa ser un cristiano. Inclinémonos juntos en oración.

Padre, reconocemos que hay una simplicidad hermosa en las Escrituras, y una coherencia evidente en las Escrituras. Que hay un mensaje predicado de varias maneras. Y, ese mensaje es acerca de Cristo Jesús, el que es el Hijo de Dios, el único Salvador. Y, es conocer que Él vino para creer la verdad acerca de Él y seguirlo. Padre, te agradecemos porque ese testimonio continua aun en nuestro día, desde el día de Juan, así como en esta mañana a través de un entendimiento de este capítulo ha continuado. Y, se extiende a lo largo del resto del Nuevo Testamento, y a lo largo de toda la historia, a través de predicadores fieles que proclaman la venida de Cristo, siendo el Cordero, y que llaman a la gente a confiar en Él y seguirlo permanentemente. Oro por que el Espíritu Santo hoy, oh Dios, toque los corazones de algunos que están aquí, que puedan estar en peligro, como los que vemos en Hebreos 6 estaban en peligro, de conocer la verdad, entender la verdad, inclusive creer la verdad hasta cierto punto, pero nunca comprometerse con Cristo. De estar en peligro de apartarse y así nunca ser renovados para el arrepentimiento. Oro Señor, porque tu Espíritu Santo los atraiga a Cristo. No tenemos deseo como predicadores de que la gente sean nuestros discípulos o estén apegados a nosotros, si no que sigan a Cristo. Hablamos de Él, de Su venida, de Su vida, Su identidad. Y, como Juan, llamamos a los pecadores a seguirle, y ahí a donde Él va, y quedarse donde Él se queda. Oro Señor, porque Tú concedas ese maravilloso regalo de la salvación a algunos, aun el día de hoy, aun aquí.

Y ahora Señor, lleva a cabo tu obra en nuestros corazones, en todos nosotros, para llevar a cabo, para darnos en primer lugar, un nuevo entendimiento de la gloria de Cristo, y de la dulce verdad del evangelio. Y, haznos estar siempre agradecidos por el conocimiento que nos ha salvado, otorgado por tu Espíritu Santo, y por Tu voluntad, y Tu poder. Oramos por aquellos que no conocen a Cristo, que este sea el día de su salvación. Oro porque Tú nos animes con la verdad, llenes nuestros corazones de gozo, y nos hagas testigos fieles para que otros puedan conocer a nuestro Cristo. Oramos en su nombre. Amén.

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