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Hace mucho tiempo, cuando yo tenía veintitantos años, vine por primera vez a la Grace Community Church. Era y sigue siendo una iglesia pujante. Las personas eran entusiastas, activas, entregadas a Cristo, listas para seguir adelante y ver qué haría Dios. Era una iglesia que había gozado de la bendición de Dios hasta ese momento. Estábamos todos listos para comenzar una gran aventura y ver lo que pasaría en el futuro.

Cuando tuve la oportunidad de convertirme en pastor de esta iglesia, estoy seguro de que las personas que tomaron esa decisión no tenían la menor idea de lo que estaban recibiendo. Mirando hacia atrás, todos hemos visto la mano de Dios obrar de maneras maravillosas. La pasión, el corazón y el deseo de esta iglesia era el alcanzar a otros y ver a las personas venir a Cristo. Ése era su anhelo y compromiso como iglesia. Sobre la base de ese compromiso, todos supusimos que la iglesia crecería. No teníamos idea de que crecería de la manera en que creció. No creo que una iglesia traiga a un pastor sin la suposición de que resultará ventajoso para la iglesia. Ese pastor representa una nueva época y un nuevo comienzo. Íbamos a florecer. Íbamos a crecer. Vendrán más personas y vendrán más personas a conocer a Cristo. Esa era la expectativa y era además mi expectativa personal.

Pero al principio, yo no pensaba en cómo hacer crecer la iglesia o cómo íbamos a lograr recibir más personas en este recinto. No pensaba en cómo íbamos a llenar los asientos vacíos, los pocos que había. Ni tampoco pensaba en cómo íbamos a atraer a las personas o cómo íbamos a hacer la iglesia atractiva. Nunca tuve ese tipo de pensamientos.

De hecho, cuando yo llegué a Grace Church, un pensamiento predominante se había apoderado de mi mente: Un texto de las Escrituras que me inquietaba profundamente y que aparece en Mateo 18. Ya yo había estado estudiando dicho pasaje antes de llegar aquí. Vine en 1969 y durante los dos o tres años anteriores, había estado lidiando con Mateo 18:15-20. Quiero que ustedes vayan a ese pasaje en sus Biblias y yo lo voy a leer. Solamente con leerlo los ayudará a entender por qué fue una parte de las Escrituras tan importante para mí desde que era un ministro joven.

El pasaje comienza así: «Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en Mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (vv. 15-20).

Me fue difícil ese pasaje de las Escrituras, porque nunca en mi vida había observado ni siquiera sabido de una iglesia que hiciera eso. Ninguna iglesia a la que yo haya pertenecido alguna vez enfrentó a las personas acerca de sus pecados, que las personas buscaran dos o tres testigos o el liderazgo contándole a toda la iglesia acerca de un miembro impenitente y pecador. La única parte de ese pasaje bíblico que alguna vez oí citar es «donde están dos o tres congregados en Mi Nombre, allí estoy yo en medio de ello». Eso se convirtió casi en un axioma popular para recordarle a la gente que aunque sólo dos personas asistieran a orar, Dios también estaría allí. Esa era la exégesis universal de ese versículo.

Ya que no conocía ninguna iglesia que siguiera ese patrón, me consumía pensando. Leí mucho sobre el tema y encontré algunos comentaristas y teólogos que explicaban el texto, pero no encontré a nadie que lo aplicara. Así, debido a mi ingenuidad de aquella época, les pregunté a algunos pastores si alguna vez aplicaban o ponían en práctica el pasaje o si conocían a alguien que lo hiciera, a lo cual recibí un «no» universal. Nadie lo hacía. Nadie conocía a alguien que lo hiciera. Yo dije: «Pero este es el mandato primero a la iglesia. Aquí es donde aparece la palabra “iglesia” en Mateo 18. Este es el interés prioritario de nuestro Señor para con la iglesia: La necesidad de abordar el pecado entre los propios miembros. Es la primera palabra del Señor de la iglesia hacia la iglesia y no aparece al final de la lista, sino al principio; eso le da máxima prioridad. ¿Cómo es posible que alguien lo lea, lo comprenda, pero no lo ponga en práctica?»

Hombres de más edad que yo y mucho más sabios que yo me dijeron que si intentaba hacer eso en Grace Community Church, si yo trataba de inducir a una iglesia a que hiciera lo que dice el pasaje, la iglesia quedaría vacía. Las personas no lo aguantarían. Me dijeron: «¿Usted cree que puede permitir que las personas de su iglesia se acerquen a otras personas y los enfrenten por sus pecados sin ahuyentarlos? ¿Cree que pueda lograr que un pequeño grupo de personas vaya tras un creyente pecador sin asustar a todos los demás? Y seguro que no creerá que pueda anunciar a una persona y su pecado ante toda la congregación y esperar que alguien vaya a la iglesia la semana siguiente. Simplemente, no se puede hacer. Y si le preocupa el crecimiento de la iglesia y aumentar el número de personas en la iglesia, olvide eso».

Sus comentarios me hicieron recordar Hechos 5. Cuenta la historia de un hombre llamado Ananías y su esposa Safira. Ellos pertenecían a la iglesia primitiva y habían vendido una propiedad y Ananías, con pleno conocimiento de su esposa, se quedó con parte del precio para sí. Él no tenía que vender la propiedad; tenía la libertad de decidir sobre la venta de la propiedad y así hizo (vv. 1-2). También tenía todo el derecho a quedarse con lo que quisiera para sí mismo. No existe mandato alguno de Dios de vender la propiedad, ni existe mandato alguno de Dios de entregar a la iglesia todo lo que se recibe por la propiedad. Pero el versículo 2 dice: «trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios» (vv. 2-4).

¿Cuál era la mentira? Evidentemente, Ananías debe haber dicho algo así: «Voy a dárselo todo al Señor. Voy a darle a la iglesia todo lo que recibí por esta venta. Voy a llevarlo todo y ponerlo a los pies de los apóstoles para la obra del Evangelio en los comienzos de la iglesia». No tenía que venderla. No tenía que entregar todo lo que recibió por la venta. Tampoco tenía que mentir. No les mintió a los hombres, sino a Dios. «Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró» (v. 5) ¡Vaya! Cayó muerto delante de toda la iglesia. ¿Quién lo mató? Dios lo mató. «Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron» (v. 5). Por supuesto que esta es una manera estupenda de alejar a las personas de la iglesia. No vayan ahí, las personas mueren. Eso es como Jim Jones y el refresco instantáneo envenenado que su secta les distribuyó a los miembros. No quieres tener que ver nada con esa organización; las personas mueren allí.

El versículo 6 dice: «Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron». Los judíos no embalsamaban a los muertos. Cuando las personas morían, las enterraban. «Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido» (v. 7). En este versículo, se observan varias cosas interesantes. Primero, el oficio religioso en la iglesia continuó durante más de tres horas. Esto es algo maravilloso. Estoy viviendo en la era equivocada. Segundo, la esposa se aparece tres horas después. Y cuando ella iba entrando, ya habían sacado al esposo. Pedro le respondió y ahora nos enteramos de lo que hicieron: «Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto» (v. 8). Por supuesto que el precio era mucho mayor que ese y ellos se habían quedado con la parte adicional. Entonces Pedro le dijo a ella: «¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti. Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido. Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas» (vv. 9-11).

¿Qué está tratando de hacer el Señor? ¿Está tratando de impedir que la iglesia crezca? ¿Por qué el primer mandamiento que se da a la iglesia en Mateo 18 no es algún tipo de mandato para crear un ambiente cálido y vago al que las personas les gustaría acudir? ¿Por qué desde el mismo principio, en la primera iglesia en Jerusalén, el Señor hace algo tan dramático como ejecutar a dos personas que le mintieron delante de la iglesia para que todo el mundo supiera que uno podía morir en aquel lugar? Eso no es lo que yo llamo dar la bienvenida. Yo estaba lidiando con estos pasajes.

Pero hay un versículo muy importante en 5:13: «De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos [los apóstoles]; mas el pueblo los alababa grandemente». Uno de los objetivos de la iglesia es hacer que su dedicación a la santidad sea tan claro que las personas no se unen por iniciativa propia. Pero hoy día, a esa idea se le ha dado la vuelta en nuestra sociedad y en nuestro tipo de evangelicalismo. Uno de los objetivos de la iglesia es estar tan dedicado a la santidad, tan dedicado a la pureza, tan dedicado a la virtud, tan dedicado a la justicia y que la dedicación a estas cosas sea tan clara y obvia que las personas que no estén interesadas en esas cosas no asistan. Esto es el opuesto absoluto del enfoque contemporáneo de ocultar nuestra dedicación a la justicia, de ocultar nuestra dedicación a la santidad, de ocultar nuestra dedicación a la virtud, de manera que nadie va a pensar que no somos las personas más amorosas, tolerantes, abiertas y comprensivas del planeta.

Ustedes pudieran decir: «¿Y cómo va a crecer la iglesia?» El versículo 14 dice: «Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres». Si ustedes quieren que la iglesia crezca, aquí está la estrategia, aquí está el plan. Ustedes quisieran una iglesia como la del versículo 14, ¿verdad? ¿No sería esa la iglesia modelo para el movimiento evangélico moderno? Ese debería ser su versículo. «Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres».

¿Cómo se logra eso? Ah, haciendo que Dios mate a algunas personas injustas durante la ofrenda. Preocupándose abierta, verbal y visiblemente acerca de la santidad. Siendo tan justo y tan dedicado a la obediencia de la Palabra de Dios que nadie se sumará por su cuenta. Y después, lo que sucederá, es que el Señor añadirá a la iglesia. Esa es la manera en que la iglesia crece de manera legítima. El Señor añade a la iglesia. En Hechos 2:47 dice: «Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos».

La iglesia es un grupo de personas que han sido salvos. No es un lugar que alberga a los no salvos. Es el lugar que al parecer más deben evitar los no salvos. No es un lugar diseñado para hacer que los no salvos se sientan bienvenidos y se sientan cómodos. Para mí, ha sido interesante enumerar todo esto en mi mente. No tenía intenciones de decir nada de esto. Pero esto es lo que estaba en mi mente en 1969 cuando llegué aquí. Por supuesto, había mucho en juego. Traje a mi querida Patricia y a nuestros hijos pequeños. Queríamos que nos amaran. Queríamos que nos aceptaran. Queríamos que el trabajo floreciera. Queríamos honrar a Dios. No queríamos fallar. Queríamos que vinieran más personas para que más personas pudieran escuchar la Palabra de Dios y fueran salvos, para extender el Reino y promover el Evangelio. Pero aun entonces entendí que es el Señor el que edifica Su iglesia.

En aquella primera época, un reportero me preguntó: «¿Tiene usted un gran deseo de levantar esta iglesia?» Eso me lo preguntó porque en poco tiempo, Grace Community Church había crecido con mucha rapidez. En los dos primeros años, el número de miembros se duplicó. En los dos años siguientes, se volvió a duplicar. Entonces le respondí: «En realidad, no tengo ningún deseo de edificar la iglesia porque Jesús dijo que Él edificaría la iglesia y yo no quiero competir con Él». Esta no es mi iglesia; esta es Su iglesia. Yo sólo quiero saber cómo edifica Él Su iglesia y luego hacer lo que Él me llama a hacer como un instrumento por medio del cual Él puede hacer Su obra.

Yo tenía bien claro que para el asunto de la santidad en la iglesia, hacerle frente al pecado era algo monumental. La primera vez que me reuní con un grupo de ancianos aquí, me preguntaron acerca de efectuar una boda en la iglesia. Era la boda de una familia muy importante que brinda sus servicios de muchas maneras en la iglesia. Recuerdo que la hija se iba a casar con un hombre mayor y divorciado que no era creyente. Dije: «No puedo hacerlo. No puedo casar a un creyente con un no creyente». A lo cual alguien respondió: «Bueno, eso los va a ofender». Yo respondí: «Bueno, me da mucha pena, pero hay otra persona que me preocupa más ofenderla y es el Señor de la iglesia. Así que no puedo hacerlo». A lo que uno de los hombres respondió: «Bueno, está bien, yo lo entiendo, esa es una convicción suya. Así que lo que haremos es lo siguiente: Usted no tiene que realizar la boda, pero la celebraremos aquí. Eso los hará sentirse mejor». Recuerden que esa fue mi primera reunión. Entonces dije: «¿Esta es su iglesia? No es mi iglesia; ¿es suya? ¿De quién es la iglesia?» A lo cual la misma persona respondió: «Es la iglesia del Señor». Y yo dije: «Quizá debamos hacer lo que el Señor quiere que se haga en Su iglesia. Yo no puedo hacerlo y no puede hacerse aquí porque es incorrecto juntar a un creyente con un no creyente, y esto se enseña claramente en las Escrituras». Ese fue un momento crucial. Dije: «Si esta es la iglesia de Cristo y va a honrar a Cristo y Él va a erigir Su iglesia a Su manera, entonces tenemos que comprometernos a obedecer Su Palabra».

No pasó mucho tiempo antes de que empezáramos a tratar el asunto de la disciplina de la iglesia según se expone en Mateo 18. Ahora ya estaba advertido, realmente advertido, de que este sería el fin, no sólo de esta experiencia en la iglesia, sino de cualquier otra oportunidad que pudiera tener en el futuro, porque una vez que hubiera destruido esta iglesia por la convicción que yo tenía de seguir este patrón, nadie me tocaría. Me convertiría en un paria ministerial. Pero simplemente, no podía entender cómo se podía predicar contra el pecado y no poner en práctica algo tan obvio. Me parecía que uno no podía convencer a las personas de que uno tomaba el pecado en serio si lo único que se hacía era predicar contra él. Uno podía tratar de convencerlas que lo tomaba en serio. Uno pudiera brindar ilustraciones, pudiera entusiasmarse, pudiera recorrer la Biblia y brindar la opinión de Dios sobre el pecado, pero si uno no lo pone en práctica en la iglesia de la manera en que la Biblia dice que se ponga en práctica, ¿cómo las personas van a creer que se toma genuinamente en serio?

De hecho, fue más allá de eso. Si había algo que sabíamos que eran cierto en las Escrituras y que no estábamos dispuestos a seguir, entonces habría un severo incumplimiento en nuestra integridad. Fue entonces cuando nuestra concepción de las Escrituras se convirtió en algo totalmente selectivo y simplemente, no había lugar para alejarnos de ese compromiso. Le doy gracias al Señor que en algún momento, probablemente por medio de la influencia de mi abuelo, mi padre y algunos de mis mentores en el seminario, pero principalmente creo en la influencia del Espíritu Santo en mi corazón, siempre tuve y siempre he tenido un compromiso imperecedero para con las Escrituras, no sólo para creer que son ciertas, sino para creer que deben ponerse en práctica, porque ese es el único camino posible para la vida. Es la única manera de vivir una vida cristiana gozosa y productiva.

Y esa es la única manera de tener una iglesia que el Señor mismo edifica y que lo honra. Yo había estado en las iglesias y sabía de iglesias que predicaban contra el pecado. Pero nunca supe de ninguna que hiciera algo para combatir el pecado. Me parecía que uno estaba quitándole autoridad a todo lo que se decía desde el púlpito. Si la gente se hacía la idea de que uno era bueno predicando contra el pecado por indiferente a la hora de abordarlo, eso constituía una grave falta de integridad. Así, durante aquellos primeros años, desde el mismo principio, comenzamos a estudiar detenidamente a Mateo 18, Hechos 5 y 1 Corintios 5 donde Pablo dice que saquemos la levadura que leuda toda la masa, saquemos al hombre inmoral. En 2 Tesalonicenses 3:6-15, donde se nos dice de nuevo como iglesia que saquemos al que sea perjudicial a la verdad o contencioso. Primera Timoteo 1:3-7 es otro ejemplo donde hubo que sacar a los líderes de la iglesia. Me parecía a mí que no había manera de evadir esta responsabilidad.

Luego, el resultado final es que debemos entender este pasaje, así que veamos Mateo 18:15. ¿Cuál es el contexto? El contexto es la semejanza de los creyentes con los niños. El entorno es probablemente la ciudad de Capernaúm en esta sección en particular del ministerio de Jesús. Pudiera ser en el hogar de Pedro. Jesús sostiene a un niño sobre el regazo a modo de ilustración. Está hablando acerca de la semejanza de los creyentes con los niños; el niño es un ejemplo de la semejanza con los niños. Y Él hace esta maravillosa presentación diciendo que todos entramos en el Reino de los cielos como niños. Si no se vuelven como niños, no pueden ni entrar en el Reino. Entramos humildes, dependientes, sin realizaciones y sin logros. Una vez que hayamos entrado en el Reino, permanecemos como niños. Necesitamos que se nos cuide como niños. Necesitamos que se nos proteja como niños. Y necesitamos ser respetados como niños.

Todas esas enseñanzas se hallan en los primeros catorce versículos. Y eso lleva a Jesús a enseñar que necesitamos ser disciplinados como a los niños. Eso no es una exageración. Todos entendemos eso, ¿no es verdad? «Señor, líbrame de un hogar con niños sin disciplinar». Y tenemos muchos en estos tiempos. Los niños necesitas ser disciplinados. Cuando hacen lo que está mal hecho, necesitan que se les enfrente, que se les corrija y que se les restaure.

La Palabra de Dios misma hace eso: «es… útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Ti. 3:16). Es la Palabra que lava (Ef. 5:26). Por lo que es obra de la Palabra purificar a la iglesia enfrentando el pecado y mostrando el camino de obediencia y restauración. Eso es obra del Espíritu. Es el Espíritu de santidad que desea que su iglesia sea santa. Es por eso que realiza su obra de santificación en nosotros. Eso es obra de la Palabra y obra del Espíritu de Dios. Por lo que entonces también tiene que ser nuestra obra. Pablo dice: «para presentaros como una virgen pura a Cristo» (2 Co. 11:2). No es una sorpresa que nuestro Señor empieza diciendo: «Mi preocupación por la iglesia es la santidad, justicia, pureza y obediencia de Mi pueblo».

Creo que mi mayor pena acerca del estado de la iglesia hoy día es su falta de santidad y su acomodo a los no salvos. Si alguien fuera a llevar algunas de estas enseñanzas a tales iglesias, destruiría el sistema. Pudiera añadir que sería un beneficio definitivo, pero no es probable que suceda ya que los líderes espirituales no están comprometidos a todo en la Palabra de Dios. Como cristianos, no tenemos opción. Esta es la voluntad del Señor para Su iglesia. Aunque las personas empezaran a caerse muertas delante del púlpito los domingos por haber mentido al Espíritu Santo, que fue un pecado exclusivo de la era apostólica, el Señor no se refrenaría en Su divino propósito y poder para aumentar la iglesia, porque esa es Su obra. La impresión es que tenemos el poder de hacer crecer la iglesia por medio de nuestra inteligencia, nuestra ingeniosidad, nuestro estilo, nuestro encanto o nuestras palabras.

Antes de comenzar, permítanme hacer un comentario. No hay tribunal que sea superior a la iglesia. Cuando digo iglesia, me refiero al cuerpo constituido de personas redimidas. La iglesia como tal no surgió hasta el día de Pentecostés en Hechos 2. A lo que el Señor se refiere es preliminar a la iglesia estrictamente dicha, pero es, no obstante, una ekklesia, es decir, una congregación bajo Dios como pueblo redimido. La enseñanza aquí es para cualquier asamblea de esas personas y deseado para la iglesia.

En este momento en particular, había creyentes congregados en Capernaúm que constituirían el cuerpo de personas redimidas con esta clase de responsabilidad. Poco tiempo después, nació la iglesia y esta enseñanza se convierte en el mandato para la vida de la iglesia. No hay tribunal que sea superior. Digo esto porque a lo largo de la historia se han desarrollado toda clase de autoridades, tales como papas, obispos, cardenales, casas de obispos, sínodos compuestos de clérigos, y así sucesivamente. El Nuevo Testamento no reconoce nada de eso. Lo único que enseña es una iglesia local, una asamblea de creyentes que han sido ekkaleo, llamados con un llamamiento de salvación redentor y eficaz. Constituyen un cuerpo de personas que son responsables de buscar su propia santidad. Puede haber momentos en que un grupo de ministros tiene que instalarse en una iglesia y tratar de resolverlo, porque esa iglesia se ha profanado a sí misma o ha caído en errores. Pero la iglesia a nivel local sigue siendo el tribunal superior.

Ahora bien, este es el plan según Jesús: «si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos» (Mt. 18:15). Eso está dicho de manera muy directa. Las personas dicen: «¿Qué pecado? ¿En qué medida?» La cuestión aquí es que Él no nos dice qué pecado y no nos dice en qué medida porque cualquier pecado en cualquier medida es una profanación. Observen que Jesús dice que debemos mostrar a nuestro hermano su pecado en privado. No debemos hablar de ello con otras personas, lo cual es a menudo la tendencia. «¡Oye! ¿Ya te enteraste de lo que hizo?» Eso en sí mismo es un pecado. Cualquier pecado es profanación. No sólo profanará su vida, sino la relación entre ustedes y posee la capacidad de convertirse en una profanación de toda la iglesia, porque somos un cuerpo. Deberán hacerlo en privado.

El versículo 15 dice: «si te oyere». Eso significaría que respondió favorablemente al entender que sus acciones eran pecado; se arrepiente de sus actos y quiere alejarse de ellos. Esa es la respuesta que buscamos. Entonces Jesús dice: «has ganado a tu hermano».

¿Sabían ustedes que se puede perder a las personas dentro de la iglesia? Eso se da a entender aquí. Usted no puede restaurar algo si ya no se había perdido. Usted no puede ganarlo si no estaba perdido. La palabra «ganar» en griego es un término comercial usado en el contexto del mercado. Nos dice al principio cuál es el propósito de este enfrentamiento. El propósito es el de ganar al hermano. Algunas personas tienen la idea de que el objetivo de la disciplina de la iglesia es el de sacar a las personas de la iglesia. El objetivo es el de mantener a las personas en la iglesia puras. De hecho, la forma verbal «ganado» se utilizaba para referirse a la acumulación de riquezas. Cuando uno la usa en este contexto, la idea es la de un hermano pecador que es una pérdida para la hermandad. Cuando se restaura, es una ganancia. Es como una riqueza restaurada.

Ahora, permítanme aclararles que las clases de pecados a los que nos estamos refiriendo son aquellos grandes defectos con los que luchamos y que tendemos a no abandonar y de los cuales no nos apartamos ni nos arrepentimos. Cuando una persona cae en esa clase de patrón de pecado, hemos perdido a esa persona como un hermano a consecuencia de ese pecado. Por eso vamos a restaurarlo, porque tiene valor. ¿Por qué tiene valor? El Espíritu de Dios habita en él. Ha recibido dones del Espíritu Santo de tener su ministerio en la iglesia a todos los demás. Es un instrumento por medio del cual Dios puede hacer Su obra en la iglesia y por medio de la iglesia, al mundo. Esa es la idea inherente aquí. Este pecador es tan valioso que uno trata de restaurarlo. Si no regresa, traten de restaurarlo entre dos o tres personas. Y si aún así no regresa, díganle a toda la iglesia que salga a buscarlo porque es así de valioso. Aquí lo que se trata es de restaurar la riqueza espiritual.

Hace muchos años, G. Campbell Morgan escribió lo siguiente, y cito: «La gran tragedia de una persona perdida es la que caracteriza toda esta enseñanza. El propósito que ha de estar en nuestros corazones cuando estamos frente a un hermano que peca es el de ganarlo. La palabra ganar no indica simplemente la repercusión sobre la persona perdida, sino también el valor que crea para quienes tratan de salvarla. Pronto, cuando hayamos terminado con las sombras y las tinieblas de este breve tiempo, comprenderemos a la luz de los siglos eternos que si hemos ganado a una persona, seremos más ricos que si hubiésemos acumulado toda la riqueza del mundo». Fin de la cita. Qué pensamiento tan bendito este, ganar a una persona, apoderarse de ella para la iglesia, para la comunión de los amigos, para la empresa del Evangelio, para el programa de los cielos.

Si no se está dispuesto a enfrentar el pecado de otra persona, es que lo consideramos sin valor alguno. Cristo sí considera que tiene valor. Él pagó el precio más alto por ellos, ¿no es así? Él nos da la responsabilidad de ir, como todo padre, en busca de nuestros hijos descarriados. Nuestros hijos ya son grandes, pero cuando estábamos criando a nuestros cuatro pequeños, la disciplina era una rutina cotidiana en nuestra familia. Únicamente nuestro amor devoto por ellos era lo que nos impulsaba a hacerlo. Nuestro temor era que se perdieran para nosotros y para el Reino. Les aplicábamos cualquier medida que fuera necesaria para hacerles sentir el dolor de su propia condición de pecadores. Cada vez que caían en pecado, los disciplinábamos con miras a la restauración, porque nos resultaban inestimables. Nos sentimos así con respecto a nuestros hijos y nuestro Señor nos está diciendo que es así como nos debemos sentir con respecto a los hijos de Dios.

Veamos Gálatas 6:1: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado». Todos nosotros entendemos lo que es ser tentado y pecar. Esto no nos resulta difícil de captar. Porque entendemos la fragilidad humana, porque entendemos el poder de la tentación y porque entendemos la carne residente, vamos tras esas personas con el deseo de restaurarlas porque tienen valor.

La palabra que significa «restaurar» en griego, katartizo, significa «reparar». Es un término médico que se utiliza para referirse a componer fracturas, soldar huesos o llevar extremidades dislocadas nuevamente a su sitio. Está claro que lidiar con el pecado no tiene que ver con echar a las personas de la iglesia, sino con restaurarlas a causa de su gran valor. Y debe hacerse con espíritu de mansedumbre, nunca de forma áspera. Siempre deberá estar bañado de compasión, ternura, comprensión, paciencia y misericordia, así comprendemos las ramificaciones de hallarse caído. Esa es nuestra experiencia universal.

Dios es en realidad el modelo para esto, lo cual Él estableció en los versículos que anteceden a Mateo 18. En el versículo 12, Jesús dice: «¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve y va por los montes a buscar la que se había descarriado? Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se regocija más por aquélla, que por las noventa y nueve que no se descarriaron. Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños» (vv. 12-14).

Nosotros seguimos el patrón de Dios, que es el patrón de la restauración. Él va en busca de Sus hijos pecadores para traerlos de vuelta. Él nos usa en la iglesia como instrumentos para hacer eso. Es por eso que esta enseñanza es tan importante. Esta es la obra de Dios. El siguiente principio en el versículo 16 es vital porque la búsqueda de un hermano pecador debe ser un proceso incesante, dado el valor de esa persona. «Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra». Esto nos lleva al libro de Deuteronomio del Antiguo Testamento, en el que Dios establece el patrón de que las acusaciones debían ser probadas y avaladas por dos o tres testigos (17:6; 19:15). La comprobación de cualquier hecho requería de dos o tres testigos que lo confirmaran.

Ahora bien, si el creyente pecador al que nos enfrentamos no reacciona, tomamos dos amigos y regresamos a enfrentarlo nuevamente, para asegurarnos que todos los datos sean correctos y para volver a llamar a esa persona al arrepentimiento y la restauración. Se hace de manera colectiva con la esperanza de que él o ella nos escuchen y ganemos a nuestro hermano o hermana. Llegaremos a ese extremo con tal de ganarlos nuevamente.

¿Y si no nos escuchan tampoco? El versículo 17 dice: «Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia». ¿Es una broma? No, le decimos a la toda la iglesia que esa persona está siguiendo un patrón de pecado. Cuando se lo decimos a la iglesia, ellos saben que hemos enfrentado a la persona pecadora en varias ocasiones. Se lo decimos a toda la iglesia para que puedan unirse contra él o ella.

¿Por qué llegamos a tal extremo? ¿Quién quiere enfrentar a un individual a causa de sus pecados? Sin embargo, es un gesto noble; muestra que nos preocupamos por la persona. Si podemos permanecer indiferentes ante el pecado de alguien, es que no nos importa. Si de verdad nos importa, no podemos ser indiferentes a su pecado. Les aseguro que nunca he sido indiferente a los pecados de las personas que amo. Quiero hacer todo lo posible por restaurarlas de cualquier forma que me sea posible. Y en la iglesia se nos llama a amarnos unos a otros sin restricción o límite alguno. No debería resultarnos difícil comprender por qué se lo decimos a toda la iglesia. La iglesia es un grupo de personas que son salvas, que han sido redimidas. Les hablamos acerca de esta persona, acerca de su pecado, sin caer en detalles morbosos, y luego las exhortamos a ir en su busca para traerla de vuelta. Así de valiosa resulta esa persona.

Ahora bien, si no escucha a la iglesia, no hay nada más que se pueda hacer. El versículo 17 dice: «y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano». Los publicanos eran las personas más despreciables y viles de la sociedad judía. Estos judíos en especial habían vendido su alma a Roma para comprar una franquicia de impuestos y así poder quitarle el dinero a su propio pueblo en beneficio de una nación pagana e idólatra. Se les trataba como a traidores, como parias. Debemos tratar a un creyente pecador como a un no creyente si este no regresa. ¿Qué significa eso? Significa que no los aceptamos en la comunión porque el pecado leudará la iglesia. La iglesia tiene que proteger su santidad. Y en un esfuerzo por proteger su santidad, llama a aquellos pecadores que profesan el cristianismo a renunciar al pecado. Si el pecador no reacciona, entonces enviamos a dos o tres. Si con esto no conseguimos que reaccione, entonces se lo decimos a la iglesia y toda la iglesia va en su busca. Y si eso no lo trae de vuelta, entonces echémoslo fuera.

Primera Corintios 5:6 es un recordatorio importante: «¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?» No podemos permitir que las influencias pecaminosas se instalen cómodamente en la iglesia. Yo siempre he tenido la esperanza y espero hoy que a Grace Community Church se le conozca como una iglesia de amor. Creo que lo somos porque ustedes son personas llenas de amor. Tenemos esa reputación dentro y fuera y en todo el mundo. Pero también espero siempre y oro que las personas pecadoras no se sientan nunca cómodas aquí. Sólo puedo decirles que yo, personalmente, si fuera alguien que profesa el cristianismo pero que quiere vivir en pecado, no querría venir a esta iglesia. No querría el sufrimiento. Eso sucede. Tenemos personas que profesan a Cristo, luego desarrollan un patrón de pecado, los enfrentamos y lidiamos con ellos, pero se van. Les hablaremos de ellos cuando nos reunamos a la mesa del Señor.

La mayor parte de la disciplina interna de la iglesia nunca llega a la mesa del Señor. El enfrentamiento y la restauración por lo general ocurren de manera individual en las familias, entre los amigos y otros miembros de la iglesia. Ahora ustedes me dirán: «John, esto es difícil de hacer». Así es, pero no es una enseñanza difícil de comprender.

Recordemos al apóstol Pablo, que enfrentó nada menos que a Pedro. Incluso tuvo que enfrentarse con él cara a cara. Gálatas 2:11 dice: «Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar». ¿Se imaginan eso, enfrentarse a Pedro? Pablo era muy fuerte por derecho propio, pero estoy seguro de que no lo era más que Pedro. No me imagino a Pedro como alguien fácil de convencer de su propio pecado. Ustedes dirán: «Esto podría haber sido el final de una relación». Lamento decir que yo he pasado por esa experiencia muchas veces. He enfrentado esperanzado, con amor y gentileza, a importantes ministros y pastores a causa de algún error serio. El resultado de tal enfrentamiento fue el fin de cualquier relación permanente. Tal vez sea ese el precio que tengamos que pagar.

Podríamos peguntarnos si merecía la pena que Pablo enfrentara a Pedro, si no hubiera sido mejor para ellos mantener una relación de cooperación. Pero Pablo hizo lo correcto por el bien del honor del Señor y de la iglesia, o sea que enfrentó a Pedro cara a cara porque era condenable. ¿Terminó esto con la relación? He aquí lo que dijo Pedro: «Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por Él sin mancha e irreprensibles, en paz. Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo… os ha escrito» (2 P. 3:1415).

Pablo era el hermano amado de Pedro porque lo único que tuvo presente Pablo al enfrentarse a Pedro fue la restauración. Si esto parece difícil, permítanme brindarles algunas alentadoras verdades bíblicas. Mateo 18:18 dice: «De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo». Esta declaración en particular aparece muchísimas veces en el Nuevo Testamento (cf. Mt. 16:19; Jn. 20:23). Esta es una idea sencilla que bien pudo haber sido una afirmación axiomática usada por los rabinos. Significa simplemente que cuando atamos algo en la tierra, es atado en el cielo, o ya fue atado en el cielo. Y cuando desatamos algo en la tierra, ya fue desatado en el cielo. Atar y desatar, decían los rabinos, tenía que ver con el pecado. Si alguien se arrepentía, su pecado era desatado. Si alguien no se arrepentía, quedaba atado a sus pecados.

Por tanto, cuando enfrentamos a un pecador y este no se arrepiente, y decimos que está atado a su pecado, el cielo ya hizo ese juicio. O cuando enfrentamos a un pecador y el pecador se arrepiente, y decimos que fue desatado de su pecado, tenemos revelación bíblica que dice que si uno se arrepiente será desatado de su pecado. Cuando decimos que alguien fue desatado de su pecado sólo estamos diciendo en la tierra lo que ya declaró el cielo.

El principio en conclusión es el siguiente: Cuando enfrentamos el pecado, llamamos a la persona al arrepentimiento, la hacemos responsable de su impenitencia y nos regocijamos con ella en su arrepentimiento, simplemente estamos haciendo en la tierra lo que se hace en el cielo. Podemos orar: «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» (Mt. 6:10) y he aquí una forma en que podemos ponerlo en práctica. El cielo ya ha pronunciado el veredicto de que alguien está atado al pecado o de que alguien fue desatado del pecado. Sólo estamos reflejando al cielo cuando hacemos lo mismo.

El versículo 19 dice: «Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por Mi Padre que está en los cielos». Esto significa que cuando dos o tres se reúnen y afirman el arrepentimiento de alguien y el cielo está de acuerdo, podemos pedir al Señor que lo limpie y lo restaure y Él así lo hará. Si no se arrepiente, por supuesto, y el cielo está de acuerdo, podemos pedir al Señor que lo castigue y discipline; y Él así lo hará. En otras palabras, estamos haciendo la obra del cielo. Estamos haciendo la obra del Padre.

El propio Jesús tiene la última palabra en el versículo 20: «donde están dos o tres congregados en Mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos». Ahora bien, este versículo no trata sobre cuántas personas hacen falta para que Dios se manifieste en una reunión de oración. El contexto es una situación de disciplina. Donde dos o tres estén congregados significa que el proceso prescrito está en marcha y el Señor está en medio de esto. La iglesia nunca está más en armonía con el cielo, más en armonía con el Padre y más en armonía con Cristo mismo que cuando lidia con el pecado. No queremos ser reacios a cumplir ninguna de estas responsabilidades. Esto es en bien de la pureza de la iglesia. Es la obra del cielo. Es la obra del Padre. Es la obra del Hijo.

Bueno, nuestra dedicación a esta prioridad no vació la iglesia. El Señor la siguió llenando más y más. Así que seguimos levantando más instalaciones. Las personas siguen viniendo, el Señor hace crecer Su iglesia y las multitudes creen y se salvan y se incorporan a la iglesia. Es un lugar de amor. Es un lugar de restauración. Es un lugar de santidad. Es un lugar de temor. Es exactamente así como Dios quiso que fuera.

Nunca debería preguntarse por qué creció una iglesia. Me encanta que las personas no puedan explicárselo. Somos lo que somos porque Dios determinó que fuéramos así. Esta es la iglesia del Señor y es Él quien la edificó. Hace algunos años, el Seminario Fuller solía traer a sus estudiantes aquí cada vez que hacían un grupo durante el año en su departamento de crecimiento de la iglesia. Un día recibí una llamada del jefe de ese departamento, quien me dijo: «No los llevaremos más a su iglesia porque su iglesia va contra todo análisis. Ustedes no crecen de acuerdo con los principios de crecimiento en la iglesia». Me alegró mucho escuchar que no nos podían analizar desde un plano humano.

Cuando tenemos la Shepherds’ Conference y miles de pastores vienen, estoy seguro de que hay algunos entre ellos que quieren que yo les dé las cinco cosas que garantizan una iglesia numerosa. Yo podía haberlo hecho, es fácil. Suavice el mensaje y reparta dinero. Es lo único que hay que hacer para llenar un local. O puede desmontar el púlpito y poner a las personas a luchar. Eso atraería a una multitud. Yo siempre quise que nuestra iglesia sólo tuviese una explicación desde el punto de vista divino.

Es por eso que tratamos de hacer lo que nos dice la Palabra de Dios que hagamos y dejamos que sea el Señor quien haga crecer Su iglesia. Qué deleite y gozo ha sido. Gracias por ser una congregación que busca la santidad y que también demuestra el amor de Cristo, como lo han hecho conmigo, con mi familia y entre ustedes mismos.

 

 

 

 

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