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Puesto en términos negativos, la dependencia es una actitud de insuficiencia. A las personas capaces les resulta difícil desarrollar esta clase de actitud. Si una iglesia no es cuidadosa, puede llegar al punto de eliminar a Dios de sus ministerios porque depende de la fortaleza de sus miembros y programas. Eso no sucedería tan fácilmente si nosotros tuviéramos los mismos problemas que tenían los creyentes que vivían en los países detrás de la Cortina de Hierro. Muchos vivían allí con un temor continuo por su vida y con muy pocos recursos. Nosotros que hemos sido bendecidos tan abundantemente por Dios podemos olvidarnos de Él con mucha facilidad. ¿Recuerdan cuando el Señor le dio a Israel la Tierra Prometida? Les dio “ciudades grandes y buenas que [ellos no edificaron], y casa llena de todo bien [que ellos no llenaron], cisternas [que ellos no cavaron], viñas y olivares [que ellos no plantaron]” (Det. 6:10-11). No obstante, no tardaron en olvidarse de Dios (cp. Dt. 8:10-18).

Resulta muy fácil quedar absorbidos con actividades, grandes ideas y promesas brillantes. Pero tenemos que asegurarnos que no nos involucremos de tal manera en ellas que hacemos cosas que no están en la voluntad de Dios. Debemos mantener una actitud de dependencia de Dios.

En el Salmo 19 dice: “Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mi” (v. 13). Es muy fácil hacer cosas sin apoyarnos en Dios, sin buscar el corazón y la mente de Dios. Es importante que cuando usted toma decisiones, ore a Dios con paciencia y tenga comunión con Él hasta que esté seguro de que haga lo que haga será la obra de Dios. Siempre he temido hacer algo en mi ministerio que no tenga la aprobación divina. Quiero caminar al paso de Cristo.

Cuando estaba en el seminario todos los estudiantes tenían que predicar al menos dos veces en la capilla. Al tiempo que predicábamos, algunos miembros de la facultad se sentaban cerca con unas hojas de crítica que iban llenando durante los sermones. Si un estudiante llevaba diez minutos predicando y podía oír como el panel de críticos le daba la vuelta a la hoja para rellenar el reverso de las mismas, ya sabía que tenía problemas. No obstante, todos procuraban hacer lo mejor que podían.

A mí me asignaron predicar sobre 2 Samuel 7. Yo quería estar seguro que haría un buen trabajo, de forma que memoricé literalmente el sermón. ¡Memoricé incluso dónde convenía hacer las pausas! Comencé mi sermón hablando acerca del deseo de David de construir una casa para el arca de Dios. David se sentía mal porque él vivía en un hermoso palacio mientras que el arca de Dios estaba todavía en una tienda. Entonces le dijo a Natán: “Mira ahora, yo habito en casa de cedro, y el arca de Dios está entre cortinas” (v. 2). Natán elogió la idea de David y le animó a hacer lo que tenía en su corazón (v. 3). Pero Dios dijo: “Tú no edificarás casa a mi nombre, porque eres hombre de guerra, y has derramado mucha sangre” (1 Cr. 28:3). Salomón sería el que la edificaría (2 S. 7:12-13). Aunque Dios no le permitió a David edificar su casa, le hizo una promesa maravillosa (vv. 8-16).

Usé estos versículos para predicar sobre el pecado de dar por supuesto a Dios. Fue una experiencia transformadora en mi vida porque ese mensaje ha permanecido en mi mente a lo largo de los años. Cuando terminé de predicar, uno de los profesores me entregó su hoja de crítica. La abrí y pude ver que no la había usado. En su lugar, escribió: “No habló sobre la verdadera intención del pasaje”. Eso me arruinó el día, pero fue una buena lección. El profesor pensaba que yo debería haber predicado sobre la promesa del reino, pero también habla acerca de la presunción, y creo que eso es lo que mi propio corazón necesitaba escuchar porque a veces tengo la tendencia de seguir adelante demasiado deprisa.

La oración es un elemento clave para prevenir la presuntuosidad. Cuando los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar, Él les dijo: “Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Lc. 11:2). Cuando usted dice: “Santificado sea tu nombre”, está diciendo: “Señor, que tu nombre sea glorificado y exaltado”. La oración continúa: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Debiéramos orar pidiendo que Dios haga en la tierra lo que está haciendo en su reino celestial. Esta oración para los discípulos no comienza diciendo: “Danos esto y aquello”. Más bien nos enseña a orar en una forma dependiente, a orar par que Dios haga su obra a su manera.


Extraído del libro, El plan del Señor para la iglesia escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.


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