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Es esencial que enseñemos a todos en la iglesia a ser responsables unos con otros. Deberíamos estar preocupados por nuestros hermanos, no acerca del color de las alfombras o del papel de las paredes Las personas son más importantes que los programas. En Mateo 7 Jesús dice: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (v.3). En otras palabras: “¿Por qué estás más preocupado acerca del pequeño problema en la vida de tu hermano que el gran problema que tú tienes en tu propia vida?”

Este principio as así: Tenemos la responsabilidad de señalar los pecados de otra persona, pero antes de que podamos hacer eso tenemos que arreglar nuestro propio pecado (v. 5). La responsabilidad entre los miembros de una iglesia es algo importante. En una relación de responsabilidad, una persona no es solo responsable por cuidar de otros; es también responsable por asegurarse de que su propia vida está en orden antes de cuidar de los demás.

Veamos la aplicación práctica de responsabilidad. Supongamos que alguien que usted conoce en su iglesia deja de asistir a los cultos de la misma. Es su responsabilidad ir a ese miembro y decirle: “Te estás olvidando de congregarte con los hermanos (He. 10:25). Debes ser más fiel en cuanto a adorar con el pueblo de Dios”. Usted puede pensar: ¿Quién soy yo para decir eso? Yo también tengo problemas en mi propia vida. Entonces limpie su propia vida, elimine la viga de su propio ojo, de manera que pueda ir y hablarle al otro hermano de su pecado. La responsabilidad ante los demás requiere que seamos puros.

Gálatas 6:1 dice: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre”. Se requiere que la persona que quiera ayudar a otro a caminar en obediencia con el Señor, ella misma camine de esa manera.

Mateo 18:15 nos dice lo que hay que hacer una vez que hemos tratado con el pecado en nuestra propia vida: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y el solos”. Si un hermano de la iglesia peca acérquese a él a solas y en privado. Si, por ejemplo, usted conoce a alguien que dice ser cristiano, pero es poco honrado en los tratos con los demás, que maltrata a sus empleados, usted tiene la obligación delante de Dios de ir a esa persona – en una forma amorosa – y decirle: “Lo que estás haciendo está mal”. Otros ejemplos de situaciones en las que debe acudir a la persona y hablar con ella, es cuando no está siendo fiel con su cónyuge, padres que no están educando a sus hijos como debieran o hijos que no son obedientes a sus padres. Gálatas 2:11-14 nos dice que Pablo reprendió públicamente a Pedro porque este estaba haciendo algo que no era bueno. Los ancianos y los líderes no están exentos de la represión. Si hay necesidad de reprenderlos, quizá convenga hacerlo delante de la iglesia para que otros teman y eviten el pecado (1 Ti. 5:20).

Una vez que recibí una carta de alguien que se había dado cuenta de algo equivocado en mi vida, le escribí pidiéndole perdón y dándole las gracias por indicarme que prestara atención a aquel asunto. Si hay algo que no es correcto en mi vida, quiero saberlo. Pero si quien lo sabe no me lo dice por temor, voy a seguir cometiendo el mismo error. Todos en la iglesia debieran tener ese sentido de responsabilidad cristiana unos con otros a fin de que la vida de todos sea pura. Los esposos, hombres y mujeres, especialmente debieran ser responsables el uno con el otro. No es correcto tolerar la pecaminosidad de alguien en la iglesia. Cualquier creyente que vive en pecado se debe hablar con él o ella en forma amorosa y con la intención de edificar y restaurar al hermano.

¿Pero qué hacer si el hermano que ha pecado no escucha? Mateo 18:16 dice: “Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra”. Si esa persona todavía no escucha, el versículo 17 nos dice: “Dilo a la iglesia”. Es decir, procura que todos en la iglesia animen al hermano que ha pecado a que se arrepienta.

Cuando aplicamos por primera vez la disciplina en nuestra iglesia, dos de los pastores me dijeron: “No va a funcionar. La iglesia se va a hundir. Usted no puede tener a toda la iglesia vigilando los pecados de los demás”. Yo les respondí: “La Biblia nos dice que seamos responsables ante los demás. Vamos a hacerlo y veamos lo que Dios hace”. Nosotros no tenemos que preocuparnos por edificar la iglesia; Cristo dijo que esa era su tarea (Mt. 16:18). Lo que nosotros tenemos que hacer es ser obedientes a Dios y Él se encargará de todo lo demás.

Tengo una excelente ilustración de cómo funcionó la disciplina en la iglesia para el bien de nuestra congregación. Una mujer me llamó un día y me dijo: “Mi esposo me acaba de dejar. Se ha marchado con otra mujer”. Le pedí a la señora el nombre de la otra mujer, y ella me lo dio. Busqué el teléfono de la referida mujer y la llamé por teléfono. El esposo de la señora que me había llamado respondió al teléfono. Yo dije: “Hola, soy John de la Grace Community Church. Estoy llamando en el nombre de Cristo Jesús para que usted salga de la casa de esa mujer antes de que vuelva a pecar contra Dios, su esposa y su iglesia”. Se quedó muy sorprendido y me dijo que volvería inmediatamente con su esposa. Al domingo siguiente se presentó en el templo, me abrazó y me dijo: “¡Gracias! Yo no quería estar allí. Caí en la tentación y pensé que nadie se preocuparía de ello”. Él quedó alienado por mi amonestación, por el contrario, eso le ayudó a regresar a la comunión de los santos y a la obediencia.

Esa confrontación es necesaria para ayudar a restaurar al hermano que ha pecado. A veces un cristiano hará cosas que no quiere hacer, y eso va a requerir la amonestación amorosa de otro cristiano para casarle de esa situación. Pablo dijo que él luchaba con la carne: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (Ro. 7:15). Esa clase de confrontación no tiene la intención de invadir la privacidad de las personas; sino el de ayudarlas en su lucha contra el pecado. Necesitamos interesarnos en la responsabilidad que tenemos unos para con otros. Esa es la razón por la que la comunión es importante. Nos recuerda que nos aseguremos que nuestras vidas son rectas delante de Dios a fin de poder restaurarnos unos a otros en amor y estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras (He. 10:24).

La responsabilidad involucra el “unos a otros” de las Escrituras. Estamos llamados a exhortarnos unos a otros (He. 10:24-25), orar unos por otros (Stg. 5:16), amarnos unos a otros (Gá. 5:13; Ef. 4:2; 1 P. 1:22), enseñarnos unos a otros (Col. 3:16), edificarnos unos a otros (Ro. 15:14; Col. 3:16). Esas cosas son las que forman la vida de la iglesia.


Extraído del libro, El plan del Señor para la iglesia escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.


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