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Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.
-- Colosenses 2:13-14

Estos versículos presentan una imagen muy vívida, aun cuando el idioma es difícil de entender. Pablo usa conceptos legales del mundo antiguo. Cuando se crucificaba a una persona, se clavaban en la cruz la lista de sus delitos para que todos supieran la razón por la que se le castigaba. Cuando Jesús fue crucificado, los soldados clavaron una señal en la cruz que decía: “JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS” La acusación contra Jesús fue que Él era un rey, un rebelde contra el emperador romano y una ofensa a los judíos que estaban buscando un tipo diferente de rey. Este fue el delito por el que se le llevó a la muerte.

Pablo toma es metáfora de la acusación y dice que la lista de acusaciones contra nosotros también fue clavada en la cruz. Todas las leyes que habíamos quebrantado, todos los requisitos que habíamos dejado de cumplir que estaban ahora “contra nosotros”, fueron clavados por Dios en la cruz. Se puso allí la lista de nuestros pecados pero no tuvimos que morir por ellos. Jesús murió por ellos en nuestro lugar.

Pablo dice que, antes de eso, estábamos espiritualmente muertos en nuestros pecados. Estábamos en la “incircunsición”, impuros y apartados del pueblo de Dios. Pero ahora todo eso ha cambiado. Se nos han perdonado todos nuestros pecados porque Jesucristo pagó el castigo por ellos en la cruz. Ya no estamos muertos; hemos recibido vida con Cristo porque se ha cumplido la pena de muerte bajo la cual estábamos.

Se han retirado todas las acusaciones contra nosotros, ya que el castigo se ha cumplido. Se nos ha declarado inocentes, no porque lo merezcamos, sino porque todas nuestras ofensas contra Dios se han puesto sobre Jesucristo, quien satisface a Dios el juez justo. Nunca podemos agradecerle o alabarlo de modo suficiente por morir a fin de darnos vida.


Extraído del libro, El corazón de la Biblia escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.


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